Sin dejar a nadie atrás

José y la generosidad

Cuando los recursos son escasos, ¿actuamos desde el interés propio o una generosidad que construye puentes? José fue un ejemplo de liderazgo generoso, porque dio sin que nadie se lo exigiera, y lo hizo pensando en el bienestar colectivo, no en su comodidad personal.

En la parábola del Génesis 47 se narra una época crítica en Egipto. Una gran hambruna dejó sin alimento a la población que, debilitada, acudió a José, administrador de las reservas, para comprar grano. Cuando los egipcios agotaron sus recursos, suplicaron que no los dejara morir. José aceptó entonces sus animales como pago y les proporcionó comida para sobrevivir, pero el ganado también se agotó. En ese momento crítico, José actuó con una profunda visión de generosidad. No cerró los graneros reales ni desamparó a los necesitados; al contrario, ofreció una alternativa justa: decidió regalar las semillas al pueblo para que cultivara nuevamente. De cada cosecha, una quinta parte correspondería al pago; el resto serviría para alimentar a las familias y volver a sembrar. La gente aceptó el acuerdo con gratitud, convencida de que José le había salvado la vida y permitido comenzar de nuevo con esperanza y dignidad, logrando erradicar la debacle.

Cuando me encontré con esta parábola, no pude evitar pensar en mi infancia y en aquella red de ayuda que conformé con mis amigos en la primaria. No es que hayamos sufrido un hambre atroz, sino que junto con ellos estructuré un sistema de ventas de golosinas en la escuela, cuyas ganancias compartíamos todos. Lo cuento rápido: cuando iba en cuarto de primaria, me urgía ya hacer un negocio. Con mis ahorros, le pedí a mi mamá que me llevara a la Merced a surtirme de dulces. Comencé a venderlos en la escuela, pero a escondidas. Las primeras dos semanas la venta era lenta, hasta que se me ocurrió decirle a mi mejor amigo que me ayudara a vender y que compartíamos las ganancias. Ya éramos dos. Todo mejoró. Luego invitamos a uno más, y más tarde a otros dos. Todos ganábamos.

Es decir, de la parábola tomo, más bien, la sustancia que, sin saberlo entonces, habría de acompañarme en los siguientes años de mi vida, y que después convertí en lema de mi presidencia en la Coparmex Ciudad de México: “sin dejar a nadie atrás”. En medio de la desesperación colectiva, José no solo rescató a Egipto del colapso, sino que dejó una estructura de subsistencia: dio semilla para sembrar, ofreció alimento a cambio de lo que aún podía ofrecerse, y estableció una contribución justa.

Esto me obliga a reflexionar: cuando los recursos son escasos, ¿actuamos desde el interés propio o una generosidad que construye puentes? José fue un ejemplo de liderazgo generoso, porque dio sin que nadie se lo exigiera, y lo hizo pensando en el bienestar colectivo, no en su comodidad personal.

Imaginemos qué habría pasado si José hubiera guardado todo el grano para sí mismo o para la élite. Si hubiese decidido que el hambre del pueblo no era su problema, su nación habría colapsado, y él también. Las crisis no solo revelan carencias materiales: también muestran el corazón de las personas. Y en ese momento, la generosidad no es una opción: es un deber.

No compartir no solo tiene un costo moral. Tiene un costo social, económico e incluso anímico y emocional. La generosidad, bien ejercida, fortalece los lazos, protege la comunidad y crea estabilidad. Una frase común que mis padres siempre nos decían a mí y mis hermanos era: “Dar no empobrece”. Es cierta, pero incompleta (perdón, papás, por decirlo ahora) porque no todo dar construye. Hay que saber cómo dar, cuándo dar y con qué propósito. José no regaló sin medida ni permitió el caos. Su generosidad fue inteligente: adaptada a la realidad, pensada para el futuro, orientada a restablecer el orden y la dignidad del pueblo.

La gran lección de esa parábola es que la generosidad con sentido y propósito transforma, eleva.

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