Año Cero

Esperando noviembre

Quedarán abiertos asuntos decisivos: el futuro del T-MEC; el tema migratorio y la presión sobre millones de mexicanos; el costo económico y social de los aranceles y las consecuencias de tener en la Casa Blanca a un presidente autoritario que ha convertido la tensión, la amenaza y la confrontación en una forma de gobernar.

En todas partes y en todos los lugares hay un día que parece eterno: el día en que se cumple una espera, se rompe la inercia del poder y aparece, en medio de un mundo desesperado, la pregunta esencial por lo humano. No se trata de una presencia pasiva, sino de un ejercicio, un desafío y una manifestación del espíritu humano. Eso es, para mí, lo que todavía puede sostener a la humanidad.

Mi esperanza está puesta en la restauración de un orden humano. Hubo quienes creyeron que los excesos del sistema democrático podían corregirse con más radicalización, con más consignas y con menos pensamiento crítico. Pero cuando la democracia pierde su capacidad de corregirse a sí misma, deja de ser un espacio de libertad y se convierte en una maquinaria de reproducción del poder.

Lo hemos visto en distintas latitudes. En Colombia, en Argentina y en tantos otros países, el malestar social se ha instalado en los barrios, en las calles y en la conversación pública. La política dejó de hablarle al ciudadano común y empezó a hablarse a sí misma. Entonces aparecieron los liderazgos que entendieron esa fractura y que, para bien o para mal, supieron convertir el resentimiento, el miedo y el hartazgo en fuerza electoral.

La paradoja de nuestro tiempo es que buena parte de los partidos de derecha, incluso dentro del arco democrático, han terminado apostando por prometer el fin de la democracia en nombre de los excesos que se cometieron dentro de ella. Se presentan como respuesta frente al abuso, pero muchas veces terminan reproduciendo aquello que dicen combatir. Los tronos originales ya no se distinguen de sus copias. El poder se disfraza de ciudadanía y los ciudadanos son tratados como bienes políticos, no como personas libres.

Nadie puede sorprenderse de que, cuando se agotan las respuestas institucionales, cuando se pierde la batalla contra el narcotráfico, cuando se rompe la confianza en la ley y cuando se abandona el desarrollo humano como fundamento de la vida pública, la sociedad coseche sus peores frutos. Una comunidad sin seguridad, sin justicia y sin horizonte termina convirtiendo su desesperación en rabia política.

Entonces llega la revolución terrorífica. Llega la eliminación del espíritu crítico. Llega la cancelación de los debates políticos. Llega el fanatismo democrático que, en nombre de la democracia, deja fuera a todos los que no obedecen su lenguaje, sus códigos y sus certezas. Y llega también la posibilidad de que solo los inflexibles, los escandalosos y los militantes encuentren eco en ese universo mundial de una verdad única, aunque esa verdad haya sido construida más para dominar que para comprender.

Ese es el panorama político que explica, en buena medida, el regreso de Donald Trump al poder. No tengo duda de que Trump ganó. La pregunta es otra: ¿puede el Partido Republicano sostener indefinidamente esa suerte política sin quedar atrapado por el propio movimiento que lo llevó de regreso a la Casa Blanca?

Pero la pregunta más importante sigue siendo esta: ¿dónde están los demócratas? ¿Quién es el líder? ¿Quién es el líder capaz de ordenar una respuesta política, social y democrática frente a lo que ocurrió? ¿Han hecho una autocrítica real sobre la agenda que los hizo perder el poder? ¿Han entendido que una parte de la sociedad estadounidense no se sintió representada por un lenguaje político construido desde élites culturales, burocracias ideológicas y minorías militantes que muchas veces no recogían ni las formas, ni las maneras, ni las motivaciones de la mayoría de los estadounidenses?

Trump no apareció de la nada. Trump fue la consecuencia de un vacío. Fue la respuesta, peligrosa pero eficaz, a una sociedad que se sintió despreciada por el sistema político, por los medios, por las universidades, por las élites económicas y por una agenda que se proclamaba social y democrática, pero que en demasiadas ocasiones fue formulada desde los extremos.

El movimiento de Trump sigue siendo una derecha política, pero también algo más: un movimiento con rasgos religiosos, identitarios y emocionales. No se explica únicamente por programas de gobierno, impuestos, migración o comercio. Se explica por una promesa de restauración, por una idea de revancha y por la sensación de que había que recuperar un país que muchos votantes sentían perdido.

La pregunta es si los demócratas son conscientes de lo que hicieron al colocarse frente a una parte importante de la sociedad estadounidense, al pretender imponer una instrucción sistémica de reglas y valores generales, y al responder con una agenda que no siempre logró conectar con la vida real de la mayoría. Una derrota política, social y democrática no se explica solo por el carisma del adversario. También se explica por los errores propios.

Todo esto forma parte de un desbordamiento mayor. Hay una parte poderosa de la democracia que sigue viva: la presión de la gente, la fuerza de las instituciones y la capacidad de los gobiernos para corregir el rumbo. Esa es la gran esperanza. Pero no basta con esperar que Trump desaparezca para que el problema desaparezca con él. El trumpismo puede sobrevivir a Trump si la democracia no recupera antes su legitimidad, su lenguaje y su capacidad de representar a quienes se quedaron fuera.

Por eso, la discusión no puede reducirse a estar a favor o en contra de Trump. El verdadero desafío es recuperar la democracia dentro de una sociedad que ha dejado de creer en ella. Recuperarla no como consigna, sino como método. No como superioridad moral, sino como responsabilidad. No como imposición cultural, sino como pacto común.

Y en esa recuperación también está México. Resulta inadmisible pensar que, desde 2025, los ciudadanos mexicanos puedan desaparecer del reloj político mexicano y del reloj político estadounidense. México no puede permitirse el lujo de no responder. No basta con denunciar. No basta con administrar el conflicto. Los ciudadanos mexicanos son ciudadanos. Y los ciudadanos mexicanos deben ser tratados como ciudadanos, dentro y fuera de México.

Esa debe ser la línea mínima de cualquier Estado que todavía se respete a sí mismo: defender a sus ciudadanos, exigir respeto a sus derechos y no permitir que la lógica del poder, de la migración, del miedo o de la seguridad convierta a las personas en piezas descartables. Porque cuando un país deja de defender a sus ciudadanos, deja también de defender la idea misma de humanidad.

La espera a noviembre será mucho más que una espera electoral. Las elecciones estadounidenses pueden modificar el mapa político de Estados Unidos y, como consecuencia, también el de México. Si el Partido Republicano se impone, Trump respirará: tendrá más margen para profundizar su proyecto, endurecer su política migratoria, sostener el uso político de los aranceles y fortalecer agencias cada vez más poderosas como ICE. Si no lo consigue, comenzará probablemente el inicio del fin de su fuerza política inmediata y se instalará un ambiente de completa incertidumbre.

Quedarán abiertos asuntos decisivos: el futuro del T-MEC, cuya revisión formal inicia el 1 de julio, pero que seguramente terminará definiéndose hasta el próximo año; el tema migratorio y la presión sobre millones de mexicanos; el costo económico y social de los aranceles y las consecuencias de tener en la Casa Blanca a un presidente autoritario que ha convertido la tensión, la amenaza y la confrontación en una forma de gobernar. México no puede mirar esa elección como un asunto ajeno. Lo que ocurra en Estados Unidos en noviembre también definirá los márgenes de nuestra economía, nuestra seguridad, la defensa de nuestros ciudadanos, pero, sobre todo, de los límites de nuestra soberanía.

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