Carlos Serrano Herrera

El regreso de las tasas largas

El mundo ha convivido con tasas de largo plazo como estas en el pasado, y las economías crecieron.

El rendimiento del bono del Tesoro de Estados Unidos a 10 años se ubica hoy en 5.2%. A principios de 2026 estaba en 4.1% y en 2022 rondaba apenas 1.5%. Es un movimiento considerable en poco tiempo que está teniendo implicaciones importantes en los mercados financieros internacionales.

Varios factores explican el aumento. El primero es la preocupación por la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos: un déficit persistente coloca a la deuda pública en una trayectoria preocupante y los inversionistas exigen más rendimiento para cargar con ese riesgo. El segundo es la duda sobre la independencia de la Reserva Federal. Las presiones de la Casa Blanca contra su ex presidente y todavía miembro de la Junta, Jerome Powell y contra uno de sus miembros, Lisa Cook, han llevado al mercado a preguntarse hasta qué punto la Fed podrá actuar sin presiones políticas. A esto se suman declaraciones recientes del presidente Trump, quien sugirió que la inflación podría ser una forma de aliviar la deuda pública. Cuando el mercado escucha eso, pide una prima mayor para prestar a largo plazo.

El tercer factor es la inflación. La política arancelaria y ahora los aumentos en el precio del petróleo como consecuencia de la guerra en Irán alimentan el alza de los precios. El resultado es que el mercado anticipa más subidas de tasas por parte de la Fed, y esa expectativa se refleja en las tasas de largo plazo. El bono del Tesoro es la referencia del activo libre de riesgo mundial, así que lo que ocurre en Estados Unidos afecta al sistema financiero global.

El fenómeno tampoco es exclusivo de Estados Unidos. Francia enfrenta problemas de sostenibilidad fiscal más visibles, y el diferencial de su deuda frente al bono alemán se ubica en niveles similares a los de la crisis del euro de la década pasada. Los rendimientos de largo plazo suben en varios países al mismo tiempo porque comparten una misma referencia.

México, desde luego, tampoco es ajeno a este fenómeno. La tasa de largo plazo se ubica hoy en 9.2%, un incremento importante, pero proporcionalmente menor que el de Estados Unidos. Cuando descomponemos el rendimiento del bono a 10 años en pesos, vemos que no se trata de un aumento en el riesgo país de México, sino en un aumento en la referencia del activo libre de riesgo: el bono del tesoro estadounidense.

Ahora bien, conviene poner todo esto en perspectiva. A principios de este siglo, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años llegó a ubicarse en 5.6%, ligeramente por encima del nivel actual. El mundo ha convivido con tasas de largo plazo como estas en el pasado, y las economías crecieron, los mercados funcionaron y las familias pudieron planear su futuro. La verdadera anomalía fue el periodo entre la crisis financiera global y la pandemia, cuando los bancos centrales de países avanzados llevaron sus tasas de referencia a cero y compraron bonos de largo plazo a una escala sin precedentes.

Por eso no conviene pensar que vamos a regresar al mundo de tasas ultrabajas y liquidez abundante. Aquella etapa dependió de condiciones que hoy no existen: una crisis financiera que no se veía en casi un siglo, una pandemia, inflación controlada, un ahorro global abundante y bancos centrales dispuestos a expandir su balance sin límite. La diferencia en esta ocasión es el tamaño de la deuda pública en las economías avanzadas, que es mucho mayor que en episodios anteriores de tasas altas. Eso complica el servicio de la deuda y reducirá el margen de maniobra de los gobiernos.

Lo que tendría que ocurrir es que los países, empezando por Estados Unidos, pongan sus cuentas fiscales en orden y coloquen su deuda en una trayectoria sostenible. Si no lo hacen, la presión sobre las tasas y el espacio fiscal se hará cada vez más evidente. El problema es que no parecen existir hoy las condiciones políticas para una consolidación como la que se necesita. Habrá que esperar, y el riesgo es que la situación tenga que empeorar lo suficiente para que el ajuste llegue, por fin, con responsabilidad fiscal.

Esperemos que los gobiernos de las economías avanzadas lleguen a acuerdos políticos que permitan procesos de consolidación fiscal que aseguren la sostenibilidad de la deuda. México, por su parte, debe acentuar sus propios esfuerzos de consolidación fiscal para lograr estabilizar la deuda y evitar aumentos adicionales en los rendimientos de los bonos gubernamentales de largo plazo, lo cual reduciría todavía más el espacio fiscal del gobierno.

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