En ocho días dos agencias calificadoras más influyentes del mundo enviaron señales inequívocas de alarma sobre la situación fiscal sobre México. S&P Global Ratings mantuvo la calificación en BBB en moneda extranjera, dos escalones arriba del umbral de grado de inversión, pero cambió la perspectiva de estable a negativa siendo un aviso formal de que un recorte podría materializarse en los próximos 24 meses si la consolidación fiscal no se concreta. Esta semana, el temido recorte en la calificación crediticia por parte Moody’s se materializó, ubicándolo en el último escalón antes de perder el grado de inversión, aunque mejoró la perspectiva a estable. México conserva hoy el grado de inversión en las tres grandes agencias, pero la situación es preocupante. Las calificadoras comparten el mismo diagnóstico sobre el deterioro fiscal y el bajo crecimiento.
Comenzando con la parte más evidente, el gasto se ha vuelto estructuralmente rígido. Las pensiones contributivas y no contributivas (los programas sociales), que en conjunto suman el 7.8 por ciento del PIB. Apenas en el año 2018 representaban el 6.2 por ciento. Los apoyos financieros a Pemex representan el 0.7 por ciento y dada la situación actual, la petrolera continuará necesitando el apoyo del gobierno. En conjunto, las pensiones, el gasto de Pemex, los servicios profesionales y las participaciones a los estados representan el 66 por ciento del gasto, y desafortunadamente este gasto es estructural rígido y creciente, lo que deja muy poco espacio para hacer política pública. Más preocupante aún, porque deja un margen estrecho para la inversión productiva. La inversión pública se ha desplomado, y la privada lleva dos años en pausa. El segundo punto de dolor que enfrenta nuestra economía, es un crecimiento crónicamente insuficiente. Con el PIB expandiéndose menos del 1 por ciento en 2026, la consolidación fiscal se aplazará; tal y como ha venido sucediendo, mientras que los déficits públicos difícilmente regresarán al 2.0 por ciento, nivel que teníamos en el 2018. Con ello irremediablemente la deuda neta aumentará. Considerando la trayectoria, la deuda neta en el 2030 cruzará el umbral del 60 por ciento, límite para conservar el grado de inversión. Un factor adicional de preocupación es que el costo financiero ha venido en aumentado, y la razón intereses a ingresos ya roza el 15 por ciento, nivel por encima de la mayoría de sus pares, y que comprime severamente el margen de ajuste discrecional.
Sin embargo, y a pesar de la acumulación de las malas noticias para la calificación del soberano, los mercados se mantuvieron sin movimientos. En realidad el mercado de bonos se había anticipado, pues llegaron a leer el escenario que describen las calificadoras, e incorporaron el recorte de manera anticipada. El bono M a 10 años se ubica en un nivel de 9.45 por ciento mientras que el UMS (tasa denominada en dólares) está en 6.22 por ciento. Los soberanos emergentes con calificación BBB —Panamá, Hungría— se ubican entre 5.7 y 5.6 por ciento. México se compara más bien con Brasil o Costa Rica, que no tienen grado de inversión. La curva de rendimientos no miente, pues incorpora desde hace meses la prima de riesgo de un soberano en la frontera de grado especulativo.
La conclusión es incómoda pero necesaria: para fines prácticos, México ya opera como un soberano sin grado de inversión. Las tasas de largo plazo lo descuentan. El recorte de Moody’s no creó riesgo nuevo; lo certificó. Lo que sí cambia es la posibilidad real de perder el grado de inversión y detonar la reconfiguración de los portafolios de inversionistas institucionales. El mayor riesgo no es el ajuste de hoy, ya descontado. Si el déficit no converge por debajo del 4 por ciento del PIB de manera creíble, si la deuda supera el umbral del 60 por ciento que los mercados utilizan como referencia de alerta, y si Pemex sigue siendo una transferencia fiscal recurrente sin señal de reversión, un ajuste mayor en la calificación crediticia dejará de ser un riesgo para convertirse en el escenario central. Y con ella, un costo de financiamiento que retroalimentará la trampa de bajo crecimiento en la que México ya está atrapado.