El 7 de septiembre apareció en el perfil del presidente Donald Trump, en la plataforma Truth Social, un mapa de Norteamérica —incluidos México, Cuba y el Caribe—, cubiertos por una bandera de los Estados Unidos. Ninguna mención aparte.
Frente a los comentarios divulgados por los medios, la reacción oficial no se hizo esperar. Al día siguiente, con el apoyo de los mexicanos y la Constitución, la presidenta reivindicó nuestra soberanía e independencia.
Sin que pueda invocarse siquiera un incipiente paralelismo con lo que sucede en Ucrania, la pretensión expansionista expresada por el presidente de los EU a Groenlandia y Canadá constituye en estos días una seria invitación a la reflexión.
¿Conserva México hasta esta fecha la misma independencia que el cura Miguel Hidalgo proclamó al hacer sonar las campanas en Dolores, Guanajuato, la madrugada del 16 de septiembre de 1810?
En la letra y en la teoría constitucional no cabe la menor duda de ello, pues el artículo 39 en el que tal postulado se plasma se mantiene intacto. La soberanía económica, nuestra autosuficiencia alimentaria, la producción y el desarrollo a los que su sostenibilidad estarían ligadas, nos dicen otra cosa.
A lo largo del último siglo, México ha multiplicado su población de 16.5 millones de personas a casi 134 millones actuales. Se trata de un crecimiento total que ronda ocho veces la base original. A pesar de que la economía se ha desarrollado, al país le queda mucho por deber para lograr un crecimiento de la productividad equiparable. Millones de mexicanos han debido emigrar para encontrar una oportunidad de subsistencia que aquí les ha sido negada.
Las remesas que envían a sus familias los mexicanos en el extranjero alcanzan alrededor de los 62 mil millones de dólares, una cifra que por primera vez y después de muchos años disminuyó en 2025.
En su sexenio y sin entender bien lo que éstas significan, Andrés Manuel López Obrador las calificó como “una bendición” que reactivó la economía de una buena parte del país. En el 2022, expresamente reconoció que éstas fueron nuestra “principal fuente de ingresos”.
Por otra parte, tenemos que 8 de cada 10 dólares que recibe la economía mexicana provienen de la fabricación y ensamblaje de mercancías que se exportan a los EU. En términos brutos, nuestra dependencia del comercio ligado a la vigencia del T-MEC equivale a más de una quinta parte del PIB.
A pesar de que México goza de más de cuarenta acuerdos de libre comercio con el extranjero, nuestro comercio exterior está absolutamente concentrado hacia un solo país, lo que nos hace terriblemente vulnerables.
Es difícil encontrar una expresión oficial como la de AMLO que demuestre con tan pulcra nitidez el origen y extensión del problema en el que estamos metidos. Nuestro PIB se asocia a las exportaciones hechas a los EU, y el principal motor de nuestra economía proviene de trabajadores empleados por ese mismo país vecino; ¿cómo es que somos independientes?
Ante el crecimiento de políticas de derecha nacionalista en Europa que reclaman el regreso a sus orígenes y la “remigración” de extranjeros a sus lugares de origen, la pregunta que se plantea es obligada: ¿México estaría preparado para repatriar y darle sustento a cerca de 5 millones de trabajadores ilegales asentados al norte de la frontera si las políticas de nuestro vecino siguieran la misma dirección? ¿Podría nuestra economía prescindir de las remesas que los migrantes envían a sus familias?
El Paquete Económico que el Ejecutivo entregó al Congreso la semana pasada propone reducir los Requerimientos Financieros del Sector Público del 4.1 al 3.9% del PIB. A pesar de que se trata de una reducción en el sentido correcto, será totalmente insuficiente ante la magnitud del problema de productividad que el país enfrenta.
La consolidación fiscal se posterga mientras la deuda, las pensiones, los programas sociales y las necesidades financieras de Pemex ahogan las finanzas públicas.
La condición indispensable para que México logre financiar su gasto, atraer capital y generar la inversión productiva que necesita está ligada a la conservación de su grado de inversión.
No se trata de un capricho de las calificadoras, sino de asumir las decisiones correctas, por políticamente costosas que lleguen a ser. El país no puede darse el lujo de perderlo; no si pretende seguir echando al aire las campanas cada 15 de septiembre.
La dinámica demográfica ocurrida durante el último siglo no se mantiene. México envejece. Para finales del presente siglo tendremos una proporción mucho mayor de personas en edad avanzada y una población económicamente activa sumamente menor que pueda mantenerlas.
La exigencia de recursos públicos para mantener la política social de este gobierno no puede atenderse. El país camina la ruta incuestionable de la quiebra financiera.
Hoy se izará la bandera y se lanzarán loas a los héroes que nos dieron patria. Qué bueno que recordemos nuestra historia y nos ufanemos de nuestra soberanía e independencia; pero ésta no puede reducirse a la narrativa política, a la entrevista electoral o a un texto constitucional no cumplido.
Si nuestra estabilidad está anclada a las decisiones políticas y comerciales de una potencia extranjera; y si tenemos ante nosotros el grave riesgo de enfrentar el quebranto que arroja una economía plagada de pasivos, sin crecimiento económico y producción, la independencia que se pregona empieza a transformarse en una auténtica ilusión.
El mapa publicado por el presidente Trump no debe preocuparnos por el peligro de una intervención, sino por la triste realidad que refleja: el retraso con el que nuestro gobierno viene asumiendo políticas que puedan disminuir la grave asimetría de nuestra economía y la de nuestros socios.
Las políticas actuales caminan en sentido diametralmente opuesto al objetivo que persiguen y dicen proteger. Sin inversión, sin finanzas públicas sanas, sin productividad, sin seguridad jurídica, crecimiento y empleos, difícilmente podemos festejar con seria honestidad nuestra independencia. La independencia y la soberanía no se conservan con discursos que se esfuman en el aire mientras sus contradicciones permanecen en el bolsillo de la economía.