Desde San Lázaro

Teotihuacán en el ombligo del mundo

México está bajo la lupa internacional. En condiciones normales, un hecho como el de Teotihuacán ya sería motivo de preocupación diplomática y turística; en el contexto actual, adquiere una dimensión mucho mayor.

El atentado contra turistas en la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, que cobró la vida de una visitante canadiense, no solo sacude por su brutalidad, sino por el momento en que ocurre.

A escasos 50 días de que México se convierta en uno de los epicentros del Mundial de futbol. La escena es inquietante. Un sitio arqueológico emblemático, símbolo de nuestra identidad y uno de los destinos más visitados del país, convertido en escenario de violencia contra extranjeros. La alarma, inevitablemente, ha cruzado fronteras.

México está bajo la lupa internacional. En condiciones normales, un hecho de esta naturaleza ya sería motivo de preocupación diplomática y turística; en el contexto actual, adquiere una dimensión mucho mayor.

El Mundial no solo es una fiesta deportiva: es una vitrina global en la que se exhibe la capacidad de un país para organizar, garantizar seguridad y proyectar confianza. Hoy, esa confianza enfrenta un golpe severo.

El reto para el gobierno mexicano en materia de seguridad es mayúsculo. No se trata únicamente de desplegar operativos para proteger estadios, aeropuertos y zonas turísticas durante el torneo.

La exigencia es más profunda: demostrar que el Estado tiene control territorial y capacidad de respuesta frente a amenazas, tanto del crimen organizado como de posibles actos de terrorismo. Y ahí es donde el panorama se complica.

El gabinete de seguridad federal ya enfrenta una presión cotidiana en su lucha contra los grupos criminales. Homicidios, extorsiones, tráfico de drogas, desaparecidos y violencia generalizada forman parte del diagnóstico diario.

A esta realidad se suma ahora la responsabilidad de blindar un evento de talla mundial, con millones de visitantes y la atención permanente de medios internacionales. No es exagerado decir que se trata de una prueba de fuego para la administración federal.

El ataque en Teotihuacán abre una interrogante inquietante: ¿estamos frente a un hecho aislado o ante la posible presencia de células con motivaciones más complejas?

La narrativa oficial tenderá, como suele ocurrir, a minimizar el episodio bajo la hipótesis de un agresor solitario. Sin embargo, en un contexto global marcado por amenazas difusas, radicalización y violencia indiscriminada, descartar cualquier línea de investigación sería un error estratégico.

La experiencia internacional demuestra que los grandes eventos deportivos son objetivos potenciales para grupos que buscan visibilidad mediática. Así ocurrió en distintas latitudes, donde la seguridad tuvo que evolucionar hacia esquemas de cooperación multinacional, inteligencia compartida y protocolos de reacción inmediata. México no puede ni debe enfrentar este desafío en solitario.

El Mundial que está por celebrarse es, por definición, un esfuerzo trinacional. México, Estados Unidos y Canadá comparten no solo la organización logística, sino también la responsabilidad de garantizar condiciones de seguridad adecuadas.

En ese sentido, la cooperación internacional no es una opción, sino una necesidad urgente. Intercambio de inteligencia, coordinación de fuerzas de seguridad y protocolos conjuntos deben activarse desde ahora, no cuando el torneo esté en marcha.

Paradójicamente, este imperativo de colaboración ocurre en medio de tensiones con Estados Unidos, tras la muerte de dos agregados (agentes de la CIA) de su embajada en un “accidente” en Chihuahua, derivado de un operativo antidrogas.

El episodio ha generado fricciones diplomáticas que, aunque manejadas con cautela, evidencian la fragilidad de la relación en temas sensibles. Y, sin embargo, es precisamente en este terreno donde más se necesita entendimiento y coordinación.

La seguridad no admite posturas ideológicas ni cálculos políticos. Frente a riesgos potenciales, la única ruta viable es la cooperación. México no puede darse el lujo de enviar señales de debilidad o descoordinación, mucho menos cuando la mirada del mundo está a punto de centrarse en su territorio.

Desde ahora, la lógica debería ser la de una alerta máxima. No se trata de generar pánico, sino de asumir con seriedad la magnitud del desafío. La prevención, la inteligencia y la presencia efectiva de las fuerzas de seguridad serán claves para evitar que episodios como el de Teotihuacán se repitan.

Pero hay un elemento adicional que no debe perderse de vista: la percepción. En el ámbito turístico, la confianza es tan crucial como la seguridad misma.

Un solo incidente puede tener efectos multiplicadores en la imagen del país. Cancelaciones, advertencias de viaje y cobertura mediática negativa pueden erosionar rápidamente la expectativa positiva que genera un evento como el Mundial.

México está ante una encrucijada. El Mundial representa una oportunidad histórica para proyectarse como un país moderno, capaz y seguro. Sin embargo, también implica riesgos que, de no gestionarse adecuadamente, pueden derivar en costos políticos, económicos y reputacionales significativos.

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