Cada Mundial deja como legado una narrativa. El de 2026 es el de las estrellas: Messi, Yamal, Bellingham, Mbappé, Haaland; la de una selección campeona que establece el récord de 38 juegos seguidos invicta. Pero también es una de perversión.
Más allá del buen futbol —a veces espectacular y apasionante— que hemos visto, la historia más relevante de este ha sido la FIFA y las lamentables postales que deja regadas en su camino. Qué duda cabe de que la sicofancia de Infantino con Trump alcanza niveles bochornosos, empezando con la entrega de su “Premio a la Paz” previo al torneo. Pero lo más grave es el atropello arbitral: la justificada tarjeta roja a Balogun fue suspendida con Trump alardeando que llamó personalmente a Infantino para pedir su revisión.
Esa sumisión debiera costarle como mínimo su chamba al frente de la FIFA. Bajo su batuta, el torneo se ha desnaturalizado: precios de boletos cercenando la correa de transmisión entre aficionados y equipos; pausas de hidratación que rompen el ritmo de juego para permitir publicidad; un “show” de medio tiempo alargando el descanso y convirtiendo la final en algo ajeno al futbol; el uso caprichoso del VAR, aplicado o ignorado según convenía.
Y para colmo, Infantino hablando de ampliar aún más el formato —a 64 equipos— con la vista puesta en asegurar a como dé lugar la clasificación de China y el acceso al lucrativo mercado de ese país. El negocio y la política impuestos al deporte. Y lo que viene es peor. Rumbo a 2034 en Arabia Saudita, Infantino ya prostituyó una vez más al futbol, entregando el evento deportivo más codiciado al mejor postor para blanquear a otro régimen autoritario más, en este caso una monarquía teocrática absolutista.