Se creen diferentes, pero son iguales, un buen número de iletrados, inexpertos y sumisos; esos son la mayoría de los legisladores de Morena y PT y que, por azares del destino político, a veces tienen que asumir posiciones encontradas como en la actualidad con el destape de las 17 corcholatas del oficialismo para las gubernaturas del mismo número de entidades, pero el presupuesto, las prebendas y las canonjías los volverán a unir para que, a través de las mayorías calificadas en el Congreso artificialmente construidas en su momento en el TEPJF por Mónica Soto y Felipes, sigan construyendo un nuevo orden constitucional.
Los morepetistas seguirán juntos hasta donde alcance el presupuesto.
La escaramuza entre Morena y el Partido del Trabajo por las candidaturas a las gubernaturas de 2027 tiene mucho menos de discusión ideológica y mucho más de disputa por el poder.
En el fondo, los antiguos compañeros de viaje se están peleando por las rebanadas del pastel electoral: gubernaturas, diputaciones, posiciones administrativas, presupuestos y espacios de influencia.
No se trata, entonces, de una inconformidad imaginaria. Existe una disputa concreta sobre las reglas del proceso. Pero tampoco conviene disfrazarla de cruzada democrática.
El PT no está reclamando mejores hospitales, mayor seguridad, crecimiento económico o instituciones más fuertes.
Está exigiendo participar en la definición de candidaturas y conservar la cuota de poder que considera correspondiente a su aportación electoral.
Morena, por su parte, actúa como suelen hacerlo los partidos dominantes: considera que la fuerza principal de la coalición le pertenece y pretende administrar las candidaturas desde esa posición.
Las 17 designaciones incluso han mostrado un importante peso de los gobernadores morenistas en funciones y de personajes cercanos a sus respectivos grupos políticos.
Ahí está el origen del encontronazo.
Aunque aparentemente ya limaron asperezas entre las dirigencias nacionales de Morena y PT, lo cierto es que el golpeteo entre morenistas y petistas seguirá bajo la mesa, sobre todo cuando a estos últimos los vuelvan a relegar.
El PT sabe que su principal valor para Morena no radica necesariamente en ganar por sí mismo, sino en aportar votos marginales que pueden resultar decisivos en elecciones cerradas y, sobre todo, en el Congreso.
Porque ahí cambia completamente la correlación de fuerzas.
En la Cámara de Diputados, en estos momentos, Morena no dispone por sí solo de los dos tercios necesarios para reformar la Constitución. Por ello, los votos de sus aliados tienen valor estratégico.
A partir de los resultados de las elecciones de junio de 2027, se podrá visualizar si Morena, con sus dos aliados, los Verdes y el PT, mantiene el control sobre las dos terceras partes de la Cámara baja o si de plano cambia radicalmente la correlación de las fuerzas políticas en esa instancia, tanto entre el oficialismo y los partidos de oposición, como con sus aliados políticos del PVEM y los petistas.
Esa circunstancia explica por qué el pleito difícilmente puede reducirse a un simple “váyanse si quieren”. Morena puede considerar electoralmente pequeño al PT, pero necesita preservar una coalición legislativa suficientemente amplia para sacar adelante reformas constitucionales.
Y el PT sabe perfectamente cuánto vale cada uno de sus votos cuando una reforma necesita mayoría calificada.
Ese ha sido el secreto de su supervivencia política.
El Partido del Trabajo está lejos de ser una fuerza dominante del sistema político mexicano. Desde su fundación ha construido buena parte de su permanencia mediante alianzas y, durante la era de López Obrador, encontró un espacio privilegiado dentro del bloque gobernante.
Su relación con el obradorismo le permitió convertirse en una pieza útil para construir mayorías electorales y legislativas.
Así pues, los morenos están enfundados también en otra piel, la de los petistas, y viceversa, y ambos marchan juntos a la victoria o al despeñadero.
El PT sin Morena tendría que demostrar otra vez cuál es realmente su tamaño electoral en los comicios del próximo año y Morena sin el PT tendría que comprobar cuántas elecciones cerradas puede ganar prescindiendo de esos votos y, todavía más importante, cómo conservaría el margen necesario para impulsar reformas constitucionales sin depender de sus carnales.