Carta desde Washington

El espejo geopolítico del Mundial

Los partidos del Mundial 2026 muestran que el sistema internacional puede ampliar la cancha, pero no necesariamente redistribuye el balón, señala Arturo Sarukhan.

Todo Mundial coquetea con la metáfora geopolítica y, como toda metáfora, en ocasiones rima con la realidad. El torneo de 48 selecciones —diseñado para ampliar el abanico futbolístico— sin duda ha producido sorpresas con sabor a multipolaridad: Sudáfrica eliminó a Corea del Sur, Curazao debutó anotándole primero a Alemania, Jordania resistió ante Austria y Cabo Verde hizo lo propio ante España, incluso dando el campanazo —junto con Congo— clasificándose a la siguiente ronda; Paraguay eliminó a Alemania y Marruecos se despachó a Países Bajos. Es el “sur global” del futbol reclamando asiento en la mesa.

Pero los dieciseisavos al día de hoy también confirman jerarquías futboleras que el discurso de los nuevos actores del llamado “sur global” no mitiga: la Argentina de Messi, Brasil avanzando, Inglaterra sufriendo, Francia aplanando. El poder duro persiste aunque se diversifiquen los actores secundarios.

Y la sede misma también es alegoría: México va invicto y sin recibir gol, pero su política exterior —reactiva, timorata y ambigua, sobre todo ante EU— contrasta con el protagonismo futbolístico y su atractivo como anfitrión. Ser “nación pivote” en el campo no garantiza serlo en el tablero internacional o la diplomacia pública. El Mundial, como el sistema internacional, puede ampliar la cancha, pero no necesariamente redistribuye el balón.

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