Año Cero

Merkel: la sombra de una gigante

Angela Merkel, la mujer que en cuanto a condiciones y tiempo de mandato sólo puede ser comparada con el canciller Helmut Kohl, se despidió de su cargo.

Ayer, Alemania celebró elecciones generales. Unas elecciones en las que, por primera vez en 16 años, un nombre en particular no figuró en las boletas. Angela Merkel, la mujer que en cuanto a condiciones y tiempo de mandato sólo puede ser comparada con el canciller Helmut Kohl, se despidió de su cargo. Cabe mencionar que la diferencia entre Kohl y Merkel es que mientras que el primero se despidió del poder tras perder las elecciones, Angela Merkel optó por pasar voluntariamente la estafeta del poder.

Alemania siempre será un enigma. Un país inventado sobre los cuentos míticos de las tribus del Rin; con los grandiosos pensamientos de Otto von Bismarck; con los sonidos de las óperas de Richard Wagner, y con los devaneos románticos y dignos de Disneyland, como los de Luis II de Baviera, es un país donde convivió y convive la cúpula intelectual más destacada del desarrollo de la ciencia y del conocimiento con la demostración de la mayor brutalidad jamás alcanzada por el ser humano como lo fue el Holocausto.

Angela Merkel creció y se desarrolló en la Alemania comunista. Fue una hija más de las consecuencias de la reunificación alemana. Fue la mejor prueba de los efectos que tuvo el pacto que Kohl celebró con el entonces primer ministro de la República Democrática Alemana, Lothar de Maiziere, en el que se permitió y aceptó la equivalencia del marco alemán, siendo que éste no tenía el mismo valor en la Alemania Occidental que en la Alemania ocupada por los comunistas. Esta acción inició un nuevo proceso y provocó una verdadera revolución interna y un maremoto en Europa. Para empezar porque los propios alemanes seguían dudando sobre qué pasaría cuando volvieran a ser Alemania. La grande. La unida. El país al que Napoleón se refirió diciendo: “Quien domina Alemania, domina Europa”.

A pesar de las guerras, los alemanes han sobrevivido por más de un siglo. Hoy Alemania es un país que tiene muy poco que ver con la nación que el Führer buscaba llevar a la gloria a costa del Holocausto y de la cercana destrucción del planeta entero. En la actualidad, Alemania también es un país que se ha tenido que reconstruir sobre la base de superación y a pesar de los complejos, de los sentimientos de culpa y del afán o la conciencia de necesitar ser diferentes y con una estructura política que –en el fondo– siempre es muy conservadora.

Recuerdo con claridad que, antes, cuando uno visitaba el Berlín de la Alemania comunista se podía dar cuenta de que quienes verdaderamente eran comunistas eran los alemanes, incluso más que los soviéticos. El orden que imperaba en la manera de llevar hasta el último detalle, el último gesto y la manera de caminar el contenido ideológico, le daba no una conformidad, no una felicidad para su pueblo –para eso estaba la Stasi–, pero sí una coherencia de comportamiento que ya hubiera querido para sí la Unión Soviética o la China de Mao Tse-Tung.

No se trata de establecer o definir qué régimen fue más brutal. Tampoco de establecer dónde era más duro o más difícil ser comunista. Se trata simplemente de reconocer que la esencia alemana y su conexión con el dogma comunista eran perfectamente compatibles. De este contexto y lugar surgió Angela Merkel. De ese lugar tuvo que incorporarse, poco a poco, a una normalidad que en parte se infló al igual que la cotización del marco alemán. Y todo con un objetivo: la integración de las dos partes de Alemania. Nadie podía imaginar que con el paso del tiempo ella pudiera crecer tanto en su figura histórica, sobre todo si se considera el entorno en el que le tocó vivir. Un entorno en el que los líderes mundiales habían y han seguido decreciendo tanto.

Alemania ha perdido más que una canciller, que además es la primera madre que ha ejercido el cargo. Desde el káiser Guillermo II hasta Helmut Kohl, el cargo de liderazgo alemán estaba únicamente reservado a hombres que contaran con una personalidad o un físico que denotara fortaleza. Hasta que llegó Angela. Los populares, los que juegan a ser demócratas –como fue el caso de Willy Brandt– duran poco en el cargo de canciller. La corta estancia de Brandt al frente del liderazgo alemán fue corta no sólo por la penetración de los espías soviéticos en su círculo más íntimo, sino porque, en el fondo, el poder en Alemania necesita ser ejercido desde una estructura muy férrea. El poder alemán se ejerce desde una posición de cohesión interna y de gestos muy medidos, donde el lenguaje corporal juega un papel superior a las palabras y donde el único credo que verdaderamente funciona es el del ejemplo permanente para hacer las cosas que las personas saben que hicieron grande a Alemania.

En mi opinión, la mayor aportación de Angela Merkel a la grandeza de Alemania fue el que, por una parte, ella sola haya conseguido estabilizar a su país y llevar una política de anticipación ante las crisis, tomando las medidas necesarias antes de que la situación se convirtiera en una cuestión de supervivencia pura. Y segundo, el hecho de que Merkel supo entender que, en el actual escenario, Europa suponía un elemento clave para Alemania, así como el hecho de que ésta se debía convertir en el elemento determinante del continente europeo.

Tras la desaparición de los grandes, después de que personajes como François Mitterand, Margaret Thatcher o Helmut Kohl se fueran, si la Unión Europea no hubiera tenido a Angela Merkel, seguramente también hubiera desaparecido. Merkel fue una lideresa que hizo excepcionalmente su trabajo, apostando por la disciplina fiscal y por los programas de austeridad. A pesar del anhelo y sufrimiento europeo por convertirse en los Estados Unidos de Europa, todo este sueño fue sustituido por un sistema draconiano de controlar los gastos y de no dejarse llevar, de ninguna manera, ni por las alegrías ni por las emociones. Angela Merkel logró hacer todo esto construyendo un liderazgo incontestable, no sólo por la potencia de la economía o la disciplina de su país, sino porque además todas esas experiencias las usó para intentar disciplinar el gasto o el abuso presupuestal de algunas formulaciones políticas. Unas formulaciones que no sólo incluían la promesa de una disciplina financiera, sino que, sobre todo, estaban basadas en ofertar un sueño imposible.

En el norte de Europa piensan que en el sur gastan mucho y trabajan poco. Seguramente es verdad. Lo que en estos momentos necesita la Unión Europea –más allá de un programa de austeridad fiscal– es una ruta que permita consolidar el proyecto político o que asegure alcanzar los intereses de los países que la conforman. En su momento, la instauración del euro consiguió lo más difícil, que era contar con una moneda común. Sin embargo, la llegada del euro también supuso sacrificar el ideal de construir las políticas comunes que pudieran construir una estructura donde el desarrollo y la estabilidad económica estuvieran acompañados por la promesa de un mundo mejor o por la posibilidad de soñar.

Angela Merkel ya se fue. Ya sea Olaf Scholz, Armin Laschet o Annalena Baerbock, importa muy poco quién sustituirá a Merkel. Sobre todo, porque hay que saber que –salvo que uno encuentre el tono exacto sobre cómo ejercerlo y de convertirse en invencible– el poder en Alemania es extremadamente complicado de manejar. Hoy Alemania entra en una época de redescubrimiento, y el elemento geoestratégico que en este momento supone perder a una gran estadista, que fue capaz de mantener el orden y la estabilidad en Europa, es un golpe muy duro.

Merkel fue alguien que no sólo aseguró la estabilidad europea, sino que también fue capaz de mantener a raya a personajes como Vladimir Putin al mismo tiempo que negociaba con Donald Trump o Xi Jinping para asegurar el cumplimiento de los intereses alemanes y, en cierto sentido, también los europeos. Su partida será una ausencia que no tardaremos mucho en notar.

Los gigantes –no los del siglo XX, sino los políticos que ganaron y perdieron las guerras, quienes también construyeron las uniones y forjaron el mundo actual– han sufrido una mutación inevitable. Una mutación que no está basada en el hecho de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El pasado siempre tuvo escenarios diferentes y las personas a las que les tocó gobernar esos tiempos en ocasiones fueron mejores, aunque también hubo líderes peores que los actuales. En el caso de Angela Merkel se puede decir que con ella se acaba una era de gigantes. Unos gigantes que fueron quienes dieron a luz al mundo tal y como lo conocemos y que, a pesar de que en este momento esté cambiando continuamente, la partida de Merkel sigue siendo uno de los componentes más importantes de la realidad actual. Sin Angela Merkel la historia alemana y la historia europea hubieran sido muy diferentes. Hoy, por las calles alemanas transita su sombra, la sombra de una giganta.

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