Hay frases que uno escucha una sola vez y, sin embargo, lo acompañan toda la vida.
La que da origen a esta columna me la dijo hace muchos años mi gran amigo Juan Grau. Era un hombre con una enorme experiencia profesional, pero también con una humildad poco común, de esas que mantienen a una persona siempre dispuesta a seguir aprendiendo.
Recuerdo perfectamente sus palabras:
“Carlos, nunca confundas antigüedad con experiencia. La antigüedad es hacer durante diez años exactamente lo mismo; la experiencia es pasar diez años aprendiendo de lo que haces y haciéndolo cada vez mejor.”
Con el paso del tiempo he descubierto que aquella frase explica mejor que muchos libros por qué algunas personas siguen creciendo durante toda su vida profesional, mientras otras dejan de hacerlo mucho antes de jubilarse.
La experiencia es uno de los activos más valiosos de cualquier organización. Evita errores, acelera decisiones y permite reconocer patrones que un directivo joven tardaría años en descubrir. El problema aparece cuando deja de ser una plataforma para aprender y se convierte en una razón para dejar de hacerlo.
Durante décadas, la experiencia fue una ventaja competitiva casi automática. Los mercados cambiaban lentamente, las tecnologías evolucionaban con calma y los modelos de negocio permanecían estables durante años. Quien acumulaba experiencia acumulaba también una ventaja difícil de igualar.
Hoy el escenario es distinto.
La velocidad del cambio ha reducido la vida útil de muchas certezas. La inteligencia artificial, nuevos modelos de negocio, competidores inesperados y clientes con hábitos completamente diferentes hacen que el pasado sea un excelente maestro, pero un pésimo lugar para vivir.
Peter Drucker dejó una advertencia que parece escrita para nuestro tiempo:
“El mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia; es actuar con la lógica de ayer.”
Quizá nunca había sido una frase tan vigente.
Con frecuencia confundimos experiencia con vigencia. No son lo mismo.
La experiencia habla de todo lo que una persona ha vivido. La vigencia habla de qué tanto de ese conocimiento sigue siendo útil para interpretar la realidad actual.
Hay directivos con cuarenta años de experiencia que, en realidad, tienen un solo año repetido cuarenta veces. También hay profesionales mucho más jóvenes capaces de aportar perspectivas extraordinarias porque nunca dejaron de aprender.
La diferencia no está en la edad. Está en la curiosidad.
La paradoja es fascinante: aquello que más nos ayudó a construir una carrera puede convertirse, silenciosamente, en el principal obstáculo para seguir creciendo. Mientras más éxito acumulamos, mayor es la tentación de confiar en nuestras respuestas y menor la disposición para cuestionarlas.
En dirección de empresas esto ocurre con frecuencia. Se escuchan frases como: “Siempre lo hemos hecho así”, “Nuestro mercado es diferente”, “Nuestros clientes no cambiarán” o “Eso aquí no funciona”. Son expresiones que producen una agradable sensación de seguridad... hasta que aparece un competidor que jamás recibió el memorándum explicando por qué aquello era imposible.
La realidad tiene esa mala costumbre: no suele asistir a nuestras reuniones de planeación estratégica.
La experiencia no suele desaparecer de golpe. Se va oxidando lentamente. Es como esas presentaciones de PowerPoint que conservamos “porque siempre han funcionado”. El problema es que, a veces, lo único realmente actualizado es la fecha del archivo.
El filósofo Eric Hoffer escribió una reflexión extraordinaria:
“En tiempos de cambio, quienes aprenden heredarán la tierra; quienes creen saberlo todo estarán perfectamente preparados para un mundo que ya no existe.”
La buena noticia es que la experiencia no tiene por qué convertirse en un ancla. Puede seguir siendo uno de los mayores activos de un directivo si conserva una característica esencial: la capacidad de dejarse sorprender.
Los mejores directivos que he conocido no son los que tienen respuesta para todo. Son aquellos cuya experiencia les ha enseñado a desconfiar de sus propias certezas. Hacen más preguntas de las que responden. Escuchan con atención ideas que contradicen sus convicciones. Cambian de opinión sin sentir que pierden autoridad.
La experiencia no consiste en haber visto muchas veces el pasado; consiste en llegar mejor preparado para entender un futuro distinto.
Paradójicamente, la experiencia alcanza su mayor valor cuando deja de presumirse y empieza a ponerse constantemente a prueba.
Con los años he descubierto que Juan Grau no me estaba dando solamente un consejo sobre la experiencia. Me estaba dando un consejo sobre la humildad. (Virtud que el practicaba; a sus 90 años, seguía con ánimos y deseos de aprender, él, que tenía un vastísima experiencia, y es que aprender, requiere ser humilde…) Porque la verdadera experiencia no es la que nos convence de que ya sabemos; es la que nos recuerda todos los días cuánto nos falta por aprender.
Quizá por eso, el verdadero indicador de un profesional vigente no sea cuántos años lleva trabajando, sino cuántas ideas importantes ha tenido que desaprender durante el último año.
Al final, la antigüedad se mide con el calendario. La experiencia se mide con la capacidad de seguir aprendiendo.
¿Mi trayectoria me está ayudando a comprender mejor el presente o solamente a explicar el pasado?
¿Hace cuánto no cambio de opinión sobre un tema importante?
¿Estoy utilizando mi experiencia para seguir aprendiendo... o para dejar de escuchar?