Jorge Arturo Castillo

Medicinas hechas en México

Las inversiones anunciadas por la industria farmacéutica representan una oportunidad histórica para fortalecer la producción nacional de medicamentos. El desafío será convertir los anuncios en una verdadera política industrial y de salud pública.

Entre las múltiples noticias que marcaron la agenda de la semana, una merece una reflexión más profunda de la que ha recibido hasta ahora. El anuncio de inversiones farmacéuticas por más de 21 mil millones de pesos realizado en Palacio Nacional no solo representa nuevos proyectos industriales o generación de empleos. Puede convertirse en el punto de partida de una estrategia para recuperar capacidades productivas, científicas y tecnológicas que México fue perdiendo durante décadas.

La cifra es relevante, pero la verdadera noticia está en lo que representa. Durante años, México fue cediendo terreno en un sector estratégico que alguna vez formó parte de sus fortalezas industriales. Poco a poco, la producción de principios activos, la fabricación de medicamentos especializados y buena parte de la investigación farmacéutica migraron hacia otros mercados. La globalización hizo parecer lógico que algunos países produjeran y otros compraran. La pandemia de Covid-19 demostró que aquella lógica tenía límites.

Cuando el mundo enfrentó la escasez de medicamentos, vacunas y materias primas, quedó claro que depender excesivamente de cadenas de suministro ubicadas a miles de kilómetros podía convertirse en un problema de seguridad nacional. La discusión dejó de ser exclusivamente económica para convertirse en un asunto de soberanía sanitaria.

Por esa razón resulta significativo que compañías como Abbott, Bristol Myers Squibb, Neolpharma, Opella, Kener, Liomont, Sanofi y Bayer hayan decidido ampliar su presencia en México. Algunas invertirán en nuevas líneas de producción; otras fortalecerán investigación clínica; varias apostarán por la fabricación local de medicamentos, vacunas y principios activos. En conjunto, estas decisiones envían una señal clara: México vuelve a ser visto como un destino atractivo para la industria farmacéutica global.

Quienes hemos seguido durante más de dos décadas la evolución de la industria farmacéutica mexicana sabemos que este tipo de anuncios no son frecuentes. Durante años, la conversación sectorial estuvo dominada por licitaciones, regulación sanitaria, acceso a medicamentos, litigios y procesos de compra gubernamental. Escuchar nuevamente conceptos como manufactura, exportación, investigación clínica, desarrollo tecnológico y producción de principios activos representa un cambio de tono que vale la pena observar con atención.

Uno de los aspectos más interesantes de la conferencia fue la discusión sobre los ingredientes farmacéuticos activos, conocidos como APIs. Actualmente, una parte importante del mundo depende de China e India para obtener estas materias primas esenciales. El propio secretario de Salud, David Kershenobich, reconoció que México tuvo capacidades importantes en esta materia y que existe una oportunidad real para recuperarlas.

No se trata de un asunto menor. Los APIs constituyen el corazón de cualquier medicamento. Sin ellos no hay antibióticos, tratamientos oncológicos, vacunas ni terapias para enfermedades crónicas. Recuperar parte de esa capacidad productiva permitiría reducir vulnerabilidades, fortalecer cadenas regionales de suministro y generar empleos altamente especializados.

A ello se suma otro elemento estratégico: la investigación clínica. Diversos directivos presentes en Palacio Nacional destacaron los avances regulatorios que han permitido reducir tiempos de autorización para estudios clínicos. Este aspecto suele pasar desapercibido fuera del sector, pero tiene implicaciones enormes para la competitividad del país. Cada protocolo de investigación atrae inversión, genera conocimiento, fortalece hospitales y permite que pacientes mexicanos accedan más rápidamente a terapias innovadoras.

La tendencia ya era visible desde hace algunos meses. Varias compañías habían anunciado programas de expansión, modernización industrial e investigación clínica que hoy encuentran un nuevo impulso. Más allá de los montos específicos, el mensaje resulta relevante: varias empresas comienzan a ver a México no solo como un mercado de consumo, sino como una plataforma de producción e innovación para la región.

La combinación de talento científico, infraestructura hospitalaria, cercanía con Estados Unidos y costos competitivos coloca a México en una posición privilegiada dentro de las estrategias globales de nearshoring. Mientras otras industrias exploran alternativas para acercar su producción a los mercados de consumo, el sector farmacéutico comienza a descubrir que México puede convertirse en algo más que un centro de manufactura. También puede consolidarse como un polo de innovación, investigación y desarrollo.

Por supuesto, los anuncios no garantizan el éxito. La experiencia demuestra que una política industrial requiere continuidad, visión de largo plazo y coordinación entre gobierno, academia e iniciativa privada. El verdadero desafío comenzará cuando las primeras piedras se conviertan en plantas operando, cuando los laboratorios incrementen sus capacidades de investigación y cuando los beneficios de estas inversiones lleguen efectivamente a los pacientes.

Después de años en los que la conversación giró principalmente alrededor de compras gubernamentales, desabasto y procesos regulatorios, resulta alentador escuchar nuevamente conceptos como manufactura local, exportación, investigación clínica, innovación y desarrollo tecnológico. Son términos que deberían formar parte permanente de cualquier estrategia nacional de salud.

Sala de Urgencias

  • La industria farmacéutica ya dio un paso al frente. Ahora corresponde a autoridades, universidades y empresas convertir los anuncios en resultados. México necesita más medicamentos hechos en el país y menos dependencia del exterior.

COLUMNAS ANTERIORES

La batalla farmacéutica contra el dolor
México quiere jugar en la primera división farmacéutica

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.