El 2 de octubre se publicaron los datos de la encuesta Latinobarómetro 2026 que confirman la pérdida de respaldo social a la democracia y la expansión de actitudes proclives al autoritarismo. De forma lamentable, en México el deterioro de apoyo a la democracia es mayor. Veamos.
Mientras que en 2010 casi dos de cada tres (63 por ciento) latinoamericanos sostenían que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, en 2025-2026 sólo la mitad (52 por ciento) respaldó esa afirmación.
En México apenas el 45 por ciento de los ciudadanos expresa ese apoyo, así que el afecto por la democracia es minoritario y va en declive, pues en el Latinobarómetro de 2024 los mexicanos que preferían a la democracia eran 49 por ciento.
Junto con lo anterior, cae el aprecio por los instrumentos e instituciones sin los que la democracia resulta inexistente.
Se trata de un contrasentido, pero no deja de ser tan preocupante como real: el 40 por ciento de los latinoamericanos considera que “la democracia puede funcionar sin partidos políticos”, sin ciudadanos organizados, pero esa cifra sube al 46 por ciento en el caso de México.
En la región, más de un tercio (35 por ciento) expresa que “la democracia puede funcionar sin parlamento”, o sea, sin representación del pluralismo, cosa que creen cuatro de cada diez mexicanos (40 por ciento).
La confusión sobre qué es la democracia es tal que 35 por ciento de los latinoamericanos afirma que “la democracia puede funcionar sin oposición”, noción que en México respalda el 42 por ciento.
Más inquietante resulta que más de una quinta parte de los habitantes de Latinoamérica (22 por ciento) incluso considere que “la democracia puede funcionar sin elecciones”, pero en México ya es de esa idea más de la cuarta parte (28 por ciento).
A la par, se extienden las simpatías hacia nociones como “un poco de mano dura no viene mal al país”, con lo que se identifican casi dos de cada tres latinoamericanos y mexicanos (63 por ciento).
Asimismo, es mayoritaria la opinión de que “no me importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas” (52 por ciento de los latinoamericanos está “de acuerdo” o “muy de acuerdo” con esa afirmación, y el 53 por ciento en México).
Una de las características que el Latinobarómetro ha señalado desde su inicio en 1995 es la profunda desconfianza de la ciudadanía de América Latina hacia las instituciones formales a informales, así como un persistente grado de insatisfacción con la economía y, en general, con la marcha de cada país.
En la región y en México no llega al 30 por ciento el apoyo al gobierno, al Congreso o al Poder Judicial. La calificación, en una escala de cero a diez, que los latinoamericanos le dan al Estado es de 4.7 y en México de 5.0.
Donde se aprecia una diferencia entre la región y nuestro país es en la frase de si el Estado “ha hecho algo por usted y su familia en los últimos tres años”, donde el 26 por ciento de los latinoamericanos responden que “algo” o “mucho” y 35 por ciento de los mexicanos (sólo un punto más que quienes respondieron así en 2011).
En Latinoamérica, apenas el 35 por ciento considera que su país va en la dirección correcta, por 38 por ciento en México.
Pero donde esa opinión es del todo mayoritaria es en El Salvador, con 79 por ciento, cuyo régimen el Latinobarómetro clasifica ya como una autocracia.
La inseguridad lesiona al tejido social de América Latina. Cuatro de cada cinco personas (79 por ciento) en la región son de la idea de que el crimen organizado tiene “mucho” o “bastante” poder, pero esa percepción sube a 9 de cada diez personas (88 por ciento) en México.
Menos de una quinta parte (18 por ciento) de los latinoamericanos y mexicanos piensa que su país “le está ganando la batalla al narcotráfico y al crimen organizado”.
Escaso aprecio por los partidos y el parlamento, desdén al pluralismo, insatisfacción con el rumbo del país, temor ante el crimen organizado.
Esas son las pulsiones detrás del auge autoritario en América Latina. El Latinobarómetro advierte: “La democracia funciona porque los pueblos saben que pueden deshacerse de un mal gobernante, eligiendo a otro”.
Pero esa ventana se cerró en Nicaragua y Venezuela, que devinieron en dictaduras. Por difícil que resulte el panorama, la defensa básica de la democracia en nuestros días es por la integridad electoral. Sin elecciones limpias y abiertas no queda sino la noche autoritaria.