Cuando un programa, una aplicación, un lenguaje no puede ‘correr’ en un dispositivo se habla de incompatibilidad. Se puede tener un buen hardware, pero sin el software adecuado, no jala.
A veces es suficiente una actualización, en ocasiones se necesita más memoria, en cualquier caso, es indipensable que la información se procese con cierta velocidad, con el traductor adecuado, para que la inteligencia natural o artifical empiece a funcionar.
Los datos, aún cuando sean los ‘otros datos’, necesitan ser captados, relacionados, procesados, convertidos en conocimiento y, consecuentemente, en acciones.
No sé si la metáfora sea acertada para lograr acercarnos a la incapacidad presidencial para entender los feminismos, su expresión pública, su lucha callejera, la justicia de sus causas, la complejidad para aproximarnos de quienes no hemos padecido la violencia en todas sus formas, el hostigamiento, la discriminación, el acoso y todas las modalidades que hacen evidente (o deberían hacer) la desigualdad en la que vivimos, que sufre una parte de la población que el resto trata como minoritaria y vulnerable, precisamente porque la vulnera y margina.
Es un caso raro en apariencia porque alguien que se considera a sí mismo un luchador social, alguien que ha sido excluido, vigilado, perseguido, alguien que ha encabezado acciones de violencia en la lucha justa de los petroleros tabasqueños, por ejemplo, alguien que dice querer cambiar estructural y culturalmente a México en favor de los pobres, de los desprotegidos, de los que lo apoyaron con lealtad en su movimiento, ahora no comprende y no hace el más mínimo esfuerzo por comprender.
Conocedor del lenguaje simbólico, de la importancia de la imagen y de la historia para que la lucha avance, prefiere amurallar el Palacio Nacional, encerrarse entre el acero que refleja miedo y los escudos de las mujeres policías tras los que se oculta.
Construye un símbolo de poder y las colectivas lo transforman en monumenta. Sí, monumenta (ahora no le vamos a explicar la palabra) que lo mismo puede ser un memorial de las miles de víctimas de feminicidio y de todas las formas de violencia, que un recordatorio creativo, estético y pacífico que contrasta con el aparato estatal puesto (por sí mismo) a la defensiva. AMLO es un hombre totalmente Palacio que cada 8M convierte el inmueble histórico (de cuyos murales es guía de lujo), en fortaleza bajo un asedio que solo existe en su mente.
Debemos creerle al presidente cuando dijo que no sabía qué es el pacto patriarcal y tuvo que preguntarle a la presidenta del Consejo Asesor Honorario de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural, Beatriz Gutiérrez Muller, de qué hablaban las mujeres. Ella le explicó. Ya lo sabe, pero no lo entiende. Ni siquiera la connotación negativa del patriarcado.
La oposición mexicana ha sido incapaz de construir un discurso crítico valiente y razonado que le llegue a la sociedad que no votó por ella, porque está en una fase en la que solo defiende intereses, legítimos y no legítimos, respaldados (y en ocasiones financiados) por actores sociales que defienden el statu quo alterado, puesto en riesgo, por la transformación que pretende encabezar el presidente. La oposición no ha podido abanderar causas justas.
Estamos ante un cambio civilizatorio en Occidente provocado, en gran medida, por el terreno que van conquistando los movimientos feministas. Negarse a verlo es optar por la ceguera.
Un presidente sin autocrítica; un presidente que gaslightea a las mujeres (así lo enuncian las morras activistas); un presidente que no diseña políticas públicas de la mano de mujeres expertas y talentosas que están incluidas en su gobierno y de las que no lo están; un presidente que no tiene como prioridad la seguridad de las mujeres; un presidente que pronuncia en sus discurso que los derechos de las mujeres se deben consultar; un presidente que al cerrar las escuelas de tiempo completa aumenta la desigualdad de género especialmente hacia las mujeres pobres e indígenas, es un presidente que no puede vencer en su proyecto de transformación.
Si sigue así, si las mujeres de su movimiento no lo rescatan, no habrá legado de la cuarta transformación. La derrota cultural se la arrebatará a la oposición y el diploma colgará de alguna pared de Palacio Nacional y ni siquiera sabrá por qué. (CONTINUARÁ)