Hace medio siglo, en 1976, veía luz en italiano el Diccionario de política de Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino —luego traducido al español por siglo XXI—.
En esa joya de conocimiento filosófico, jurídico e histórico, además de político, claro está, hay una entrada que no pierde vigencia: la dedicada al “oportunismo”.
Destaquemos cinco características de tan socorrida práctica.
Primero, el concepto. Por oportunismo se entiende “la búsqueda de beneficios personales en el desarrollo de cualquier actividad política sin ninguna consideración por los principios ideales y morales”, a grado tal que “lo que termina por guiar la actividad política es la adquisición de ventajas exclusivamente personales”.
Segundo, los momentos propicios: “El oportunismo nace en situaciones de crisis o de transición y prospera hasta que esas situaciones no hayan sido cambiadas y el proceso político no se haya adecuadamente institucionalizado; sin embargo, el propio oportunismo contribuye a la creación y mantenimiento de situaciones de crisis”.
Tercero, los factores de los que depende el oportunismo: “la composición de la clase política, la cultura política de los componentes del sistema político y la rapidez de los cambios sociopolíticos.
El oportunismo es más amplio y más difundido cuando más heterogénea es la clase política, cuando más centrada en el éxito personal es la cultura política […] y complejos los cambios sociopolíticos”.
Cuarto, lo que serían las condiciones estructurales para el oportunismo: “es probable que el oportunismo crezca al mismo tiempo que las posibilidades de obtener ganancias personales en el ejercicio de la actividad política, con posibilidades de escapar de las sanciones […], pero crece sobre todo cuando la actividad política resulta ser el único camino hacia el éxito, o el más rápido, cuando condiciona todas las actividades y constituye el medio más seguro para adquirir estatus, riqueza y poder”.
Quinto, la relación entre oportunismo y participación política. “El porcentaje de oportunismo parece estar vinculado al grado de participación política y al tipo de estructuras políticas en que la participación se expresa.
De ese modo, donde la participación es limitada, las élites compiten y las organizaciones políticas son embrionarias, el oportunismo es elevado. Donde la participación está extendida […], el oportunismo es limitado”.
Los años recientes de la historia de México pueden ser en los que llegó a su culmen lo que el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española define como “chaquetazo”.
Vastos contingentes de políticos profesionales ajenos y hasta contrarios antes a la creación de Morena, poco después se agolpaban en la borda de sus antiguas organizaciones para saltar a la embarcación que veían prometedora de cargos, de candidaturas, de algún “hueso”.
Se constató, otra vez, que la corriente política mayoritaria es el oportunismo.
Líderes partidarios que suscribían el Pacto por México, más tarde lo aborrecían; parlamentarios que votaron las reformas energética y educativa, en otra legislatura las revertían; políticos que gestaron instituciones autónomas desde la oposición, las fulminaron desde el gobierno.
Marx se rodeó de seguidores; pero no Karl, sino Groucho: “Estos son mis principios y, si no le gustan, tengo otros”.
En efecto, los partidos de la transición (PAN, PRI, PRD) estaban en crisis: no supieron atender la cuestión social, dar sustancia al cambio democrático. Múltiples cuadros, en vez de hacer autocrítica, cambiaron de camisa.
Decenas, cientos, quizá miles que hacen política profesional no hubiesen podido acumular patrimonio, notoriedad o poder en otra actividad.
Sin servicio civil de carrera robusto, sin meritocracia, sin institucionalidad, el Estado deviene en botín.
Lo grave no es que esos oportunistas traicionaran supuestas causas, sino que fueran serviles a la destrucción de lo que la sociedad mexicana había logrado edificar: ciertas capacidades estatales e institucionales, división de poderes, una democracia constitucional.
Los sabios italianos advierten que el desencanto y la apatía no son opción: a menor participación, mayor cancha para el oportunismo.
Como el oportunista sólo es fiel a su ambición sin escrúpulos, volverá a cambiar de bando y bandera, habrá desbandada. Cosa de esperar y ver.
Habrá quien diga que a este texto le faltan nombres; pero no, es que sobran ejemplos, son legión.