Desde San Lázaro

¿Se equivocó Miguel Hidalgo?

Si Miguel Hidalgo hubiera sabido que España ganaría el Mundial de Futbol de 2026, quizá habría pensado dos veces aquello de iniciar la lucha de Independencia.

Si Miguel Hidalgo hubiera sabido que España ganaría el Mundial de Futbol de 2026, quizá habría pensado dos veces aquello de iniciar la lucha de Independencia. Imagine usted lo que habría sido México en estos días si todavía formáramos parte de la Madre Patria: una auténtica locura nacional celebrando el segundo campeonato mundial de La Roja. Hasta ahí la mala broma.

Porque más allá de la anécdota, el Mundial dejó para México lecciones que trascienden las canchas y que deberían ser analizadas con seriedad desde el poder. La principal es contundente: el futbol consiguió durante varias semanas algo que la política mexicana parece empeñada en destruir todos los días: unir al país.

Por unas horas desaparecieron chairos y fifís, conservadores y progresistas, ricos y pobres. En las calles de la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y muchas otras ciudades, miles de mexicanos se reconocieron bajo una misma bandera. Esa quizá sea la enseñanza política más importante que dejó el Mundial: México no está condenado a vivir dividido.

La Selección Nacional contribuyó, desde luego, a esa cohesión colectiva con una actuación que despertó expectativas y llevó a multitudes a las calles. El futbol funcionó como válvula de escape para una sociedad agobiada por la inseguridad, las dificultades económicas y una confrontación política permanente. Pero el balance del Mundial también tiene claroscuros.

Las expectativas económicas que se construyeron alrededor del torneo deberán confrontarse ahora con los resultados reales. Durante meses se habló de millones de visitantes, derrama económica extraordinaria y beneficios históricos para los sectores hotelero, restaurantero y comercial. Corresponderá a las autoridades presentar las cifras definitivas y demostrar cuánto de aquella narrativa se convirtió realmente en ingresos para el país y cuánto quedó simplemente en propaganda. En la Ciudad de México, particularmente, el balance exige una revisión profunda.

El gobierno de Clara Brugada destinó importantes recursos a preparar la capital para el Mundial. Hubo señalética, balizamiento, intervenciones urbanas, figuras monumentales de ajolotes y remodelaciones en distintos puntos. Tan sólo en balizamiento y señalética se reconoció oficialmente una inversión de 84 millones de pesos, además de 20 mil millones de pesos en su paso peatonal de calzada de Tlalpan y otras obras de relumbrón.

La pregunta inevitable es si ese gasto dejó infraestructura permanente para los habitantes o si buena parte terminó convertida en escenografía mundialista de corta duración.

Mucho más grave fue el saldo humano. Autoridades capitalinas confirmaron cinco fallecimientos relacionados con el contexto de las celebraciones mundialistas; cuatro de ellos ocurrieron después del triunfo de México sobre Ecuador, cuando multitudes desbordaron la zona del Ángel de la Independencia. Una fiesta nacional terminó convertida parcialmente en tragedia.

Estos hechos no pueden despacharse únicamente con condolencias oficiales ni con llamados a celebrar responsablemente. Cuando una autoridad convoca, permite o tolera concentraciones multitudinarias, tiene la obligación de establecer protocolos de protección civil, rutas de evacuación, controles de aforo y dispositivos capaces de reaccionar ante una emergencia. La alegría popular no exime al gobierno de su responsabilidad.

El Mundial terminó finalmente con España levantando su segunda Copa del Mundo después de derrotar 1-0 a Argentina en tiempo extra. En la ceremonia de premiación estuvieron los mandatarios de los tres países anfitriones: Claudia Sheinbaum, Donald Trump y el primer ministro canadiense, Mark Carney, junto con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y por supuesto con el rey de España, Felipe VI, y su esposa, el presidente español, Pedro Sánchez, entre otros.

Para la presidenta mexicana, la fotografía tuvo un enorme valor político. En momentos particularmente complejos para la relación bilateral con Estados Unidos, compartir el escenario internacional con Trump representó una oportunidad excepcional para mantener abiertos los canales de interlocución.

El Mundial se acabó. Las luces de los estadios comenzarán a apagarse y llegará el momento de hacer cuentas. Pero existe una conclusión que difícilmente podrá discutirse.

Durante varias semanas, millones de mexicanos demostraron que pueden celebrar juntos, emocionarse juntos y reconocerse como parte de una misma nación. La política debería tomar nota.

Porque mientras desde el poder se insiste frecuentemente en dividir a los mexicanos, el futbol demostró exactamente lo contrario: que la sociedad mexicana conserva una poderosa capacidad de unidad.

Tal vez Miguel Hidalgo no la regó tanto después de todo. España se quedó con la Copa del Mundo.

México, si sabe entender el mensaje que dejaron estas semanas, podría quedarse con algo mucho más importante: la certeza de que la unidad nacional todavía es posible.

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