Hay una paradoja sañuda en el corazón de la diplomacia mexicana bajo la llamada “4T”. El mismo modus operandi que le ha permitido al partido en el poder -primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora, con sus matices y limitantes, con Sheinbaum- controlar y dominar la narrativa pública y el debate político al interior del país, es prácticamente inoperable e ineficaz hacia el exterior y resulta especialmente contraproducente en la gestión de la relación bilateral más compleja, amplia y asimétrica que tiene México: la que sostiene con Estados Unidos. Entre más busca el control, más lo pierde.
El primer problema que enfrenta es estructural: conducir la diplomacia en la arena pública es mala receta. La conferencia de prensa matutina -la “mañanera”- y la política exterior no mezclan bien. De entrada, el formato expone a la titular del Ejecutivo a las preguntas diarias -y frecuentemente desinformadas y reiterativas- de una fuente periodística que, por definición, desconoce y no es especialista en temas internacionales (esa fuente está, cuando la hay, en cancillería), obligándola a posicionarse un día sí y el otro también y en tiempo real sobre cada tema, cada declaración, cada pronunciamiento que emana de Washington o de cada artículo o editorial en la prensa internacional. Lo ocurrido a lo largo de la semana pasada lo ilustra de cuerpo entero: tanto la designación por parte del Departamento del Tesoro vía OFAC sobre el presunto financiamiento de campañas con recursos del huachicol fiscal -de la que Palacio Nacional dice haberse enterado por el comunicado emitido al respecto por esa dependencia estadounidense- como la decisión largamente prevista y anticipada sobre la postura de la Administración Trump con respecto al proceso de revisión estatutaria del T-MEC obligaron a la presidenta a posicionarse desde el podio, en el primero de los casos en caliente y sobre las rodillas, exigiendo pruebas y ensayando respuestas, sin margen de maniobra ni rédito diplomático alguno. La diplomacia, sin embargo, requiere de algo que la mañanera imposibilita por diseño: silencios calculados, pausas tácticas, mensajes calibrados, trabajo meticuloso detrás de bambalinas, conductos discretos y mensajeros alternativos, no para consumo interno ni para atizar el efecto ‘masiosare’ sino para conducir de manera cuidadosa, discreta, eficaz y estratégica la política exterior de México y perseguir los objetivos a largo plazo del Estado mexicano en el mundo. En esta materia, la presidenta debe pronunciarse de manera excepcional, calculada y proactiva y cuando las circunstancias lo ameriten, no cada mañana de manera reactiva y a botepronto.
El segundo se deriva del primero, pero con consecuencias propias. El paradigma de comunicación de la “4T” no permite que nadie más que no sea la presidenta -o en su momento, el anterior titular del Ejecutivo- se pronuncie sobre temas de fondo, y eso incluye, con costos reales y onerosos, la agenda de política exterior. El resultado es un vacío brutal e innecesario: en el caso de relación con Washington, ni la embajada ni el embajador en Washington, ni la cancillería ni la Subsecretaría para América del Norte responden, declaran, se posicionan ni ocupan espacios mediáticos relevantes. Todo fluye -o se atasca- desde Palacio Nacional y la “mañanera”. Eso no solo expone y desgasta a la presidenta; también impide corregir narrativas y construir las propias en el mercado diplomático, político y mediático más importante del mundo para México: el de EE.UU, con su prensa, su Congreso y su administración. Y cuando ese vacío por fin se llenó hace poco con otra voz, no fue la de la SRE sino la de un expresidente: la nueva epístola de López Obrador a Donald Trump desde Palenque que, lejos de abrir conductos, los clausura, y que alimentó en Washington -y entre no pocos analistas mexicanos- la lectura de una presidencia tutelada. Como diría Juan Gabriel, ¿pero qué necesidad?
Pero hay un tercer problema, que agrava los dos anteriores: la tendencia de ambos titulares del Ejecutivo bajo gobiernos de MORENA a recibir personalmente -en Palacio Nacional- a funcionarios estadounidenses de segundo y hasta de tercer nivel. La asimetría real de poder es estructural y consustancial a la relación con EE.UU; no hace falta abonar a ella y profundizarla innecesariamente. López Obrador recibió en su momento a una directora del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, nivel tres en la escala burocrática de Washington. Sheinbaum ha seguido el patrón. El caso más reciente y más ilustrativo fue la visita de la secretaria de Agricultura de EE.UU, Brooke Rollins, a fines de junio para inaugurar en Chiapas una granja de moscas estériles destinada a combatir el gusano barrenador. La importancia del programa y lo que está en juego para la ganadería mexicana y sus exportaciones al mercado estadounidense, así como para la seguridad alimentaria y fitosanitaria norteamericana, es incuestionable, pero la presencia de la presidenta en ese acto, junto a una secretaria estadounidense, invierte la lógica del protocolo: es la titular de la SADER quien debía haber encabezado ese evento, no la jefa de Estado. No faltarán quienes argumenten que la presencia presidencial en la relación con EE.UU es señal de que Sheinbaum “se moja los pies” y que eso no es poca cosa en un gobierno que, a diferencia del anterior titular del Ejecutivo, no le pinta gratuitamente el dedo a la política exterior ni le cierra la puerta a la agenda internacional. Pero el costo de ese involucramiento directo y sistemático es alto: neutraliza al gabinete, tanto como interlocutor ante sus pares como correa de transmisión y amortiguador para la presidenta.
Todo este esquema deriva en un problema estructural de fondo. Restringir el ancho de banda de acción, comunicación y posicionamiento de México o empobrecer el banco de voces disponibles tiene consecuencias directas. Cuando los Secretarios Omar García Harfuch, Marcelo Ebrard o Edgar Amador viajan a Washington, no participan en foros públicos, no se reúnen con consejos editoriales ni conceden entrevistas a medios estadounidenses porque no se les permite hacerlo desde oficinas de Palacio Nacional. Y la embajada en EE.UU a lo largo de los últimos siete años y pico ha ocupado espacios mediáticos y públicos en proporción inversa a la importancia tanto del papel y perfil que siempre debiera jugar y ocupar México en Washington como de lo que ocurre y está en juego hoy en la relación bilateral. ¿Que hay riesgos, sobre todo con el temperamento y piel delicada de esta Casa Blanca en particular? Sin duda. Todos cometen (y hemos cometido) errores de posicionamiento en algún momento en la arena pública; es concomitante al oficio. Pero siempre he subrayado que una política exterior libre de riesgos es una política exterior libre de resultados. Este ukase de chitón bocas desde Palacio Nacional le hace flaco favor a la agenda con EE.UU, a la política exterior mexicana en general y, en última instancia, a la propia presidenta.
Y todo esto conlleva un agravante de calendario. Primero, el reloj ya corrió su curso con la solicitud de detención provisional con fines de extradición de Rubén Rocha y sus siete coacusados que aún se encuentran en territorio nacional. Qué ocurrirá en los próximos días y semanas está aún por verse, pero es previsible que las vueltas de tuerca se seguirán dando desde Washington. Segundo, desde el 1 de julio, al negarse Washington a confirmar la extensión en automático del T-MEC por dieciséis años más, las revisiones anuales, ciertamente de aquí a 2028, serán complejas e impredecibles con un presidente estadounidense mercurial. Estos dos asuntos -entre muchos otros de la agenda binacional- obligarán a México a ganar el argumento, cada año, ante el Ejecutivo estadounidense, el Congreso y la opinión pública -prensa y “think tanks”-estadounidenses, exactamente el terreno que se disputa con presencia, interlocución y narrativa y que Palacio Nacional ha decidido, por acción y omisión, que México no ocupe.
La lógica de centralizar y controlar desde la cúspide de la pirámide burocrática puede haber dado réditos para el control y monopolio de la narrativa al interior del país estos ya casi ocho años. Pero en política exterior y en el extranjero -sobre todo en EE.UU, donde la narrativa del gobierno mexicano no existe desde 2018 o, en el mejor de los casos y siendo generoso, ha quedado superada por quienes la cuestionan o critican- esa misma lógica equivale a meterse un autogol en tiempo de compensación.