En un momento en el que México discute su papel en la reconfiguración global de las cadenas de suministro, la industria farmacéutica nacional comienza a mover piezas con una lógica distinta: menos discurso y más construcción silenciosa de capacidades.
La llegada de Luz Astrea Ocampo Gutiérrez de Velasco a la Presidencia de la Asociación Mexicana de Laboratorios Farmacéuticos (Amelaf) no es un relevo más en el sector. Representa, en los hechos y en “tiempo de mujeres”, un intento por reordenar la conversación hacia un concepto que durante años fue incómodo: fortalecer a la empresa farmacéutica mexicana como eje del sistema de salud.
En entrevista con quien esto escribe, Ocampo lo plantea sin rodeos: sin producción local robusta, no hay abasto seguro. Y sin abasto, no hay política pública que resista.
El diagnóstico no es nuevo, pero sí el contexto. Durante décadas, México cedió terreno en la producción de principios activos y medicamentos complejos frente a Asia, particularmente India y China, que hoy concentran entre 80 y 90% del suministro global de genéricos . La lógica del menor costo terminó por desplazar a la lógica de la disponibilidad estratégica.
Hoy esa ecuación empieza a cambiar.
Desde Amelaf —que agrupa a cerca de 50 laboratorios de capital 100% mexicano— la narrativa apunta hacia cuatro ejes claros: 1) impulsar a las empresas nacionales, 2) detonar su capacidad exportadora, 3) recuperar la producción de materias primas y 4) apostar por la innovación local. No es menor: se trata de reconstruir un ecosistema industrial que alguna vez existió en México y que incluso llegó a exportar medicamentos a mercados tan exigentes como Japón .
Pero más allá del discurso, empiezan a aparecer señales concretas.
Una de las más relevantes es la reciente adquisición, por parte de Grupo Neolpharma, de Signa, una planta especializada en la producción de Ingredientes Farmacéuticos Activos (APIs) ubicada en Toluca y que formaba parte de la red de manufactura de Apotex en América Latina. La operación no es menor, dado que permite ampliar la capacidad interna de producción, reducir la dependencia de insumos importados y fortalecer una cadena de suministro más resiliente.
Además, la transacción refleja una lógica más amplia de integración regional. En un entorno donde los países buscan acercar la producción de insumos críticos, México comienza a posicionarse como un socio estratégico dentro de América del Norte, no solo en producto terminado, sino también en materia prima.
La planta, que opera bajo estándares internacionales de calidad (GMP), se ubica en uno de los polos farmacéuticos más relevantes del país y se integra a una estrategia que busca algo más profundo que crecimiento empresarial: recuperar capacidades industriales que se perdieron con la globalización.
En esa lógica, la apuesta va más allá de un movimiento corporativo. Es, en esencia, una lectura geopolítica: la salud dejó de ser solo un tema sanitario para convertirse en un asunto de seguridad nacional.
Ahora bien, el punto más delicado no está en la intención, sino en la ejecución.
El fortalecimiento de la industria nacional pasa inevitablemente por la compra pública. Durante años, este mecanismo funcionó como ancla para dar certidumbre a la producción local. Hoy, la discusión regresa: ¿cómo garantizar que las licitaciones no solo busquen precio, sino también desarrollo industrial?
A esto se suma otro tema igual de sensible: los pagos gubernamentales. Aunque el actual gobierno de la presidenta Sheinbaum ha comenzado a destrabar adeudos históricos, el mensaje desde la industria es claro: no basta con comprar, hay que pagar a tiempo. Para muchas empresas, especialmente medianas, la liquidez define su capacidad de sobrevivir y crecer.
El tercer frente es menos visible, pero igual de crítico: el talento. Sin ingenieros, químicos y científicos formados en volumen suficiente, cualquier intento de reindustrialización farmacéutica se quedará corto.
Y finalmente, la innovación. México sigue dependiendo en más de 90% de desarrollos provenientes del exterior. Cambiar esta realidad no será inmediato, pero sí exige construir ecosistemas que permitan que el conocimiento local se traduzca en productos.
Lo interesante es que, por primera vez en años, estos temas comienzan a alinearse con una narrativa gubernamental más amplia, como el llamado Plan México. La diferencia estará en si esa alineación logra traducirse en políticas concretas o se queda en intención.
Por ahora, lo que se observa es un sector que dejó de esperar condiciones ideales y decidió empezar a construir desde lo posible.
Y eso, en la industria farmacéutica, suele ser el primer síntoma de un cambio estructural.
Sala de Urgencias
- Mientras el discurso oficial apuesta por la soberanía productiva, en la práctica persiste la duda clave: ¿ya hay medicamentos en la clínica? La estrategia va en la dirección correcta, pero aún no se refleja con claridad en el abasto. Hay avances, sí, pero todavía insuficientes para hablar de normalización; la industria se mueve, falta ver si la política pública alcanza ese ritmo.
- En paralelo, la aprobación del registro nacional de enfermedades raras es un paso necesario: sin datos no hay política pública. El riesgo es el de siempre: que se quede en el papel. La clave estará en su ejecución y en si realmente mejora diagnóstico y acceso a tratamiento para pacientes que llevan años esperando.