Año Cero

El papa cabalga de nuevo

León XIV inició su pontificado colocándose en el centro de las grandes discusiones contemporáneas. No tardó en enfrentarse, directa o indirectamente, con el presidente de su propio país.

Su nombre era Vincenzo Gioacchino Pecci. Era un cardenal italiano. Fue elegido en el declinar del siglo XIX, casi en la puerta de entrada del siglo XX, y tomó el nombre de León XIII.

Es curiosa y, al mismo, tiempo muy interesante esa antigua costumbre papal según la cual, una vez que te eligen tus compañeros cardenales en el célebre cónclave de la Capilla Sixtina, tú mismo escoges el nombre con el que serás presentado al mundo. A partir de ese momento ya no eres solamente el hombre que eras. Tampoco eres el Cordero de Dios –porque ese lugar solo le pertenece a Cristo–, pero sí quedas investido como sucesor de Pedro, vicario de Cristo y jefe espiritual de una de las instituciones más antiguas, más sofisticadas y más poderosas de la historia. Desde entonces, cuando hablas desde la silla de Pedro y bajo las condiciones doctrinales que la Iglesia reconoce, hablas ex cathedra. Y cualquiera que quiera discutir contigo corre el riesgo de convertirse, según la vieja lógica del poder religioso, en anatema, disidente o satélite.

La Iglesia católica lleva siglos, desde que se articuló como una organización de poder, siendo probablemente la institución más sabia, más antigua y más resistente de Occidente. Ha sobrevivido por medio de coaliciones alternas, pactos, equilibrios, silencios, doctrinas y alianzas con los poderes temporales. Su entrada decisiva en la historia política del mundo romano no se entiende sin Constantino, sin la cruz, sin la visión de victoria y sin el Edicto de Milán de 313, que puso fin a la persecución sistemática de los cristianos y les otorgó un reconocimiento legal dentro del Imperio. A partir de ahí, los cristianos dejaron de pertenecer únicamente al tracto digestivo de los leones en el circo romano y comenzaron a sentarse, lenta pero inexorablemente, en la mesa del poder.

Desde ese día, la cruz y el éxito político de Constantino sentaron a la mesa una nueva fuerza que nadie en aquel momento, ni siquiera hoy con todas las crisis y dudas existentes, pudo adivinar hasta dónde llegaría. El cristianismo dejó de ser solamente una fe perseguida y empezó a convertirse en una arquitectura espiritual, cultural, jurídica y política capaz de organizar civilizaciones enteras.

Tal vez porque los hombres, tan conscientes como somos de nuestras debilidades, de nuestros fallos y de nuestras incapacidades, nos resistimos a aceptar que el fundamento de la civilización judeocristiana tiene dos pilares esenciales. Por una parte, el viejo pacto del Dios denominado Yahvé —“Yo soy el que soy”—, cuando elige a su pueblo. Por la otra, la plasmación del nuevo pacto, cuando Dios decide mandar a su Hijo como hombre y establecer no solo el perdón de todos los perdones, sino también la oportunidad de hacer un pacto en términos de dimensión humana.

En cualquiera de los dos pactos el nivel de fallo es muy grande. Pero también lo es el nivel de esperanza, de fe y de cumplimiento posible. Esa promesa de cómo podría ser mañana ha seguido sobreviviendo a todos los cambios estructurales de la historia.

Juan Pablo II no fue únicamente un papa; fue una fuerza estructural en la caída del comunismo europeo, en la recomposición moral de Occidente y en la recuperación de la autoridad política de la Iglesia en el escenario internacional.

Después vino Benedicto XVI, con su inteligencia teológica y su renuncia histórica, la primera en casi seis siglos. Luego llegó Francisco, ese refreshment latino que conviene entender bien: no solo hablaba español, sino que representó una sensibilidad distinta. Era argentino, y los argentinos, se mire como se mire y lo vea quien lo vea, son una categoría aparte. Francisco introdujo otra respiración en el Vaticano: más social, más periférica, más pastoral, más incómoda para los equilibrios clásicos del poder eclesiástico.

Robert Francis Prevost tuvo una vida aparentemente normal. Nació en Chicago, fue a colegios normales, descubrió una vocación de fe, siguió el camino del seminario como agustino, se hizo sacerdote y terminó convirtiéndose en un hombre de confianza dentro de la Iglesia. Fue de esos curas que no solo administran sacramentos, sino que son enviados a lugares difíciles para resolver cuestiones complicadas. Perú fue decisivo en su vida: Chulucanas, Trujillo, Chiclayo. No fue una nota menor, sino una escuela pastoral, política y humana.

En la sangre, en su condición de estadounidense y de hombre formado en Chicago, tenía el conocimiento directo de las debilidades y fortalezas del imperio estadounidense. Pero, por su desarrollo personal, vital y espiritual como misionero, administrador apostólico y después obispo de Chiclayo, aprendió también que hay gente que no es sajona ni gringa, ni come tres veces al día. Aprendió que hay personas para quienes cada día de vida, y muchas veces cada comida del día, es un milagro manifiesto.

Esa mezcla lo convirtió en una figura ideal, casi perfecta, para personarse primero en las cuestiones de nuestro tiempo y después como antídoto contra esa enfermedad que ha inundado políticamente de norte a sur, de oeste a este y prácticamente a todo el mundo: el populismo. En menos de dos años pasó de ser cardenal a León XIV.

Prevost tiene experiencia en la Curia y conoce el peso histórico del papado contemporáneo. Sabe en qué punto el paso de Juan Pablo II no solo dotó a la Iglesia de un líder al que, sin error y sin miedo a confesarse, se le puede llamar el hombre de la centuria, sino que también cambió el mundo.

Sin embargo, desde la desaparición de Juan Pablo II, la Iglesia vivía una crisis constante. La dimisión de Benedicto XVI abrió una grieta simbólica enorme. El catolicismo, con toda su liturgia, todas sus inclinaciones, todas sus riquezas, toda su repetición de ser la presencia de Dios en la tierra, pero también con su larga historia al servicio del poder terrenal, terminó enfrentando una grave crisis de mercado. Se vaciaron nóminas, listas, templos y registros de quienes todavía se consideran cristianos de forma institucional.

No puede decirse, con rigor, que el catolicismo haya desaparecido. Globalmente, el número de católicos ha seguido creciendo. Pero sí es evidente que, en Occidente, y de manera muy clara en Estados Unidos, el catolicismo pierde peso relativo, autoridad cultural y capacidad de atracción institucional, mientras el cristianismo se fragmenta en nuevas iglesias, movimientos evangélicos, comunidades independientes y expresiones religiosas más emocionales, más directas y más adaptadas al mercado espiritual contemporáneo.

Aun así, hay que reconocer que la escuela es la misma. Desde la primera gran alianza entre el papado y los poderes políticos modernos –pensemos en Alejandro VI, en los reyes católicos, en Isabel y Fernando, en las bulas, en el reparto simbólico y jurídico del mundo– lo que nació no fue solo una consolidación ecuménica o pastoral. Nació también una estructura de poder. Una estructura capaz de matar en nombre de la incorporación civil, de ordenar lealtades, de exigir impuestos, de imponer obediencias y de definir quién quedaba dentro y quién quedaba fuera del régimen de salvación.

Dicho de otra manera: además de pagar los impuestos que en aquellos momentos había que pagar, además de ser leales hasta la muerte como si fueran miembros de la ‘4T’, había que entender que, para ser un buen cristiano, había que ser completamente parte del régimen católico. ¿Por qué? Porque los regímenes políticos y el régimen católico se fundieron durante siglos en una misma lógica de obediencia, pertenencia y control.

La Iglesia tuvo su poder en su acuerdo con los políticos, pero también en su monopolio del sentido, de la moral pública, de la educación y de las ciencias sociales de su tiempo. El campo más importante para desarrollar el poder de la Iglesia y del cristianismo institucional fueron las universidades, las escuelas, la formación de las élites y la administración cultural de la verdad.

Por eso León XIV inició su pontificado colocándose en el centro de las grandes discusiones contemporáneas. No tardó en enfrentarse, directa o indirectamente, con el presidente de su propio país. Como norteamericano y como papa, le dijo a Donald Trump que no estaba con las guerras y que se estaba equivocando. Aquello motivó una reacción dura de Trump contra la figura papal, algo que no puede minimizarse si recordamos que, aunque Estados Unidos es mayoritariamente protestante en conjunto, los católicos siguen siendo uno de los grupos religiosos más grandes del país y superan a cualquier denominación protestante individual.

El problema es que los crímenes ligados a los abusos dentro de la Iglesia, la pérdida de autoridad moral de una parte del clero y el avance de nuevos movimientos cristianos frente a las viejas iglesias han debilitado la capacidad de la voz católica para ordenar el debate público. Faltaba un punto de enlace. Faltaba algo que permitiera que la voz papal volviera a la primera línea de las noticias y de la influencia social.

Ese punto fue la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial es hoy uno de los mayores desafíos del mundo. Por eso no resulta extraño que, en un plan perfectamente premeditado y ejecutado al estilo del Vaticano, la primera gran encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, estuviera dedicada a la defensa de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. No fue un gesto improvisado. Fue una forma de decir que, así como León XIII enfrentó la cuestión obrera, el capitalismo industrial y el conflicto entre capital y trabajo con Rerum Novarum, León XIV pretende enfrentar la nueva revolución tecnológica, el poder de los algoritmos, la automatización de la decisión humana y la amenaza de una civilización gobernada por sistemas sin alma.

Pero no se conformó con eso. Tomó su fusil, en sentido político y moral, y le plantó cara a Trump. Cuando Trump reviró, él volvió a revirar con un planteamiento más fuerte: no desde la política partidista, sino desde la paz, desde la dignidad humana, desde el rechazo a la guerra y desde la obligación moral de decir que hay una mejor manera de resolver los conflictos.

Después tomó su avión y se fue a España, donde realizó una de las visitas más memorables de un papa a una España profundamente enfrentada y polarizada. Allí no solo le dio a Pedro Sánchez un balón de oxígeno político al colocarse contra la guerra, sino que además habló ante el Parlamento español y dijo, con la precisión de quien sabe lo que está tocando, que la polarización existente entre los políticos es una de las mejores entradas hacia la guerra. Cuando la política se polariza, elimina al adversario y crea al enemigo. Y las guerras, al final, se hacen contra los enemigos.

Después fue a Barcelona, sabiendo que Cataluña sigue siendo uno de los problemas territoriales constantes de España. No porque todos los catalanes no quieran ser españoles, sino porque una parte significativa de la política catalana lleva años planteando una ruptura emocional, institucional y nacional con el Estado español. Desde la Sagrada Familia, en el momento de bendecir e inaugurar la torre de Jesucristo, la más alta de la basílica y símbolo de una de las iglesias más altas del mundo, hizo un llamamiento a la unidad, al entendimiento y a la reconciliación.

Finalmente, su despedida en Canarias tocó una de las heridas más profundas de Europa. Las aguas que rodean el archipiélago canario están marcadas por los cadáveres de demasiados migrantes que intentan llegar a Europa y mueren ahogados en el mar. Su descripción fue brutal por su sencillez: “Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.

No dejó ninguno de los puntos fundamentales del tablero sin tocar. Tocó la inteligencia artificial, la guerra, la polarización, la migración, la crisis de la democracia, la fragmentación de los países, el rearmamento, la dignidad humana y la pérdida del sentido moral de la política. Pero no los tocó para apuntalar conflictos, ni para crear nuevos problemas, ni para destacar simplemente la gravedad de cada uno. Los tocó para advertir que, si seguimos por el camino de la polarización, la inmigración deshumanizada, la ruptura interna de los países, el desprecio al adversario y la fascinación por la guerra, lo que nos espera no es una crisis pasajera, sino una guerra eterna.

León XIV se llama León XIV en homenaje a León XIII, el papa que escribió Rerum Novarum, la primera gran encíclica social de la historia moderna del Vaticano y el texto que abrió la doctrina social de la Iglesia frente a la cuestión obrera, el capitalismo industrial y la dignidad del trabajo. León XIV no solo ha cumplido con ese legado: lo ha actualizado. Ha iluminado, con enorme claridad, la necesidad de recuperar una autoridad moral sobre el mundo actual.

Y esa es quizá la clave de todo. En una época en la que los políticos se insultan, los países se rompen, las sociedades se polarizan, las tecnologías avanzan sin conciencia y las guerras vuelven a presentarse como destino inevitable, la aparición de una voz moral con alcance global no es un detalle menor. Es, otra vez, la Iglesia intentando hacer lo que mejor sabe hacer cuando entiende el tamaño de la historia: cabalgar sobre el caos para recordar que el poder, sin dignidad humana, termina siempre convertido en ruina.

Al final del día, la única constante desde el principio de los tiempos ha sido la fe sustentada en la creencia de la existencia de Dios. Hoy, en medio de estos momentos de crisis, de cambio y de incertidumbre, la fe cobra más fuerza que nunca. Por eso resulta indispensable recuperar el mensaje moral de la fe y de la creencia en Dios.

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