Carlos Ruiz González

Las palabras que deciden todo —antes de que empiece la estrategia

Propósito, misión, visión, valores y cultura: cinco conceptos que la mayoría de las organizaciones tienen escritos… y muy pocas viven.

Hace algunos años visité las oficinas de una empresa que presuma de tener una cultura organizacional ejemplar. En la recepción, enmarcados con elegancia, colgaban el propósito, la misión, la visión y los valores de la empresa. Eran hermosos. Bien redactados, con tipografía cuidada y colores corporativos impecables. Le pregunté a la recepcionista si podía explicarme en qué consistía el propósito de la empresa. Me miró con amabilidad y señaló el cuadro: “Ahí está”, me dijo.

Ahí estaba, en efecto. En la pared. Que es exactamente donde van a morir la mayoría de estos conceptos.

“Una visión sin ejecución es una alucinación.”

— Thomas Edison

Antes de arrancar cualquier proceso de planeación estratégica, hay un trabajo previo que pocas organizaciones hacen con la seriedad que merece: aclarar los términos fundamentales. No como ejercicio retórico, sino como cimiento real sobre el que se va a construir todo lo demás. Sin ese cimiento, la estrategia más elaborada se convierte en un edificio sobre arena.

Empecemos por el propósito: ¿para qué existimos? Es la pregunta más difícil y, paradójicamente, la más importante. No se trata de describir lo que hacemos — eso es la misión. El propósito va más profundo: responde a la razón de ser, al ‘para qué’ que justifica la existencia de la organización más allá de generar ingresos o cumplir con un mandato. Las organizaciones que tienen propósito claro toman mejores decisiones — porque saben qué sacrificar y qué no. Las que no lo tienen toman decisiones por inercia o por conveniencia del momento.

La misión es más concreta: ¿qué hacemos, para quién y cómo? Es la descripción operativa de la organización en el presente. Una buena misión cabe en dos oraciones y cualquier empleado podría repetirla de memoria. Una mala misión ocupa un párrafo, usa palabras como “sinergias” y “holístico”, y nadie la recuerda a los tres días de haberla redactado.

La visión mira hacia adelante: ¿qué queremos llegar a ser? — con horizonte de tiempo concreto. No “ser los mejores del mercado” — eso no es visión, es aspiración vaga. Visión es algo concreto, retador y medible. La visión sin fecha es un sueño. Con fecha, es un compromiso.

Los valores son quizás el concepto más usado y más traicionado de todos. Se supone que responden a una pregunta simple pero exigente: ¿cómo nos comportamos cuando nadie nos ve? No cuando el director está en la sala, no cuando hay una auditoría, no cuando el cliente está mirando. Cuando nadie mira. Ahí es donde los valores se prueban — o se revelan como decoración.

“Dime cuáles son tus valores y te diré quién eres. Dime cómo actúas cuando nadie te ve… y te lo confirmaré.”

— C.R.G.

Y finalmente, la cultura: lo que realmente ocurre cuando el director no está. Puede sonar a definición cínica, pero es la más precisa que conozco. La cultura no es lo que se declara en los valores enmarcados — es lo que se hace, lo que se tolera, lo que se celebra y lo que se castiga en el día a día. Una organización puede tener “integridad” como valor número uno y una cultura donde el que llega primero al jefe con la información gana. En ese caso, el valor real es otro, aunque nadie lo haya escrito.

El problema no es que estos conceptos sean difíciles de entender. Es que son difíciles de vivir. Requieren coherencia sostenida, y la coherencia sostenida es exactamente lo que más escasea en las organizaciones.

Por eso, antes de entrar de lleno a la planeación estratégica, vale la pena sentarse — con honestidad y sin prisa — a responder cinco preguntas incómodas: ¿para qué existimos?, ¿qué hacemos y para quién?, ¿adónde queremos llegar?, ¿cómo nos comportamos de verdad?, y ¿qué pasa en esta organización cuando el jefe no está mirando?

Si las respuestas son claras, honestas y compartidas por el equipo directivo, la planeación tiene base sólida. Si no lo son… mejor empezar por ahí antes de llenar ninguna plantilla.

Porque una estrategia sin propósito es como un mapa sin destino: muy bien dibujado, completamente inútil.

Y los cuadros en la recepción, por muy bien enmarcados que estén, no sustituyen a ninguno de los dos.

Puntos de reflexión

  • ¿Podría cualquier persona de tu organización explicar en dos minutos para qué existe?
  • ¿Tu misión describe lo que realmente hacen — o lo que les gustaría que la gente creyera que hacen?
  • ¿Tus valores están en la pared… o en las decisiones difíciles?
  • ¿Qué es lo primero que cambia en tu organización cuando el director sale de viaje?

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