Año Cero

56 años que son toda una vida

Cada Mundial mexicano ha sido algo más que futbol. Ha sido una prueba de carácter.

Era 1970 y el recuerdo de los Juegos Olímpicos de 1968 –marcados por la matanza de Tlatelolco apenas unos días antes de su inauguración– todavía ensombrecía la confianza de muchos en la imagen que México proyectaba al mundo al organizar su primer Mundial de futbol. Apenas dos años antes, el 2 de octubre de 1968, la matanza de Tlatelolco había dejado una herida que no lograba cerrar. El país cargaba con una contradicción brutal: había demostrado capacidad de organización ante el mundo, pero también había exhibido la dimensión represiva de su poder político.

Una vez más, lo increíble, lo impredecible, fue la reacción del pueblo de México frente a su propia historia. El Mundial de 1970 terminó siendo recordado como uno de los mejores mundiales celebrados hasta ese momento. No solo por el futbol, por Pelé, por Brasil, por el estadio Azteca o por aquella idea de modernidad que México quería proyectar, sino porque el país logró sostener una fiesta mundial sobre una herida política todavía abierta.

Teniendo en cuenta que una parte central de la sensibilidad política y de los cambios del país comenzó aquel 2 de octubre que no se olvida, era muy importante ver hasta qué punto el pueblo mexicano podía sobrevivir a su realidad, en este caso sanguinaria y represiva, y al mismo tiempo apostar por el futuro. México provocó entusiasmo y mostró rigor organizativo, como también lo había hecho, dicho sea de paso, durante las olimpiadas de 1968. Esa fue la paradoja: un Estado capaz de organizar grandes eventos internacionales y, al mismo tiempo, incapaz de reconocer plenamente la violencia ejercida contra sus propios jóvenes.

Nunca se sabe, y hasta aquí, afortunadamente pese a todo, no se conoce el punto final de resistencia del pueblo mexicano. Las madres buscadoras, que son un grito y un lamento que debe afectarnos a todos, porque todos pudimos saber de alguien desaparecido y todos podríamos serlo en algún momento, son uno de los testimonios más importantes de los últimos años. Especialmente en las últimas décadas, coincidiendo con el cambio del mundo y del país, se ha instalado una forma de violencia que ya no solo reprime ni aplasta: desaparece, borra, mata y condena a las familias a buscar entre la tierra, los expedientes y el silencio.

Era 1986 y el país todavía se despedazaba después de una de las mayores tragedias de su historia contemporánea: el gran terremoto de 1985. La Ciudad de México estaba marcada por los edificios caídos, los muertos, los desaparecidos, los damnificados y la sensación de abandono. El Estado había quedado exhibido por su lentitud y por su incapacidad de respuesta, mientras la sociedad civil demostraba una fuerza que el poder no esperaba.

La FIFA envió observadores y técnicos. Había dudas razonables sobre la capacidad del país para sostener el torneo después de semejante tragedia. Nadie tenía la culpa del terremoto, pero sí pesaba la pregunta inevitable: si México estaba o no en condiciones de organizar su segundo Mundial.

La historia de aquella organización puede seguirse, con las licencias propias de la ficción, en la película México 86, dirigida por Gabriel Ripstein y escrita en colaboración con Daniel Krauze. La cinta retrata, desde la sátira y la dramatización, el ambiente político, económico y moral de aquella época. Pero detrás de cualquier licencia narrativa, detrás de figuras tan distintas como Emilio Azcárraga y los dirigentes del futbol mexicano de entonces, hay un hecho que permanece: mientras México desescombraba, buscaba desaparecidos y trataba de reconstruirse, también se sobrepuso para inaugurar una nueva fiesta mundial del futbol.

Aquel Mundial no se recuerda solamente por la ‘mano de Dios’ de Maradona ni por el gol del siglo contra Inglaterra. Se recuerda también porque México, en medio de la devastación, logró organizar una competencia que volvió a colocarlo en el centro del mundo. Y ese fue 1986: un país golpeado por la tragedia, cuestionado por su gobierno, pero sostenido por una sociedad que volvió a demostrar que podía levantarse.

Ahora México es el único país en el mundo que ha organizado tres veces una Copa del Mundo, aunque esta vez se trate de un Mundial compartido por tres países: México, Estados Unidos y Canadá. El Mundial de Norteamérica 2026, que inició en México, vuelve a colocar al país ante el espejo de su historia.

Si los dos mundiales anteriores fueron una prueba de resiliencia frente a grandes traumas, este todavía plantea una pregunta abierta. No sabemos con toda claridad cuál será el trauma al que, con el tiempo, se atribuya el verdadero estado de desarrollo, estabilidad o fragilidad estructural del Estado mexicano.

¿Será la batalla contra los cárteles y la tensión con Estados Unidos? ¿Será el desgobierno que no permite garantizar plenamente la libre circulación de las personas, de las ideas y de la vida cotidiana? ¿Será la crisis de desapariciones? ¿Será la violencia normalizada? ¿Será la distancia entre el país que se muestra al mundo y el país que todos los días padecen millones de mexicanos?

En cualquier caso, apúnteselo como un éxito más y que nadie se equivoque. En 1970, bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, con el recuerdo fresco de Tlatelolco y con pruebas suficientes de autoritarismo, tampoco había elementos de confianza popular para imaginar una celebración limpia, plena y sin contradicciones. En 1986, bajo el gobierno de Miguel de la Madrid, tan golpeado y castigado por su reacción frente al gran terremoto, tampoco existían las condiciones políticas ideales para pensar ni en la organización ni en la explosión de la alegría.

En este Mundial, el que nos toca ahora, 56 años después de 1970, está contenida, repito, una de las mayores pruebas de cambio de la historia del mundo desde la Segunda Guerra Mundial. La revolución tecnológica, la transformación del poder global, la disputa entre potencias, la tensión con Estados Unidos, la violencia interna y el desgaste institucional forman parte del contexto. También ahora el gobierno llega con enormes cuestionamientos, con zonas de impopularidad y con un país dividido entre la celebración, el miedo, la precariedad y la esperanza.

Pero hay que entender una cosa que rara vez entendieron ni siquiera los conquistadores. Cuando se trata de México, hay una realidad, que es la de los gobiernos y la del poder establecido, y otra realidad, que es la que sobrevive, la que importa de verdad: la forma en que reacciona el pueblo de México.

La gran pregunta es: ¿qué hicimos en estos 56 años? La gran cuestión pendiente de resolver es si estamos mejor o peor; si aprendimos algo de 1970, de 1986 y de todos los traumas acumulados que nos trajeron hasta aquí o si el país hoy está peor de lo que estaba antes.

Ahora, tras la revolución tecnológica, el México de nuestros hijos, que extrañamente conocemos menos de lo que creemos, y en algunos casos el México de nuestros nietos, tiene componentes evidentemente distintos a los de otras épocas. Le toca vivir otra velocidad, otra violencia, otra incertidumbre y otra forma de poder. Sin embargo, las constantes de supervivencia, de resiliencia, de superación y de dignidad siguen ahí. Con todo y todo, lo mejor que tiene México sigue siendo su pueblo. Esa es la mayor constatación.

Un Mundial no solo es una oportunidad para reflejar a los gobiernos. Es, sobre todo, un evento que sirve para demostrar el sentido de supervivencia de las sociedades que lo albergan. En este sentido, el futbol no es de ningún gobierno: es de los pueblos. Con independencia de quién lo usa, quién abusa de él y quién intenta apropiarse de su beneficio. También con independencia del penoso espectáculo de sacrificar a los pequeños para plegarse a las exigencias de todos los grandes.

México vuelve a organizar un Mundial, pero la pregunta de fondo no está en la cancha. Está en el país que llega a esa cancha. Está en la memoria de 1968, en los escombros de 1985, en las madres que buscan a sus hijos, en la violencia que no cesa y en una sociedad que, pese a todo, vuelve a demostrar que todavía tiene una reserva moral, emocional y colectiva que ningún gobierno ha sabido explicar del todo.

Cada Mundial mexicano ha sido algo más que futbol. Ha sido una prueba de carácter. En 1970, frente a la represión. En 1986, frente a la tragedia. En 2026, frente a la violencia, la incertidumbre y la desconfianza. Y en los tres casos, la respuesta más importante no ha venido del poder, sino de la gente.

COLUMNAS ANTERIORES

A veces llegan cartas
La lista de Trump

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.