Pocas inversiones públicas tienen la capacidad de transformar simultáneamente la salud, la economía y el desarrollo social de un país. Los 181 mil millones de pesos anunciados para el Plan Nacional de Infraestructura en Salud representan una de ellas. Sin embargo, la magnitud del presupuesto no garantiza, por sí sola, un mejor sistema sanitario. La historia demuestra que construir hospitales es indispensable, pero está lejos de ser suficiente.
Los 87 proyectos estratégicos previstos —que incluyen 43 hospitales nuevos, 35 sustituciones y 21 ampliaciones o rehabilitaciones— constituyen una respuesta necesaria frente a décadas de rezago.
También representan una oportunidad para fortalecer la infraestructura pública y dinamizar sectores como la construcción, la ingeniería, la tecnología médica y la proveeduría especializada. Pero el verdadero desafío comenzará cuando esos hospitales abran sus puertas. Como sabemos, un hospital no funciona únicamente con concreto, acero y equipos de última generación. Requiere médicos, enfermeras, laboratoristas, ingenieros biomédicos, farmacéuticos, personal administrativo y especialistas en tecnologías de la información capaces de operar un sistema cada vez más complejo. Formar, atraer y retener ese talento será tan importante como levantar los nuevos edificios.
Insisto, la infraestructura tampoco resolverá por sí sola otro de los grandes pendientes del sistema: el acceso oportuno a medicamentos e insumos. Los nuevos hospitales deberán integrarse a cadenas de suministro eficientes, procesos de compra transparentes y mecanismos logísticos que garanticen el abasto continuo. De poco servirá inaugurar unidades modernas si los pacientes siguen enfrentando desabasto, demoras o tratamientos incompletos.
Claro, el reto también obliga a replantear la forma en que se administra la salud pública. Los sistemas más eficientes del mundo no son los que reaccionan mejor ante las crisis, sino los que desarrollan capacidades para anticiparlas. La digitalización de expedientes clínicos, la analítica de datos, la inteligencia artificial aplicada a la gestión hospitalaria y la planeación basada en evidencia serán herramientas indispensables para prever riesgos, optimizar recursos y tomar decisiones antes de que los problemas se conviertan en emergencias.
A ello debe sumarse una apuesta decidida por la prevención y la atención primaria. Si el sistema continúa concentrando la mayor parte de sus esfuerzos en atender enfermedades cuando ya requieren hospitalización, la presión sobre la nueva infraestructura crecerá con la misma velocidad con la que hoy se construyen los hospitales. La inversión física debe ir acompañada de estrategias que reduzcan la demanda evitable y mejoren la salud de la población desde el primer nivel de atención.
También será indispensable fortalecer la coordinación con universidades, centros de investigación, industria farmacéutica, fabricantes de dispositivos médicos y empresas de tecnología. Un sistema de salud moderno no depende solo del presupuesto público; funciona como un ecosistema donde innovación, conocimiento, logística y gestión deben avanzar de manera sincronizada.
Durante décadas evaluamos el desarrollo sanitario por el número de hospitales construidos. Quizá ha llegado el momento de medirlo por algo más relevante: la capacidad del sistema para ofrecer atención oportuna, segura y de calidad. Los edificios son apenas el punto de partida. La verdadera transformación ocurrirá cuando todo el ecosistema trabaje con un mismo propósito: que cada decisión, cada proceso y cada inversión tengan al paciente como su principal razón de ser.
Innovar también es ahorrar
Los aneurismas cerebrales recuerdan que, en salud, el tiempo tiene un costo. En México se estima que cada año ocurren alrededor de 7,800 rupturas aneurismáticas, muchas de ellas con consecuencias devastadoras para los pacientes y un alto impacto para el sistema sanitario. La llegada de tecnologías endovasculares como WEB™, respaldadas por evidencia clínica internacional para el tratamiento de aneurismas complejos de cuello ancho, confirma una tendencia que está redefiniendo la medicina hacia procedimientos más precisos, menos invasivos y con mejores perspectivas para pacientes cuidadosamente seleccionados.
Por tanto, el reto ahora es cambiar la manera de evaluar la innovación médica: su valor no puede medirse únicamente por el precio de una tecnología, sino por su capacidad para reducir complicaciones, evitar nuevas intervenciones, acortar estancias hospitalarias y mejorar la calidad de vida. En un sistema de salud sometido a crecientes presiones financieras, innovar no significa gastar más, sino invertir mejor en soluciones que generen beneficios sostenibles tanto para los pacientes como para las finanzas públicas.
Sala de Urgencias
- Hace unas semanas mi esposa ingresó de madrugada y de emergencia al Hospital San Ángel Inn Universidad por una colitis nerviosa. Tras varias horas de estudios y tratamiento recibió el alta médica, pero la verdadera espera comenzó en caja: pasamos horas aguardando el dictamen de la aseguradora. La sorpresa llegó cuando nos informaron que esos padecimientos gastrointestinales no estaban cubiertos por la póliza contratada por la UNAM con AXA. Más allá de que las exclusiones puedan estar previstas en el contrato, resulta inevitable preguntarse por qué tantos asegurados descubren los alcances reales de su cobertura justo cuando enfrentan una emergencia. La confianza en un seguro no depende solo de lo que cubre, sino de la claridad con la que lo explica.