La semana pasada escribí sobre Jonathan Aranda, el mexicano de los Rays de Tampa Bay al que mandaron a la banca en plena Serie Mundial después de dos errores con el guante. El miércoles, Milwaukee ganó el campeonato, el primero de su historia. Lo curioso es que el mánager campeón también manda gente a la banca…., y le funciona.
Se llama Pat Murphy y está a un mes de cumplir 68 años. En 2020 sufrió un infarto y lo sacaron del estadio en ambulancia. El paramédico, protocolario, le preguntó por su familiar más cercano. Murphy respondió: “¿Familiar más cercano? Yo no me voy a ninguna parte”. Seis años después levantó el trofeo. Cuando le preguntan por su imagen pública, aclara que no está en redes sociales, “ni en Twizzler ni en Instacart, o como se llamen”. Un hombre de otra época, dicen. Quizá por eso sigue funcionando.
El 25 de agosto, contra los Mets, el novato Cooper Pratt conectó un elevado que cayó en territorio bueno. Dudó antes de correr. Murphy lo sacó del juego en ese mismo momento. Explicó: “No es flojera. Hay que tener el corazón en el juego”. Un mes después, el 25 de septiembre, el equipo ganaba cómodamente y celebraba su victoria número cien. William Contreras, receptor y All-Star, no corrió a fondo una rola que el campocorto había titubeado. Murphy también lo sentó.
¿El desenlace? Contreras fue el Jugador Más Valioso de la Serie Mundial. Pratt impuso un récord de novatos en la Serie con seis imparables consecutivos. Los dos que fueron a la banca terminaron en la portada.
¿Qué diferencia hay entre la banca de Aranda y la de Murphy? Al mexicano lo sentaron por un resultado: dos pelotas que se le escaparon. Y lo hicieron con una explicación técnica que nadie terminó de creer. Murphy sienta por la actitud, nunca por el resultado, y lo dice en voz alta el mismo día. Castigar el error enseña a esconderse; exigir la actitud enseña a entregarse. El jugador que falla corriendo a fondo no va a la banca. El que no corre, sí, aunque el equipo vaya ganando por cien.
Murphy inventó algo que en Milwaukee llaman “el juego de las marcas”. En un pizarrón blanco se anota una marca a quien busque protagonismo en lugar de servir al equipo. Nadie se salva. Ni siquiera el dueño, Mark Attanasio, que recibió la suya por mandar pintar un logotipo enorme de los Brewers en su avión privado. Murphy, por cierto, nunca se ha puesto una marca a sí mismo. Se hace llamar “el maestro de las marcas”. Toda regla necesita un árbitro; lo raro es el árbitro que se ponga tarjeta.
Attanasio lo resume con una expresión que en inglés suena mejor: tough love, amor duro. Garrett Mitchell, uno de sus jardineros, lo dice con una imagen bíblica: “Es la mentalidad del hierro que afila al hierro; tienes que aguantar los golpes cuando él te los da”. Pero la frase que explica todo es del propio Murphy, sobre Contreras: “Los más difíciles de querer son los que más necesitan cariño”.
Ahí está la clave que muchas empresas no ven. La exigencia sin afecto produce miedo, y el miedo produce obediencia, que no es lo mismo que compromiso. El afecto sin exigencia produce comodidad, y la comodidad produce mediocridad con buen ambiente. Solo la combinación de los dos produce lo que Murphy llama decidir “ser poco comunes”.
Peter Drucker lo dijo con la sobriedad de siempre: la tarea de la dirección es hacer que las personas sean capaces de trabajar juntas, volver efectivas sus fortalezas e irrelevantes sus debilidades. Es decir, no se trata de eliminar el error, sino de que no defina a nadie.
Carlos Llano, mi maestro durante más de tres décadas, exigía como pocos, pero con caridad. Sostenía que la humildad del directivo consiste en ver la realidad tal como es, empezando por la propia. Quien manda a la banca sin mirarse primero en el espejo está usando el poder, no ejerciendo la dirección. Murphy, lo dijo así la noche del campeonato: “Yo los necesitaba más a ellos que ellos a mí”.
En la empresa, las tres lecciones son claras:
Primera: sienta por la actitud, no por el resultado. El vendedor que perdió un cliente después de pelearlo merece apoyo; el que no hizo la llamada, una conversación seria.
Segunda: explícalo el mismo día y en voz alta. La banca silenciosa la interpreta cada quien a su manera, y casi siempre de la peor.
Tercera: devuelve la confianza pronto. Contreras no se quedó en la banca: siguió siendo el receptor titular y terminó como el más valioso. La sanción que no tiene camino de regreso no corrige: expulsa.
“El buen jefe exige lo que el colaborador puede dar; el mal jefe, lo que él mismo necesita demostrar”. C.R.G.
Hay una ironía final. Murphy dirige con métodos que hoy cualquier consultor calificaría de anticuados: pizarrón, plumón y regaños en el dugout. No tiene redes sociales ni tablero de indicadores de clima laboral. Solo tiene un pizarrón con marcas, y el anillo de campeón.
Al final, la banca no es castigo ni premio. Es una pregunta que el jefe le hace al jugador. Lo que importa es si el jefe se atreve a escuchar la respuesta…
Puntos de reflexión
1. Cuando sanciono a alguien, ¿estoy corrigiendo una actitud o castigando un resultado?
2. ¿Mis colaboradores saben, el mismo día, por qué tomé una decisión que les afecta?
3. ¿A quién de mi equipo me cuesta trabajo querer y, quizá por eso, necesita más mi apoyo?
4. Si en mi empresa hubiera un pizarrón de marcas, ¿cuántas tendría yo?