Si se lo cuentas a tu esposa, podría preocuparse. Tus hijos quizá no entiendan lo que está en juego. Tu jefe puede interpretar tus dudas como falta de seguridad. Tus colaboradores podrían ponerse nerviosos. Así que decides guardar silencio y sigues pensando en el problema una y otra vez.
Quien ocupa una posición directiva pasa buena parte del día comunicando y está rodeado de personas; sin embargo, puede carecer de alguien con quien hablar en forma confidencial y con toda sinceridad. Esa es una soledad particular del liderazgo.
La dificultad aparece porque cada interlocutor tiene una relación particular con el asunto y tiene su propia agenda. La familia escucha con afecto y teme las consecuencias personales. El jefe piensa en resultados. Los socios observan sus intereses. Los colaboradores buscan señales sobre su futuro. Incluso un amigo podría aconsejar desde su experiencia, aunque conozca poco el contexto en el que debes decidir.
Escribir tus inquietudes es muy útil, pero no te da retroalimentación. Por su parte, dialogar con una herramienta de inteligencia artificial te puede ayudar a ordenar las ideas, identificar alternativas o revisar escenarios. Aun así, trabaja con lo que decides contarle y dentro del marco que tú mismo definiste. Si dejaste fuera un temor, una contradicción o un interés personal, difícilmente podrá tenerlos en cuenta. Más aún, cuando menos hasta ahora, no puede leer tu lenguaje corporal o tu tono de voz.
Además, hay problemas que requieren algo más que información. Tal vez sabes cuáles son las opciones y aun así permaneces inmóvil. Conoces los riesgos, pero sigues sintiendo que falta una pieza. La dificultad podría estar en aceptar una consecuencia, reconocer lo que realmente quieres o admitir que ninguna alternativa será satisfactoria.
Entre quienes tienen responsabilidades importantes existe con frecuencia la creencia equivocada de que deberían resolver solos sus dudas. Para ellos, pedir ayuda podría revelar debilidad o falta de capacidad. Esa idea lleva a muchos ejecutivos a sostener durante meses conversaciones internas que repiten argumentos y llegan a conclusiones parecidas.
Un coach ejecutivo puede abrir un espacio distinto de reflexión. A través de preguntas y conversación, puede acompañarte a separar hechos de interpretaciones, reconocer intereses y explorar rutas que no habías considerado. Su función no consiste en imponerte una respuesta, sino en ayudarte a mirar el problema desde otro lugar.
El coach tampoco te dirá qué hacer y el resultado no será siempre una solución inmediata. Algunas conversaciones conducen a una decisión; otras permiten aceptar una realidad fuera de tu control, preparar una conversación difícil o descubrir una posibilidad entre preocupaciones y supuestos.
Puede ser momento de buscar ese espacio. A veces, ordenar el problema ya representa un avance. Al liderar también necesitas un lugar donde puedas dudar, cambiar de opinión y reconocer que todavía no sabes qué hacer. Pensar en voz alta con alguien puede ser una forma muy efectiva de empezar.
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