En un par de días se celebrará el Día de las Madres en México, único por la idiosincrasia de nuestro país, y que este año merece algo más que un abrazo: merece una conversación honesta sobre lo que el sistema le cobra a una mujer por ser mamá. Los datos no mienten, aunque a veces incomoden. En México, las madres dedican 39.7 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Los hombres, 18.2 horas. Esa diferencia no es una estadística de género, es una jornada laboral completa que las mujeres absorben sin que aparezca en ningún recibo de nómina. Los cuidados representan el 24 por ciento del PIB, pero el sistema los trata como si no existieran. Sin cuidados no hay economía, y sin reconocerlos no hay política que funcione. Nueve de cada diez personas que abandonan el mercado laboral para cuidar a su familia son mujeres. Cuando nace un hijo, los ingresos de los hombres no cambian. Los de las mujeres caen. La penalización por maternidad no es un concepto académico: está documentada, es medible y es evitable.
El 59.2 por ciento de las madres entre 15 y 49 años tiene participación económica activa, tasa superior al promedio femenino general; y lo hacen no porque el sistema las acompañe, sino a pesar de que no lo hace. Una de cada dos trabaja en la informalidad.
El sector productivo tiene una deuda pendiente. Mientras México cierra sus brechas de género estructurales, las empresas no pueden seguir diseñando empleos como si el cuidado parental no existiera. Los trabajos mejor remunerados penalizan la flexibilidad. Los procesos de evaluación miden disponibilidad cuando deberían medir capacidad. Operamos con sesgos inconscientes que confunden una jornada larga con talento, y una salida a tiempo con una falta de compromiso. Rediseñar eso no es una concesión, es una corrección que el mercado tiene pendiente consigo mismo.
Las mamás debemos romper con el paradigma de que los hijos son un obstáculo para el crecimiento profesional. Lo sé porque lo he vivido. Para mí, la parte profesional ha sido parte fundamental de mi rol como madre, no solo porque me hace más feliz y me permite desarrollarme en plenitud como mujer, sino porque pone sobre la mesa conversaciones, experiencias y perspectivas que resultan profundamente formativas para mis hijos. Ellos ven las cosas de manera diferente, simplemente por las conversaciones que traigo a la mesa. Eso no tiene precio y tampoco aparece en ningún indicador de productividad.
Pero ha sido un camino largo. La negociación más difícil no ha sido con un jefe, con un cliente ni en la junta de consejo. Ha sido conmigo misma. Eliminar la culpa es un trabajo de todos los días. He aprendido—y no ha sido fácil— que no existe un balance perfecto, sino momentos en que gana la mamá y momentos en que gana la profesionista. La clave no es dividirse en partes iguales; es reconocer que hay espacio para todo y saber priorizar con honestidad.
La maternidad me enseñó a organizar equipos, a identificar talentos distintos y a potenciarlos. Me volvió más resiliente, porque manejar diferentes capas de vida simultáneamente desarrolla una capacidad de gestión que ningún MBA diseña de manera explícita. Ha sido una simbiosis constante: ser madre me hizo mejor profesionista, y ser profesionista me hizo mejor madre. Esas dos identidades no compiten. Se alimentan.
También aprendí a ceder el control de lo que no está en mis manos, a saber en qué ceder y minimizar el efecto, a reconocer que la mejor manera de enseñar sigue siendo con el ejemplo. Mis hijos no aprenden de lo que les digo que hagan. Aprenden de lo que me ven hacer.
El talento femenino no está ausente del mercado porque las mujeres no quieran o no puedan. Está ausente porque las condiciones no están diseñadas para recibirlo. La carga invisible existe aunque no aparezca en ningún organigrama. Medir la capacidad en lugar de la disponibilidad no es una demanda de género, es una corrección de criterio. Las empresas que no lo entiendan no tienen un problema de diversidad. Tienen un problema de visión.
La maternidad y el éxito profesional no deben ser mutuamente excluyentes.