Año Cero

El nuevo mundo

En propias palabras de Donald Trump, “la relación entre China y Estados Unidos va a ser mejor que nunca antes”. Esa idea, más que una frase, define el tamaño de la apuesta.

Aquella escena no fue diplomacia: fue el poder en su esencia pura. De un lado, el presidente de Estados Unidos acompañado por su junta, su círculo de poder y la plana mayor de sus accionistas políticos y económicos. Del otro lado, el anfitrión, el hombre que recibía la visita en casa, al pie de la escalera, con esa contención facial tan característica de Oriente, esperando dar la mano. Un apretón de manos prolongado, acompañado por unos toques de aparente afecto del estadounidense, suficientes para señalar, inaugurar y decir –frente a los dueños del mercado– que una nueva etapa había comenzado. ¿Cuál era? La que daba inicio al control del mundo.

Todo lo importante no siempre se celebra bajo los reflectores; muchas veces ocurre lejos de las luces. Pero con un personaje como Trump conviene recordar algo esencial: su visión es la de un hombre del espectáculo. Le gustan los escenarios, los gestos visibles y la teatralidad del poder.

En la cumbre entre China y Estados Unidos no se firmaron grandes declaraciones. No era necesario. No hacía falta. En ocasiones, en la política internacional, lo verdaderamente relevante no está en el comunicado final, sino en lo que queda establecido sin necesidad de decirlo demasiado.

Con independencia de las interpretaciones de unos y otros, hay dos hechos centrales. El primero, Taiwán sigue siendo casus belli. Para Pekín, la cuestión de Taiwán es el núcleo de sus intereses estratégicos y la primera línea roja que no debe cruzarse.

El segundo, el hecho de que China seguirá sosteniendo su principal inversión: Estados Unidos.

La semana pasada estaban reunidos dos espacios que, sumados, explican buena parte del poder económico contemporáneo. Si juntamos el T-MEC con el RCEP –el gran acuerdo comercial de Asia-Pacífico encabezado por China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y la ASEAN– nos acercamos a una arquitectura económica que reúne cerca del 60% del PIB mundial. Ambos bloques, además, persiguen un mismo objetivo: reconstruir una sensación que el mundo ha ido perdiendo con el paso del tiempo. Esa sensación se llama orden. El orden que el mundo quiere. El orden que el mundo necesita.

El eje del futuro inmediato –no sé durante cuánto tiempo, aunque intuyo que al menos durante los próximos 15 años– estará basado en el entendimiento chino-estadounidense. Como ha sostenido el presidente Xi Jinping, el mundo funciona mejor cuando China y Estados Unidos se reconocen como socios posibles y no únicamente como rivales inevitables. En propias palabras de Donald Trump, “la relación entre China y Estados Unidos va a ser mejor que nunca antes”. Esa idea, más que una frase, define el tamaño de la apuesta.

Hemos tenido que llegar a este punto para que cada uno entienda –por su cuenta– las fortalezas y debilidades del otro. En el caso chino, los experimentos de presión militar y los juegos de guerra no han producido los resultados deseados. La industria de defensa hace a China más fuerte, sin duda, pero la verdadera fortaleza china no está en los juguetes bélicos. Está en la disciplina del trabajo, en la inversión tecnológica, en la capacidad industrial y en el dominio progresivo de las infraestructuras financieras y digitales.

No se trata de cambiar el yuan por el dólar, porque esa sería una gran trampa. No olvidemos que China sigue siendo uno de los principales tenedores extranjeros de deuda pública estadounidense y mantiene una exposición significativa al sistema financiero global dominado por el dólar. Su verdadera apuesta no consiste en sustituir de golpe la moneda estadounidense, sino en construir poder mediante tecnología, plataformas de pago, cadenas de suministro, control industrial y capacidad de negociación.

Todavía hoy existen sanciones, restricciones, controles de exportación y penalizaciones derivadas de la política oficial de Estados Unidos para hacer negocios con China, especialmente en sectores estratégicos como semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, software de diseño de chips y tecnología avanzada. Todo eso no desaparecerá de un día para otro, pero sí empezará a transformarse conforme ambos países entiendan que la confrontación absoluta también tiene límites económicos.

Salvo en aquello que toca los secretos más sagrados de Occidente –la tecnología crítica, la infraestructura digital, la inteligencia artificial, los semiconductores y las redes de seguridad nacional– será inevitable establecer algún grado de cooperación. No necesariamente una alianza, pero sí una convivencia organizada. El reparto del beneficio del mercado mundial no será a partes iguales, pero sí se moverá sobre la base de un eje inevitable: China y Estados Unidos.

Entre las cosas difíciles de ver, aunque en esta época nada puede considerarse imposible, está un acuerdo estratégico entre China e India. Ese sería el único movimiento capaz de colocar a China en una posición de hegemonía mundial con profundidad económica, demográfica, tecnológica y militar. Pero hoy esa hipótesis sigue siendo remota por las rivalidades históricas, fronterizas y geopolíticas entre ambos países.

Por eso, ni el apoyo de China a Irán, ni su relación con Venezuela, ni la garantía de suministro energético que Estados Unidos busca preservar para sí y para el mundo occidental equivalen, por sí solas, a una aventura bélica para la que nadie parece estar en condiciones. China no necesita una guerra abierta para ganar espacio. Tampoco le conviene quedar atrapada en una alianza rígida con Rusia, Irán o los países del BRICS si eso compromete su acceso al mercado global.

En su origen, el BRICS fue una respuesta política y económica frente a la hegemonía del dólar, del Fondo Monetario Internacional y de las condiciones impuestas desde Washington. Fue, en cierto sentido, una defensa existencial de las potencias emergentes frente al orden financiero occidental. Pero hoy, cuando el negocio global sigue siendo el mismo y los grandes actores necesitan garantizar mercados, suministros y estabilidad, lo lógico es que esa confrontación se module. No desaparecerá, pero se administrará.

Hay, sin embargo, dos o tres excepciones centrales. La primera es el dominio de los minerales estratégicos, críticos y las tierras raras. Ahí China ocupa una posición dominante en cadenas de procesamiento, refinación y producción asociadas a minerales críticos y tierras raras. De hecho, China controla alrededor del 70% de la extracción mundial y aproximadamente el 90% de las tierras raras procesadas a nivel global. Esto le permite a los chinos negociar con Estados Unidos desde una posición de fuerza. No desde la dependencia, sino desde la búsqueda de una igualdad que, con el paso de los años, puede traducirse en un nuevo balance de poder económico, tecnológico y militar.

La segunda excepción es Taiwán. Y ahí conviene hablar con precisión: Taiwán no ha caído, pero su situación estratégica se encuentra cada vez más condicionada por la nueva relación de fuerzas entre Washington y Pekín. Dudo mucho que los propios taiwaneses quieran convertirse en el detonante de una guerra chino-estadounidense. También creo que Estados Unidos será cada vez más cuidadoso antes de entrar –si es que lo vuelven a hacer después de las experiencias recientes– en una guerra que no puedan entender o resolver de forma clara e inmediata.

Si la guerra en Medio Oriente y las tensiones con Irán castigan el bolsillo de los estadounidenses a través del precio del galón de gasolina, una guerra entre China y Estados Unidos por Taiwán provocaría un terremoto mucho más profundo. No solo en el precio de la energía, sino en el corazón tecnológico del mundo: los chips, las cadenas de suministro, la inteligencia artificial, la industria automotriz, la defensa, la electrónica y la estabilidad financiera global.

Taiwán no es únicamente una isla. Es uno de los centros críticos del sistema mundial de semiconductores. Por eso, cualquier crisis en el estrecho de Taiwán tendría consecuencias inmediatas sobre la economía global. Es verdad que la pandemia exhibió la vulnerabilidad del mundo frente a la concentración de la producción de chips; también es verdad que Estados Unidos, Corea del Sur y otros aliados han acelerado inversiones para diversificar esa dependencia. Pero todavía no existe un reemplazo pleno para el peso tecnológico taiwanés.

Por eso, más que una invasión clásica, lo que podría verse en los próximos años es un proceso de presión, desgaste, convergencia económica, aislamiento diplomático y reacomodo estratégico. Algo distinto, pero comparable en lógica histórica, a lo que ocurrió con Hong Kong y Macao bajo la fórmula de “un país, dos sistemas”, concebida por Deng Xiaoping. Esa fórmula, sin embargo, no puede trasladarse mecánicamente a Taiwán, porque la sociedad taiwanesa tiene una identidad política propia, instituciones autónomas y una relación de seguridad directa con Estados Unidos.

Aun así, no hay una razón geopolítica de fondo que aleje por completo la posibilidad de un arreglo futuro entre lo que Deng Xiaoping imaginó y lo que un liderazgo norteamericano pragmático podría aceptar si el precio de la guerra resultara demasiado alto. El mercado, las razones económicas, la necesidad de la paz y la fuerza entre iguales empujan hacia una situación en la que China y Estados Unidos terminarán marcando, de manera contundente, el comportamiento de todas las economías.

Rusia, mientras tanto, sigue siendo un factor fundamental en la seguridad energética europea, aunque su peso ha disminuido de forma notable desde la invasión de Ucrania. Europa ha reducido drásticamente su dependencia del gas, el petróleo y el carbón rusos, pero Rusia conserva capacidad de presión geopolítica, militar y energética. Su problema es que la guerra de Ucrania no le ha dado la victoria estratégica que buscaba. O, dicho de otra forma, no ha logrado la conquista política que justificaba el costo de la guerra.

En ese escenario, los chips, la energía, los minerales estratégicos y las rutas comerciales recompensan a quien se atreve a correr riesgos calculados. Pero también castigan a quien confunde el riesgo con la aventura. La sociedad estadounidense, como cualquier sociedad democrática sometida a inflación, guerra, incertidumbre y cansancio, solo aceptará sacrificios si entiende con claridad qué está defendiendo. Y esa será, quizá, la gran diferencia de esta nueva etapa.

El mundo no entra en una guerra fría tradicional, sino en una negociación permanente entre gigantes que se necesitan, se temen y, al mismo tiempo, no pueden permitirse destruirse, sino todo lo contrario. China y Estados Unidos están llamados a construir, de manera conjunta, el nuevo mundo.

COLUMNAS ANTERIORES

Ciudadano Landau
Arde Teherán

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.