Antonio Cuellar

El ligero sueño del tigre

El impulso de políticas radicales de izquierda provoca el nacimiento de movimientos radicales de derecha. Fanatismos que producen un peligroso combustible para cualquier democracia.

Quizá la democracia funcional más antigua de nuestro planeta tenga su asiento en el Reino Unido de la Gran Bretaña. Tiene la característica de contar con un Parlamento en el que corrientes de pensamiento antagónicas, como lógicamente habrían de serlo, encuentran posturas que son claramente poco radicales.

En los Estados Unidos de América sucede lo mismo, republicanos y demócratas representados en ambas cámaras enarbolan pensamientos de derecha e izquierda del espectro político y de gobierno, pero ciertamente poco alejados del centro. Hallan en la libertad de mercado y religiosa idearios comunes que evitan una polarización del discurso y de la conducción de la política nacional, sobre todo para efectos de comercio con el exterior.

En algunas otras latitudes, esa identificación del centro no es igualmente precisa y las posturas se radicalizan, provocando con ello no sólo un encono parlamentario y gubernamental, sino también social. El impulso de políticas radicales de izquierda provoca el nacimiento de movimientos radicales de derecha. Fanatismos que producen un peligroso combustible para cualquier democracia.

Chueca, barrio de moda del centro de Madrid en el que se concentra la comunidad LGBT, con cientos de establecimientos de moda y restaurantes que los acogen, fue objeto de una manifestación neonazi el sábado pasado, en la que se gritaron consignas y cánticos homófobos en su contra: “fuera maricas de nuestro barrio”. Se produjo por el hartazgo de vecinos ya cansados por políticas que han provocado un cambio radical en el desarrollo urbano y del estilo de vida en el lugar. La policía ha abierto ya una carpeta para investigar la consumación de delitos de odio que se atribuyen a bandas representativas de la ultraderecha española. Una comprobación de la tesis anterior: el movimiento del péndulo hacia un lado provoca su regreso en sentido opuesto con la misma intensidad.

La semana antepasada, la SCJN pronunció un fallo ‘histórico’ en el que, sin que hubiera voto alguno que representara el pensamiento de aquellos que encuentran en la gestación la semilla misma de la vida y, por consiguiente, del derecho a ella, se aprobó el criterio a través del cual se declara la inconstitucionalidad del delito de aborto, un precedente que favorecerá... eso, la continuidad de tal práctica materna sin consecuencia jurídica alguna de la que deba ocuparse el Estado.

En forma desconcertante para todos aquellos que valoran el derecho a la vida, la derecha mexicana se ha quedado pasmada, no ha expresado repudio alguno al criterio judicial ni ha externado algún posicionamiento que permita suponer que se hará algo en el futuro para cambiar tal corriente de pensamiento –inaudita e inentendible, si se toma en cuenta que tal tipo criminal ya había sido estudiado en el pasado y no había sido objeto de tal declaratoria de inconstitucionalidad–. Ni siquiera el copioso grupo de senadores del PAN que suscribieron el ideario común con Vox, los ultraderechistas españoles, ha salido en defensa de lo que es, sin duda, ese principio político común.

El problema no se detiene allí. Con motivo de las fiestas de Independencia, desde el 13 de septiembre el Ejército tomó el control de la plaza de la Constitución y, con ello, del acceso a la Catedral del país. En forma continua desde ese día se impidió el acceso a la feligresía y, por consiguiente, se afectó de manera inédita el ejercicio del derecho de credo a favor de cientos de mexicanos que acuden de manera regular a ese templo a orar o a recibir uno de sus sacramentos, la comunión.

Si bien podría estar justificado por la pandemia y el evento extraordinario asociado a la celebración del Grito, acaba por ser desconcertante al no tratarse de un evento aislado. El domingo pasado, la Guardia Nacional realizó una marcha para rendir honores a la bandera en la Basílica de Guadalupe: dentro de la misma iglesia. Lo inexplicable, fuertemente criticado en las redes sociales, es que se introdujo al templo una banda de guerra, desfiló una escolta y se posicionó, uniformada, de espalda al altar, al cáliz y a la misma imagen de la virgen de Guadalupe. Una verdadera afrenta para quienes encuentran en ellos un símbolo inequívoco de fe.

La Constitución establece con toda claridad el carácter laico y democrático del gobierno de nuestro país, una condición que impide a los ministros religiosos participar en actividades políticas en las que pudieran aprovechar la fe de su feligresía. El gobierno de la República se halla igualmente obligado a respetar a la iglesia, no sólo con el ánimo de impedir que se pueda asociar esa misma idea a favor de aquel gobernante que acuda a un templo para venerar una imagen religiosa adorada por el pueblo, sino también por respeto a la intimidad de todos aquellos que encuentran en la iglesia el recinto al cual acudir a compartir su más profunda comunión con creencias asociadas a la divinidad.

No se pueden dejar pasar tales eventos desde el punto de vista de sus consecuencias jurídicas o políticas, al tratarse, en los tres casos, de una profanación de los principios más básicos y esenciales protegidos por las convenciones internacionales en materia de derechos humanos: el derecho a la vida y el derecho a la libertad religiosa; sino también por el peligro que representan, por tratarse, evidentemente, de una postura política radical que provocará, tarde o temprano, el regreso del péndulo.

Sería sumamente deseable que el respeto que demandan las corrientes de izquierda a favor de sus propias convicciones, sobre libertad sexual, inclusión e igualdad, se instituyera como una política universal, que imponga el mismo tratamiento respetuoso a favor de quien sustenta un pensamiento conservador, con ideas religiosas, de familia y educación distintas. En la medida en que no se radicalicen, pueden ser perfectamente convivientes.

En algún momento, Andrés Manuel López Obrador habló, como candidato a la presidencia, del peligro que representaba despertar al tigre, aludiendo al incumplimiento de las reglas establecidas para la celebración de la contienda electoral. ¿Recordará él que existen otros factores que también pueden despertar al tigre?

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