Este fin de semana de juegos de octavos estuvo caracterizado por lo bueno, lo malo y lo feo.
Empecemos con lo bueno. La Selección Mexicana puede estar muy orgullosa de su actuación en el partido trepidante del domingo; los jugadores se liaron como leones contra Inglaterra. Presionaron arriba, recuperaron el balón repetidamente, atacaron con superioridad numérica y demostraron gran valentía con y sin el balón. Ha sido un gran Mundial para México y esta generación de jugadores promete ser —si se le nutre correctamente— la mejor en décadas. Por su parte, Inglaterra cumplió con la sentencia icónica de Cruyff en el sentido de que “toda desventaja conlleva una ventaja”; ante la altura y la brutal presión del Azteca y una afición grandiosa, no buscó dominar posesión ni ahogar la salida de México, aguantó y contratacó quirúrgicamente.
Lo malo: sin duda alguna, la escandalosa e inaceptable presión de la Casa Blanca y la vergonzosa aquiescencia de FIFA al revocar la tarjeta roja a Balogun para el juego de anoche con Bélgica; una vez más, su sicofancia prostituye al futbol.
Y lo feo, quizá encapsulado por dos retos hacia adelante. El primero, un Brasil —más allá de individualidades— quebrado como paradigma futbolístico; el segundo, México ha cautivado una vez más, vía una Copa Mundial, las mentes y corazones de audiencias globales. ¿Será capaz de usar este momento para reconstruir el andamiaje destrozado por López Obrador —el servicio exterior, ProMéxico, el Consejo Mexicano de Promoción Turística— para intentar recuperar tracción, espacios, visibilidad y proyección de poder suave en el mundo?