Sun Tzu sostenía hace más de dos mil quinientos años que “la suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir”. México había decidido algo parecido y, de pronto, cambiamos de estrategia.
Trump no ha dejado de presionarnos desde su regreso. Aranceles, migración, fentanilo, cárteles, declaraciones de funcionarios, filtraciones, amenazas comerciales y una narrativa permanente que coloca a nuestro país como parte del problema. Nadie podría sostener seriamente que a Sheinbaum le ha tocado un escenario sencillo.
Al inicio, con disciplina estratégica, se respondía cuando era necesario, se evitaba amplificar cada provocación y se mantenían abiertos los espacios para negociar. Sin embargo, aunque los ataques no han disminuido, algo sí cambió: la forma en que México decidió responder.
Hoy la conversación bilateral gira cada vez más alrededor de conferencias, desmentidos, acusaciones cruzadas y respuestas inmediatas a declaraciones provenientes del FBI, la CIA o funcionarios estadounidenses. El problema no es responder, sino a quién.
Y justamente ahí aparecen unos datos que merecen mucha más atención que cualquier mañanera.
Una encuesta de Echelon Insights realizada en junio pasado entre más de mil votantes estadounidenses revela que México mantiene una imagen neta positiva entre la opinión pública de ese país: 44% tiene una opinión favorable frente a 34% desfavorable. Pero el dato verdaderamente relevante es otro. Los estadounidenses distinguen claramente entre el pueblo mexicano y su gobierno.
Mientras los mexicanos reciben una favorabilidad neta de +45, el gobierno de México registra una percepción negativa de -12. Es decir, ni siquiera un tercio de los estadounidenses tiene una opinión formada sobre Sheinbaum. Sin embargo, sí hay un porcentaje del 59% que desaprueba a Trump, que nos dice que no hace falta que México invierta capital diplomático en debilitarlo o desacreditarlo más.
Esta conversación se da en el contexto de los midterms de 2026 en Estados Unidos —las elecciones del Congreso—, uno de los procesos electorales más competidos. Tanto así que la opinión pública puede inclinar a los distritos completos. Por ello, construir simpatía hacia México entre las bases de ambos partidos, tanto republicanos como demócratas, es una apuesta de mediano plazo mucho más redituable.
La encuesta muestra, además, que los votantes independientes —quienes suelen decidir las elecciones— mejoraron significativamente su percepción sobre México, pasando de considerar a nuestro país un buen vecino en 33% a 52%. Al mismo tiempo, creció la oposición a imponer aranceles generalizados a los productos mexicanos. Incluso entre republicanos comienza a observarse una moderación respecto de algunas medidas comerciales.
Es decir, mientras la confrontación política se intensifica, la opinión pública estadounidense ofrece una ventana de oportunidad para construir una relación distinta.
Aquí conviene recordar que una cosa es combatir al adversario y otra muy distinta perder a la audiencia. Ninguna conferencia presidencial modificará la posición política de Trump.
En donde sí debemos prestar atención es en la manera en que millones de estadounidenses perciben a México y, con ello, en el margen político que tendrán los futuros gobiernos de ambos países para cooperar.
En ese contexto, la diplomacia pública, el acercamiento con independientes, jóvenes, empresarios, universidades y comunidades hispanas probablemente produzcan mucho más que cualquier intercambio de declaraciones entre gobiernos. Esa simpatía acumulada constituye un capital político que conviene administrar, no desgastar.
La firmeza para defender la soberanía también debe ser estratégica. Porque las guerras más importantes no siempre se ganan combatiendo al enemigo, con frecuencia se ganan convenciendo al público observante. Ese es nuestro punto de encuentro entre México y Estados Unidos, no en sus cabezas, sino en sus pueblos.