Carta desde Washington

Otro Versalles; la misma resaca

La reconfiguración del mercado energético, el fortalecimiento de China, el deterioro de la confianza comercial y el repunte de las presiones inflacionarias perfilan un nuevo escenario económico y geopolítico con consecuencias duraderas.

Ganar una guerra implica, entre otras cosas, modificar el cálculo político del enemigo a tal grado que debe rendirse. Para todo efecto práctico, Irán ha ganado la guerra. Al lograr cerrar el Estrecho de Ormuz, forzó a Donald Trump a capitular sin lograr ninguno de los objetivos que él fijó cuando inició una guerra de elección, a contrapelo de sus aliados europeos y ejecutada de manera errática e incompetente. Y si bien el memorándum de entendimiento con Irán que firmó el jueves en Versalles (sí, ese Versalles, el del tratado de 1919 que también se vendió como garantía de paz perpetua y terminó incubando dos décadas de inestabilidad económica y geopolítica y otra guerra) en principio sienta las bases para el fin tanto del conflicto armado (siempre y cuando Benjamín Netanyahu no lo torpedee o gobiernos europeos rechacen el cheque en blanco del levantamiento de sanciones, muchas de ellas al amparo de un mandato de Naciones Unidas, que Trump le regaló a Teherán) como de la onerosa interrupción del suministro energético y el flujo comercial desde el Golfo Pérsico, hay que prever que las economías del mundo difícilmente regresarán al statu quo ante cuando Washington y Jerusalén comenzaron a bombardear Irán el 28 de febrero. La historia no se repite, pero sí rima, y esta nueva guerra -y el acuerdo que convida a una paz ilusoria- ha detonado una serie de ajustes, particularmente cuatro de ellos que destaco aquí, que serán difíciles de paliar en el corto y mediano plazos.

Primero, el orden energético mundial se está reconfigurando. La casi total paralización del abastecimiento de petróleo y gas procedente de Oriente Medio y su aumento vertiginoso de precio están provocando un cambio en el equilibrio de poder global. Los productores de energía, desde el Pérsico hasta Estados Unidos, competirán por mantener o aumentar su ascendencia mientras que las naciones consumidoras pugnarán por reducir su dependencia y asegurar líneas de abastecimiento. Como resultado, no solo está cambiando el mercado energético; están cambiando también la matriz energética y los actores relevantes del sector energético.

La profunda vulnerabilidad de los países de Asia, Europa y otras regiones que dependen de energía importada está espoleando la búsqueda de alternativas. En algunas naciones, como Corea del Sur y Japón, esto ha llevado a un mayor uso de combustibles más contaminantes como el carbón. Sin embargo, a largo plazo, esta crisis energética -la segunda en tan solo cuatro años- probablemente acelere la transición hacia energías renovables como la solar y la eólica, así como la energía nuclear. Las relaciones y equilibrios entre productores también se están trastocando. La guerra intensificó las tensiones entre Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita e impulsó a los Emiratos a abandonar la OPEP+. Si bien el impacto no se reflejará plenamente hasta que se recupere la producción en la región, ese cártel debilitado podría aumentar la volatilidad en los mercados petroleros. La ruptura también ha facilitado que Rusia estreche lazos con los saudíes. Putin incluyó a Arabia Saudita este mes como “invitada de honor” en un foro económico en San Petersburgo. Rusia, el segundo mayor productor de petróleo crudo y gas después de EE.UU, se ha fortalecido de otras maneras gracias a la guerra. La Administración Trump levantó temporalmente las sanciones impuestas a Moscú a raíz de su invasión injustificada a Ucrania, lo que le permitió aumentar sus ganancias por exportaciones de petróleo en un momento en que su economía se encuentra debilitada por la incesante guerra en suelo ucraniano y ahora ruso. Al otro lado del océano Atlántico, Brasil, Venezuela, Colombia, Argentina y Guyana están aumentando su capacidad de producción de petróleo (¿y a todo esto, y México?), mientras el mundo busca proveedores alternativos.

Segundo, China es sin duda uno de los principales beneficiarios. El impulso para desarrollar y diversificar las redes energéticas continuará mucho después de que termine la guerra, colocándola en una posición para beneficiarse como pocos del aumento previsto de las energías renovables. China está muy por delante del resto del mundo en la producción de turbinas eólicas, cables de alta tensión, transformadores, paneles solares, baterías, software para gestionar flujos de energía y más. Su creciente papel para garantizar que otros países accedan a un suministro de energía confiable amplifica su influencia e importancia estratégica global.

Es más, la agresiva presión de la Administración Trump para detener proyectos domésticos de energías renovables -incluso remunerando a empresas para que cancelen proyectos de parques eólicos- significa que Estados Unidos esencialmente se está retirando de esta competencia global y cediendo la ventaja industrial y tecnológica a su mayor rival. Y las ventajas económicas para Beijing se ven reforzadas por las geopolíticas: la guerra ha profundizado la brecha entre EE.UU y sus aliados en Europa, brindándole a China una nueva oportunidad para ampliar su papel como líder del sistema internacional.

Tercero, restablecer la confianza será difícil. No está claro si el tráfico marítimo volverá a fluir libremente por Ormuz, la única ruta para sacar petróleo, gas y mercancías del Golfo Pérsico. A pesar de que Irán sufrió pérdidas sustanciales durante el conflicto, ha emergido de su confrontación con la mayor potencia militar del mundo demostrando que puede usar el caos económico como arma. Ha amagado con imponer aranceles a los buques que transitan por Ormuz, en violación del derecho internacional. Incluso, si no lo logra hacer, ha demostrado que puede interrumpir el comercio cuando así lo desee, elevando riesgos y costos para las industrias energética y naviera y para el sector asegurador. La confianza regional también se erosionó: los ataques iraníes contra Kuwait, Catar (que perdió 17% de su capacidad exportadora de gas licuado), Arabia Saudita, Omán, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos –cuyos hoteles, centros de datos y planta nuclear fueron blanco– exhibieron una vulnerabilidad que podría ahuyentar a visitantes e inversores, aumentar el peso relativo de Teherán en la región y detonar ahí una carrera armamentista, incluida la tentación de hacerse de un arma nuclear.

El propio memorando de entendimiento expone la asimetría de lo pactado: Washington entrega activos tangibles y verificables –levanta el bloqueo naval, congela su despliegue militar en la región, libera fondos congelados y suspende sanciones– a cambio de promesas diferibles de Teherán y de una negociación a sesenta días que, por diseño, excluye el programa de misiles iraní (que el propio Trump escandalosamente calificó de aceptable y “proporcional” al de sus vecinos) y deja la futura administración del propio Estrecho sujeta a una negociación paralela entre Irán y Omán.

Cuarto, la economía se encamina a un crecimiento más lento y precios más altos. El Banco Mundial acaba de revisar sus perspectivas económicas, reduciendo su pronóstico; ahora estima que el crecimiento global disminuirá a 2.5% este año, comparado con 2.9% en 2025. La inflación también está empezando a dispararse. En EE.UU subió por tercer mes consecutivo, alcanzando una tasa anual del 4.2% en mayo. Y en lugar de planificar una próxima reducción en las tasas de interés, Wall Street estima que la Reserva Federal las aumentará al menos una vez este año; ya la semana pasada, el Banco Central Europeo elevó sus tasas a 2.25%. Tasas más altas conllevan graves consecuencias a largo plazo tanto para países de renta alta como baja que ya han acumulado deudas públicas abrumadoras y que destinan una parte cada vez mayor de sus ingresos al pago de intereses. El alza en los precios de la energía también se ha trasladado, como subrayé en una columna hace algunas semanas, a los fertilizantes -cuya producción depende intensivamente de gas natural- encareciendo los costos agrícolas y, con ello, los precios de alimentos a nivel global, un efecto que golpea con particular dureza a las economías en desarrollo. Estas presiones presupuestarias no harán más que aumentar a medida que los gobiernos busquen mitigar estos efectos e incrementen presupuestos militares para hacer frente a las crecientes amenazas a la seguridad.

Todo lo anterior explica las piruetas de Trump intentando vender que el conflicto en el Golfo Pérsico que él inició hace 15 semanas -cilindrado en buena medida por Netanyahu- ha llegado a su fin (cosa que por cierto proclamó con anterioridad 39 veces, después de haber dicho además que el conflicto no duraría “más de 4 semanas a lo mucho”) y que representa un “triunfo” para Estados Unidos. Lejos de ello. Ha habido sin duda varios momentos de humillación, autogoles y fiascos para la política exterior estadounidense desde 1945. Pero como éste, no recuerdo ninguno, y la factura interna cortesía de la inflación -y con el precio promedio del galón de gasolina en EE.UU arriba de los $4 dólares- que sus acciones han detonado, podría llegarle rápidamente con los comicios legislativos de noviembre. La factura geopolítica tardará quizá más en llegar, pero ya se avizora.

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