La economía mundial está cambiando de reglas. Lo que durante décadas se entendió como globalización —eficiencia, bajos costos y cadenas de valor extendidas— está siendo reemplazado por una lógica distinta: seguridad económica, resiliencia y geopolítica. En ese nuevo contexto, la renegociación del TMEC, el conflicto en el Estrecho de Ormuz y el estancamiento productivo de México no son fenómenos aislados. Son parte de una misma historia: la reconfiguración del sistema económico internacional.
En este proceso el detonador ha sido la conjugación de energía y geopolítica, el Estrecho de Ormuz no es solo un punto en el mapa, es el principal cuello de botella energético del mundo. Por ahí transita cerca del 20% del petróleo global. Cada episodio de tensión en esa zona —ataques, amenazas, bloqueos— tiene un efecto inmediato: suben los precios del petróleo. Y cuando sube el petróleo, sube todo. Transporte, manufactura, fertilizantes, plásticos: la economía global entera resiente el impacto. Para países como México, altamente integrados a cadenas productivas internacionales, esto significa más costos y mayor vulnerabilidad.
El problema de fondo: México no produce lo suficiente, exporta mucho, pero produce poco dentro de sus propias cadenas. Gran parte de lo que exporta depende de insumos importados. El modelo ha funcionado para crecer en volumen, pero no para generar profundidad productiva. El resultado es que cuando hay choques externos —como el encarecimiento de la energía— la economía mexicana tiene poco margen de maniobra. Esto explica en buena medida el estancamiento: crecimiento bajo, productividad limitada y dependencia estructural.
Frente a este escenario, Estados Unidos ha dejado de ver el comercio como un simple mecanismo de eficiencia. Ahora lo usa como instrumento de poder, las señales son claras: reglas de origen más estrictas, amenazas arancelarias incluso dentro de acuerdos, Incentivos para relocalizar producción (nearshoring). El objetivo es evidente: reconstruir cadenas productivas dentro de Norteamérica y reducir la dependencia de Asia.
En este contexto, la renegociación del TMEC adquiere un nuevo significado, no se trata solo de ajustar cláusulas. Se trata de rediseñar la estructura productiva de la región. Las reglas de origen en sectores como el automotriz buscan elevar el contenido regional. Los mecanismos laborales y comerciales refuerzan el control sobre cómo y dónde se produce. En pocas palabras: el TMEC se está convirtiendo en un instrumento de política industrial regional.
México: ¿ganador automático? No necesariamente, mucho se ha dicho sobre el nearshoring y las oportunidades para México. Y sí, existen, pero no son automáticas. Nuestro país tiene ventajas claras: proximidad geográfica, tratados comerciales, costos competitivos. Pero también tiene debilidades estructurales: baja integración de proveedores nacionales, débil política industrial y brechas regionales profundas. Esto genera una paradoja: México puede atraer inversión, pero no necesariamente capturar valor. Puede exportar más, pero seguir dependiendo del exterior.
El punto de inflexión es claro. México tiene dos caminos: integración pasiva seguir como hasta ahora: ensamblar, exportar, crecer poco. O la opción es una estrategia activa, aprovechar el momento para construir capacidades: desarrollo de proveedores nacionales, uso estratégico de compras públicas, política industrial territorial, infraestructura energética. El fondo del asunto es la conexión entre Ormuz, el TMEC y el estancamiento productivo revela algo más profundo: estamos entrando en una nueva etapa del capitalismo global donde: la energía define competitividad, el comercio es geopolítica y la producción se reorganiza por regiones, en ese mundo, los países que no construyan capacidades internas quedarán atrapados en la periferia de las cadenas productivas.
Se puede argumentar que el momento es ahora, el TMEC ya no es solo un tratado comercial. Es una plataforma de reorganización económica. El conflicto energético global es una señal de alerta, el estancamiento productivo es una limitante estructural y la renegociación es una oportunidad.
La pregunta es si México sabrá leer el momento. Porque en esta nueva economía, no basta con estar cerca del mercado, hay que ser parte del proceso productivo. El TMEC es ahora una plataforma de reorganización productiva. México enfrenta la decisión de profundizar su capacidad industrial o permanecer como ensamblador.