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¿A qué tribu perteneces?

Los test de personalidad buscan explicar cómo somos, pero sus etiquetas pueden convertirse en barreras que limitan nuestras decisiones, capacidades y oportunidades.

Parece que seguimos empeñados en averiguar a qué tribu pertenece cada persona. Queremos saber si alguien es visual, auditivo o kinestésico; introvertido o extrovertido; racional o emocional; dominante, influyente, estable o concienzudo. Y, si todo eso falla, todavía podemos preguntarle cuál es su signo zodiacal.

La oferta de modelos para explicar al ser humano es enorme. Están VAK, Myers-Briggs, DISC, los cinco grandes rasgos de personalidad, eneagrama, estilos de apego, inteligencias múltiples, lenguajes del amor y arquetipos de Jung. Puedes ser INTJ, eneatipo ocho, personalidad azul, aprendiz visual, estratega o dominante. Además, podrías ser Leo con ascendente en Capricornio.

Sí, es una exageración, aunque refleja una necesidad humana. Nos gusta ordenar la realidad, encontrar patrones y poner nombre a cuanto observamos. Una categoría reduce la incertidumbre y nos da la sensación de haber entendido a quien tenemos enfrente, aun cuando apenas contamos con una descripción parcial.

Estos modelos tienen distintos orígenes y grados de respaldo. Algunos proceden de investigaciones psicológicas sólidas; otros nacieron como herramientas para la capacitación, la consultoría o la selección de personal. También están los que pertenecen al terreno de las creencias. Ponerlos al mismo nivel confunde, aunque todos intentan resumir en variables la complejidad de un ser humano.

Debemos reconocer su utilidad. El problema aparece cuando la categoría deja de ser una pista y se convierte en definición. Si alguien obtiene un resultado que lo identifica como introvertido, podría asumir que carece de condiciones para hablar en público, dirigir un equipo o negociar. Quienes lo rodean quizá interpreten su conducta desde esa etiqueta y dejen de ofrecerle oportunidades.

Llegamos a usarla como justificación. “Yo soy así”, “mi personalidad me impide hacerlo”, “ese trabajo no corresponde a mi perfil” o “con alguien como él nunca podré comunicarme”. El modelo, concebido para ampliar el conocimiento personal, acaba estrechando las posibilidades y convirtiendo una tendencia en destino.

Ningún cuestionario conoce tu historia, las experiencias que te marcaron, el contexto en el que actúas, tus temores, intereses, contradicciones ni los cambios que has vivido. Tampoco los rasgos son buenos o malos por sí mismos. Su expresión depende de la situación, de lo que buscas y de las decisiones que tomas.

En vez de suponer que ya sabes cómo piensa alguien por su perfil, conviene explorar su mapa mental. ¿Qué está viendo que tú pasas por alto? ¿Qué experiencias influyen en su reacción? ¿Qué teme perder? ¿Qué necesita escuchar para comprender tu planteamiento? Una etiqueta puede servir como hipótesis si la contrastas con la conducta, la conversación y el contexto.

Aceptar la diversidad implica reconocer que cada persona procesa la realidad desde una combinación particular de historia, personalidad y circunstancias. Esa comprensión favorece la empatía y mejora la comunicación, porque recupera la curiosidad por el otro.

Tal vez seguiremos buscando nuestra tribu y comparando resultados. Puede ser entretenido y hasta revelador, pero conviene recordar que conocer el nombre de la categoría todavía deja pendiente conocer a la persona.

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Alberto Tovar

Alberto Tovar

Economista, especializado en negocios y finanzas personales; certificado como coach de vida y equipos. Actualmente es el Director Regional de la Zona Norte de El Financiero. Ofrece conferencias, consultoría y coaching a organizaciones diversas.

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