El dinero y el poder se parecen. El dinero puede o no darte poder y el poder puede o no darte dinero. Aquí hay una gran similitud, pero también una gran diferencia. Ambos, poder y dinero, son hijos de la misma madre: la voluntad. El dinero nace del intercambio; el poder, de la capacidad de influir y controlar. El dinero es futuro y posibilidades. El poder es presente y control.
En 1519, el banquero Jakob Fugger ayudó a financiar la elección de Carlos V como emperador. Carlos V ya era rey, pero quería ampliar su poder. Fugger tenía una enorme fortuna y podía ponerla al servicio de esa voluntad. Uno buscaba una corona; el otro tenía los medios para ayudarlo a conseguirla. Así, el dinero se convirtió en una posibilidad de poder y esa posibilidad terminó convertida en autoridad. Hasta nuestros días esa relación no ha variado.
Ahora bien, Fugger no se convirtió en emperador. Podía financiar el camino hacia el trono, pero no sentarse en él. Carlos V, por su parte, podía alcanzar la dignidad imperial, pero necesitaba dinero para hacerlo. Ahí está la semejanza y ahí está también la diferencia. Ambos son herramientas de la voluntad, son hermanos, pero no gemelos.
Sin embargo, el banquero tampoco era un hombre sin poder. Su capacidad de prestar lo volvía necesario. Y quien se vuelve necesario puede influir, aunque no lleve una corona. Ambos tenían voluntad, intereses y necesitaban algo del otro.
Con este texto nace una sección quincenal en la que iré compartiendo las 33 leyes del dinero, mi noveno libro que saldrá el próximo año.
Ley 1
Conócete a ti mismo. La regla fundamental del dinero no tiene tanto que ver con el dinero. Antes que todo, debes conocerte a ti mismo y saber qué quieres, qué te gusta y qué necesitas. Si no lo sabes, es poco probable que el dinero te sirva realmente. Sucederá que el dinero te controle a ti y no al revés. La mayoría de los emprendedores, según la encuesta de Gallup en los Estados Unidos, arranca un negocio no por ambición económica pura, sino por libertad y calidad de vida. La gente quiere dinero, por supuesto, pero para pasar más tiempo con sus hijos, no trabajar en fines de semana o pasar más tiempo de ocio.
Cuenta Plutarco que Alejandro Magno fue a visitar a Diógenes y lo encontró tomando el sol. El rey se acercó y le preguntó si necesitaba algo. Diógenes le pidió que se apartara, porque le estaba tapando el sol. Frente a la posibilidad de pedir un favor al rey, el filósofo sabía exactamente qué quería. Esa anécdota es una gran lección sobre el conocimiento de uno mismo. Diógenes no necesitó revisar lo que Alejandro Magno podía ofrecerle para descubrir lo que le hacía falta. Primero estaba su necesidad; después, la oferta. Parece sencillo, pero muchas veces hacemos lo contrario. Vemos lo que podemos conseguir y entonces empezamos a desearlo, aunque antes no nos hiciera falta.
Puedes desear una casa, un negocio o más dinero. La pregunta es para qué. Si quieres dinero para disponer de tu tiempo, pero conseguirlo te ocupa la vida entera, conviene entonces detenerte y revisar el camino.
El dinero te da la posibilidad de elegir, pero si te descuidas, se vuelve un fin en sí mismo. Uno de los principales riesgos del dinero es convencerte de que puede darte lo que no puede. Te ofrece libertad y posibilidades, pero si piensas que te dará amor, respeto, lealtad, felicidad o incluso placer, entonces el dinero se alzará como un dios exigente y caprichoso y te pondrá a su servicio. Podrás argumentar que el dinero es capaz comprar experiencias placenteras, por ejemplo, pero a menos que seas fetichista, el dinero por sí solo no te dará ningún placer.