Punto de encuentro

Las mujeres no deberíamos votar

Esta “propuesta” no viene de un político autoritario, viene de la sociedad civil estadounidense y está empezando a resonar en la clase política mexicana.

En México, las mujeres logramos el sufragio universal hace apenas 70 años; y hoy, ese derecho se ve amenazado. Lo más grave: esta “propuesta” no viene de un político autoritario, viene de la sociedad civil estadounidense y está empezando a resonar en la clase política mexicana.

Del 5 al 7 de junio pasado, en el estado de Texas, se llevó a cabo la última Women’s Leadership Summit de Turning Point USA: una de las organizaciones juveniles más grandes y de mayor crecimiento, para conectar, ideologizar y movilizar hacia el conservadurismo a jóvenes en los Estados Unidos (CBC News, 2026). Y en dicha cumbre, una de las invitadas sostuvo que se debe migrar del voto femenino al voto por hogar.

Esto es, un voto que inevitablemente concentra el poder político en una sola persona de la familia. Históricamente, esa persona ha sido el hombre.

En México, la idea ya se gesta en sectores conservadores. Javier Albarrán, joven panista, se manifestó por “un voto por familia”: “… por casa, por familia (…) alguien que no piense solo en ÉL, sino en todos”, reconociendo implícitamente una fórmula que, en la práctica, deja el voto en manos del hombre.

Debemos nombrar este fenómeno: no estamos solo frente a una discusión sobre el voto femenino. Muchas personas creen que esta propuesta es la antesala para prohibir el aborto. Estamos ante el crecimiento de una corriente que cuestiona los consensos liberales que Occidente daba por resueltos: la igualdad jurídica entre hombres y mujeres; los derechos sexuales y reproductivos; e incluso la separación entre religión y Estado.

La brecha de empoderamiento político entre hombres y mujeres apenas se ha cerrado un 22.9% a nivel global (World Economic Forum, 2025), lo que muestra que la discriminación sistémica persiste incluso antes de que empiecen a amenazar los derechos ya conquistados.

Es indispensable empezar a reconocer que los proyectos políticos de izquierda y derecha ya no compiten solo sobre impuestos, gasto público, libre mercado y programas sociales. Operan sobre otra dimensión: qué derechos consideran universales y cuáles son negociables. Para sorpresa de nadie, todos los derechos de los hombres son universales y los de las mujeres, negociables.

Por primera vez en más de dos décadas, la derecha domina América Latina. Brasil y México son los últimos bastiones progresistas. Ese giro ya golpea la política de género: en Argentina, Milei cerró el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, prohibió el lenguaje inclusivo y busca eliminar la figura penal de feminicidio (LatFem, 2026); en Chile, Kast sacó al Ministerio de la Mujer del Comité Político (El Ciudadano, 2026). Ambos casos responden a una estrategia común de la nueva derecha latinoamericana: desmantelar instituciones de género en nombre del regreso a la familia tradicional, bajo el lema “con mis hijos no te metas” (LatFem, 2026).

Es cierto que la mayoría de las mujeres asistentes a la última cumbre de Turning Point USA se manifestaron contra la erradicación del voto femenino. Sin embargo, no hace falta que Savannah Stone —la mente detrás de la propuesta— represente a todas; basta que comparta el mensaje en su cuenta de casi 800 mil seguidores; basta que Pete Hegseth —secretario de Defensa de Estados Unidos— comparta el contenido de un pastor que defiende esta postura (NPR, 2025); basta que se defienda como un movimiento en favor de la familia; basta que se recoja por los políticos mexicanos.

Cuando empezamos a normalizar ciertas conversaciones, dejan de ser impensables, parecen debatibles y finalmente parecen razonables y terminan siendo política pública.

Las elecciones no solamente definen la administración del Estado, también deciden sobre nuestros derechos humanos. El sufragio femenino no es una conquista antigua e irreversible en todo el mundo, tampoco es un triunfo en perjuicio de la familia.

El voto individual es pluralismo. En el pluralismo cabemos todos. En el pluralismo está nuestro punto de encuentro.

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