Clemente Ruiz Duran

¿Por qué la economía mexicana perdió su capacidad para crecer? De la expansión estructural al estancamiento persistente

México no perdió el crecimiento por un error puntual: sustituyó un modelo incompleto por otro igual de incompleto, sin construir nuevos motores, escribe Clemente Ruiz Durán.

Durante buena parte del siglo XX, la economía mexicana mostró una notable capacidad de crecimiento. Entre 1950 y 1981, el país logró tasas superiores al 6% anual, impulsadas por la industrialización, la expansión del mercado interno y una fuerte inversión pública. Hoy, en contraste, México enfrenta una realidad distinta: crece poco, de manera inestable y sin un motor claro de largo plazo. La pérdida de esta capacidad no es resultado de un choque aislado, sino de un proceso acumulativo donde se combinaron transformaciones estructurales, decisiones de política y cambios en la economía global.

El punto de inflexión fue la crisis de la deuda de 1982. Este episodio no solo marcó el fin del modelo de sustitución de importaciones, sino también el colapso del papel del Estado como motor del crecimiento. A partir de entonces: se redujo drásticamente la inversión pública, se liberalizó la economía y se apostó por el mercado externo como eje del crecimiento. Este giro se consolidó con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El nuevo modelo funcionó parcialmente: estabilizó la economía, pero no sustituyó plenamente los motores de crecimiento anteriores.

Se puede argumentar que la caída de la inversión es el corazón del problema, el crecimiento sostenido requiere acumulación de capital y en México, este proceso se debilitó. La inversión pública pasó de niveles cercanos al 10% del PIB en los años setenta a menos de la mitad en décadas recientes, y la inversión privada no compensó esta caída. ¿Por qué? Se puede argumentar que porque el entorno se volvió estructuralmente adverso: baja demanda interna, alta incertidumbre institucional y falta de políticas industriales activas. El resultado es que la economía dejó de expandir su capacidad productiva.

El modelo posterior a 1994 se basó en la integración con Estados Unidos. México se convirtió en una potencia exportadora manufacturera. Sin embargo, este modelo tiene una limitación clave: alta dependencia de insumos importados, bajo contenido nacional en exportaciones y escasa articulación con el resto de la economía. Se puede argumentar que México exporta mucho, pero no multiplica internamente ese crecimiento

Esto impide que las exportaciones se traduzcan en: mayor inversión doméstica, en desarrollo tecnológico y en encadenamientos productivos amplios. El rezago en productividad es un problema estructural, ya que el crecimiento de largo plazo depende de la productividad. Aquí se encuentra uno de los mayores déficits, ya que el país presenta: alta informalidad laboral, baja inversión en innovación y un débil vínculo entre universidades y empresas. Lo anterior genera una economía dual, es decir un sector moderno, exportador y eficiente y un sector amplio, informal y de baja productividad. El resultado: la productividad agregada crece poco o se estanca.

A lo anterior se suma la fragmentación territorial del desarrollo, el crecimiento en México no solo es bajo, también es desigual. El norte y algunas regiones del Bajío están integradas a cadenas globales y el sur-sureste permanece rezagado, esta fragmentación limita el crecimiento nacional porque: reduce el tamaño efectivo del mercado interno, genera desigualdad persistente e Impide economías de escala nacionales. Se puede decir que la economía funciona como un conjunto de islas productivas desconectadas

Un elemento esencial es el debilitamiento del Estado como agente de desarrollo. Durante el periodo de alto crecimiento, el Estado jugó un papel activo: inversión en infraestructura, se esforzó por un financiamiento del desarrollo y articuló una activa política industrial. Hoy ese papel es más limitado, dando por consecuencia menor capacidad de inversión, instituciones fragmentadas y falta de coordinación estratégica. El resultado no es un “Estado fuerte” ni un “mercado dinámico”, sino una zona intermedia con baja capacidad de impulso.

Se puede argumentar que esta situación deriva de la trampa de la estabilidad macroeconómica. Si México ha logrado estabilidad: inflación controlada, finanzas públicas relativamente sanas, y ha desarrollado un sistema financiero sólido. Pero esta estabilidad ha quedado claro tiene un costo: se convirtió en un objetivo en sí mismo, no en un medio para crecer. Esto limita: el uso de política fiscal expansiva, la inversión pública estratégica y la capacidad de transformar la estructura productiva.

Podemos argumentar que es una economía sin motor dominante. La economía mexicana no ha colapsado, pero ha perdido su dinamismo porque: el viejo modelo (industrialización dirigida por el Estado) desapareció, el nuevo modelo (exportador) ha sido incompleto (nunca logro emular a los modelos prevalecientes en el este asiático), ha esto se suma que la inversión es insuficiente, la productividad está estancada y el territorio está fragmentado. En conjunto, estos factores generan una condición clara: México no carece de estabilidad, pero sí de un motor estructural de crecimiento. Así podemos argumentar que la economía mexicana no dejó de crecer por un error puntual, sino porque sustituyó un modelo incompleto por otro igualmente incompleto, sin construir los mecanismos que transforman la estabilidad en desarrollo sostenido.

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