El primer semestre del año fue francamente complejo en la economía y los mercados. Prácticamente todos los activos tuvieron caídas importantes, inclusive fue el peor inicio del año para los bonos del Tesoro americano en el nodo de diez años en la historia de más de 250 años, y el más débil para los mercados de renta variable en 50 años. Los inversionistas han respondido a la combinación de niveles muy elevados de inflación, que se han conjugado con una actividad económica en desaceleración. Las persistentes disrupciones en las cadenas de valor, los elevados precios de los energéticos como consecuencia de la invasión de Rusia a Ucrania, la menor liquidez en el mercado y el comienzo de un ciclo restrictivo en el mundo desarrollado han generado un entorno muy complicado.
Sin embargo, pese al complejo entorno internacional, la actividad económica de México ha probado cierta resiliencia. Considerando el Indicador Oportuno de Actividad Económica, que es una estimación adelantada sobre el PIB, la economía mexicana habría crecido 2.1 por ciento al mes de junio en términos anuales. Si se mantuviera este crecimiento en la segunda mitad del año, la economía cerraría en un nivel ligeramente superior al 2 por ciento, más elevado que los pronósticos de la encuesta de especialistas por parte del Banco de México, que contemplan un avance de 1.8 por ciento. El crecimiento en el primer semestre proviene principalmente por un avance en la industria, que ha venido apuntalando la recuperación. Ello derivado del incremento de la demanda agregada registrada en Estados Unidos. Vale la pena destacar que el consumo, las exportaciones y la inversión –que ha sido el componente ausente en los últimos tres años– han contribuido a este aumento. La industria está prácticamente alcanzando los niveles de febrero del 2020 cuando inició la pandemia. Sin embargo, los servicios se encuentran muy rezagados, siendo aún inferiores en cerca de 10 por ciento.
La recuperación de los servicios pudiera tomar un camino diferente. Si las remesas, que han sido la fuente principal de ingresos en dólares para el país, comienzan a retroceder por un incremento en la tasa de desempleo en Estados Unidos; el consumo y el ingreso de los hogares mexicanos se verán atenuados. Un factor adicional es que el empleo que se ha mantenido fuerte, comenzara a debilitarse. Por otro lado, la confianza al consumidor en Estados Unidos –que es un buen termómetro de las expectativas económicas– se ha deteriorado considerablemente. Por ello un escenario más probable es ver que el sector servicios, que es el dominante en la economía mexicana, no solo no regrese a los niveles prepandemia, sino se mantenga débil. Pese a lo defensivo que se ha comportado la actividad económica en México, no resulta difícil estimar un crecimiento más moderado con miras a los próximos 18 meses.
Si a este escenario le sumamos una inflación que parece no ceder a los niveles esperados por la mayoría de los analistas, ni en Estados Unidos ni en México, y considerando que los riesgos están sesgados al alza ante la posibilidad de nuevos choques, podríamos incorporar un ciclo restrictivo más pronunciado de lo esperado. Las expectativas sobre el alza en las tasas de interés han mostrado una volatilidad importante. Lo sucedido con la inflación americana en el mes de junio pone en evidencia estos riesgos: es posible que sigamos viendo en los siguientes meses inflaciones elevadas en ambos países antes de que comiencen a ceder, al tiempo que se recalibrarán los incrementos en las tasas objetivo.
Las probabilidades de recesión en Estados Unidos han aumentado de manera importante, la mayoría de los agentes del mercado han comenzado a descontar con un 50 por ciento de probabilidad una recesión en los próximos 6 a 12 meses, ello irremediablemente acabará permeando en México. El panorama está plagado de riesgos ante una incertidumbre excepcional, es momento de ser cautelosos a la hora de estimar el comportamiento de las principales variables macroeconómicas.