Sin dejar a nadie atrás

Talentos

Si administramos con sabiduría e integridad los talentos que nos han sido confiados, no solo garantizamos nuestro propio crecimiento.

Un texto bíblico al que siempre vuelvo es la Parábola de los talentos (Mateo 25, 14:30). Resumida, trata de esto: antes de emprender un largo viaje, un señor confía su riqueza a tres siervos, y les reparte talentos conforme a la capacidad de cada uno. Los dos primeros trabajan con diligencia y logran duplicar lo recibido; el tercero, vencido por el temor, oculta su talento bajo tierra. Cuando el señor vuelve para ajustar cuentas, celebra la fidelidad de quienes hicieron fructificar sus bienes y les concede mayores responsabilidades. En cambio, reprende al siervo por falta de compromiso ante las oportunidades de la vida. Por cierto, la palabra talento, en aquella época, no se usaba como “habilidad” o “don” de personalidad o espiritual, sino que se trataba estrictamente de una medida de dinero, de monedas.

Para mí, se trata de uno de los pasajes más ricos en significado dentro de las Escrituras. Hace algún tiempo, mi interpretación de esa parábola era que hablaba de la responsabilidad fiduciaria que uno tiene cuando administra los bienes de alguien más, y que esa misma lógica se amplía en nuestras vidas para maximizar todo lo posible. Ahora mi punto de vista se ha modificado porque considero que Dios no nos juzga por la cantidad de personas a las que servimos, puesto que para Él una cantidad mayor no significa que uno lo está haciendo mejor. Creo con sinceridad que esta parábola no trata de exaltar las habilidades administrativas o financieras, sino del gran valor que tienen las personas que Dios pone en nuestro camino. ¿De verdad para Dios es importante que nos fijemos en cuánto ganó cada siervo? No creo: el mensaje es la importancia y el valor de las personas que nos rodean. Esto tiene toda lógica ligada a los recursos humanos: debemos cuidar el talento de una empresa como el activo más valioso.

Esa responsabilidad tampoco termina en el beneficio individual. Un talento desarrollado modifica nuestro trabajo y nuestras relaciones. El conocimiento que no se comparte, la autoridad que no se usa con justicia o el capital que sólo protege privilegios pueden crecer sin generar valor. La rentabilidad es indispensable en las finanzas, pero fuera de ellas no basta porque podría haber resultados que aumentaran una cifra, pero que deterioran la confianza que permitió alcanzarla. Administrar con fidelidad exige reconocer ese límite.

En el siglo XVIII, el pastor John Wesley le dio a esta parábola la mejor de las interpretaciones: “Haz todo el bien que puedas. Por todos los medios que puedas. Todas las veces que puedas. A todas las personas que puedas. Siempre que puedas”. Con esas sentencias, lo que Wesley nos pide es profundizar el buen trato a los otros en calidad, no en cantidad, porque todos somos responsables de los talentos de los que nos rodeamos. De hecho, nosotros mismos somos un talento para alguien más, y por eso en nosotros está generar valor cada día, más allá de las expectativas. No prives al mundo ni a ti mismo de tus talentos. Si administramos con sabiduría e integridad los talentos que nos han sido confiados, no solo garantizamos nuestro propio crecimiento, sino que también dejamos una huella que trasciende en el tiempo.

No importa cuantas veces al día sino que sea cada día, hacer lo correcto es lo más rentable siempre.

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