Punto de encuentro

El colapso de la soberanía

En la última década, la izquierda latinoamericana ganó una narrativa ideológica de impacto: el antídoto frente a la desigualdad es que el Estado intervenga para proteger los derechos y priorizar la justicia social.

Ben Rhodes en su último libro “All We Say: The Battle for American Identity…”, sostiene que la política contemporánea no es una disputa de programas, sino de narrativas en la que gana la emocionalmente poderosa e identitaria y pierde la que generalmente se reduce a la tecnocracia, datos o moralismo.

Rhodes conecta esto con la crisis contemporánea de internet y redes sociales, concluyendo que la realidad global y compartida destruyó la capacidad de sostener fácilmente una identidad nacional común.

En la última década, la izquierda latinoamericana ganó una narrativa ideológica de impacto: el antídoto frente a la desigualdad es que el Estado intervenga para proteger los derechos y priorizar la justicia social.

Sin embargo, la batalla que está perdiendo y que se está reflejando en elecciones es probar que tiene la capacidad real de intervenir, proteger y regular con eficacia.

No estamos ante una crisis de intenciones, estamos ante una crisis de ejecución que está abriendo la puerta a otra narrativa de poder: si el gobierno no puede solucionar, alguien más, quien sea, tiene que hacerlo.

Y ese “quien sea” es realmente quien sea, aunque no sea desde adentro.

Colombia confirma este diagnóstico con el triunfo en la primera vuelta de De la Espriella, quien promete seguridad pública como eje principal; critica a las políticas progresistas; construcción de una identidad nacional amenazada; y alineamiento discursivo con la nueva ultraderecha continental.

Sin descontar que durante la campaña el candidato pidió observación y respaldo internacional a legisladores estadounidenses cercanos a Trump y a Milei, Kast y Noboa.

El desgaste de Petro no se explica por una falta de narrativa, sino por la percepción acumulada de no entrega estructural.

Esa falla es la que está integrando la otra narrativa de poder que le arrebata el triunfo a la izquierda.

En este contexto, la denuncia de presión extraterritorial estadounidense que reclamó Sheinbaum el fin de semana es legítima, pues las investigaciones judiciales, las sanciones, la inteligencia financiera e incluso la presión comercial están amenazando la soberanía del Estado mexicano.

Sin embargo, en un México que hoy obedece a algoritmos internacionales, la soberanía no se puede defender con discursos.

La unión identitaria de antaño que tenía un acento antiyanquista está superada por visiones globales.

La soberanía y la narrativa de poder las debemos sostener con instituciones fuertes con capacidad de resolver los problemas que, como bien dice la presidenta, son y atañen a las y los mexicanos.

Cuando Washington pretende intervenir en seguridad o corrupción bajo argumentos de cooperación, la pregunta que está surgiendo es si México puede o no resolverlo sin ellos.

Y es que el problema no está solamente en las oposiciones internas o externas, ni en el terreno de las ideologías identitarias; el problema está en las cifras.

Por ejemplo, en términos económicos, tenemos una IED récord de 23,591 mdd, las exportaciones están creciendo a 21.8% y tenemos un superávit de 2,508 mdd; y, no obstante, nuestro PIB está cayendo en un 0.6%. Algo no está funcionando. Y en terreno de seguridad, mejor ni entramos.

En este sentido, parece que la crisis narrativa que explica Rhodes, para la izquierda latinoamericana, y en especial para México, constituye una crisis de capacidad que colapsa incluso con el concepto de soberanía.

López Obrador heredó una crisis de legitimidad: el Estado había perdido la confianza de la ciudadanía.

Sheinbaum recibió una crisis de capacidad y de recursos que está abriendo la puerta a una narrativa de ultraderecha y de injerencia extranjera.

El punto de encuentro en defensa de nuestra soberanía será demostrar, a marchas forzadas, que el Estado mexicano tiene la fuerza para resolver con eficacia.

La legitimidad política gana elecciones, pero la capacidad institucional sostiene a los gobiernos.

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