En las últimas semanas, la Secretaría de Educación Pública salió de una polémica para entrar en otra.
Primero fue el anuncio del ajuste al calendario escolar con motivo del Mundial de 2026. Después, las imágenes del plantón de la CNTE en el Zócalo, mientras a unos metros avanzaban los preparativos para recibir a miles de aficionados en el FIFA Fan Fest y sus líderes amenazaban con boicotear la inauguración del Mundial en CDMX.
Hubo un periodo corto de tregua y esta semana volvió a la conversación la demanda de la CNTE de desaparecer la Unidad del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros (USICAMM), que se encarga de administrar los procesos relacionados con la carrera docente y que constituye uno de los reclamos más persistentes del magisterio.
Al respecto, el gobierno ha aceptado que dicho sistema debe cambiar y encargó a la SEP iniciar en agosto una consulta nacional, escuela por escuela, antes de presentar una iniciativa de reforma.
Es innegable que la educación pública en México tiene mucho por mejorar; y hoy, el reto es mucho mayor que el de solo enseñar. También enfrenta, entre otros, el desafío de recuperar la confianza de docentes, estudiantes y familias.
Y, mientras la discusión pública se concentra en calendarios, marchas, plazas y procesos de promoción docente, hay otro tema que empieza a abrirse paso: el bienestar mental de las y los estudiantes.
En los últimos días, se ha retomado la estrategia que prometió implementar la SEP para el siguiente ciclo escolar, para identificar problemas de salud mental en las y los estudiantes.
Con ello se reconoce por primera vez que aprender no depende únicamente de un buen plan de estudios o de un buen maestro o maestra, sino también de cómo llegan emocionalmente las y los alumnos al salón de clases.
Hoy, la ansiedad, depresión, violencia, duelo, consumo de sustancias o aislamiento forman parte de la vida cotidiana de muchas niñas, niños y adolescentes.
No porque antes no existieran, sino porque durante demasiado tiempo se prefirió pensar que esos problemas pertenecían exclusivamente al ámbito familiar o al sistema de salud, cuando en realidad también terminan sentándose todos los días en un pupitre.
Por eso resulta positivo que el tema empiece a formar parte de la agenda educativa. Pero también obliga a hacer preguntas incómodas. Detectar un problema es apenas el primer paso. Lo verdaderamente difícil es saber qué hacer después.
¿Existirán protocolos claros para acompañar a quienes necesiten ayuda? ¿Cómo se protegerá la información de las y los estudiantes? ¿Quién dará seguimiento a los casos? ¿Habrá suficientes psicólogos? Porque identificar necesidades sin contar con la capacidad para atenderlas puede terminar generando más frustración que soluciones.
Algo parecido ocurre con las demás discusiones que hoy rodean a la SEP. Cambiar el calendario escolar, construir un nuevo sistema para las y los maestros o replantear los mecanismos de ingreso al servicio docente son decisiones importantes, pero ninguna resolverá por sí sola los desafíos que enfrenta la educación mexicana.
Porque al final, ninguna política educativa será realmente exitosa si solo transforma las reglas y no mejora la experiencia cotidiana de quienes aprenden y enseñan en las aulas.
Al final, todas esas noticias apuntan hacia una misma pregunta: ¿qué tipo de escuela queremos construir? Esa quizá sea la conversación que debería ocupar más espacio en la agenda pública, incluso por encima de las polémicas que semana a semana dominan los titulares.
Ahí está el verdadero punto de encuentro. Una escuela no solo prepara para presentar exámenes, conseguir un empleo o competir en el futuro.
También debe ser un lugar donde una niña, niño o adolescente encuentre a alguien capaz de escuchar, orientar y tender la mano cuando las cosas no van bien.
Antes que formar estudiantes exitosos, la educación debe formar personas que puedan vivir, aprender y desarrollar plenamente su proyecto de vida.