Siempre he pensado que la madrugada tiene un extraño sentido del humor. Cuando todos duermen, ella decide abrir cajones que uno juraría haber cerrado hace años. Ahí aparecen personas, recuerdos, conversaciones... y, de vez en cuando, también preguntas. Una de ellas me acompañó toda la semana.
Hace unos días me acordé de la secundaria. En mi salón había un director que imponía más respeto que varios maestros juntos. Si te encontraba corriendo por los pasillos, llegabas tarde o traías el uniforme incompleto, era imposible escapar de su libreta. Lo curioso es que nunca recuerdo haberme preguntado quién revisaba su trabajo. Supongo que de niño uno da por hecho que siempre existe alguien arriba de quien pone las reglas.
Con los años descubrí que la vida adulta funciona distinta. Hay jefes, auditores, consejos de administración, órganos internos de control, contralorías y toda clase de personas encargadas de supervisar el trabajo de alguien más. No porque el ser humano sea malo por naturaleza, sino porque incluso las personas bien intencionadas necesitan límites. La confianza, aprendí después, no sustituye a los controles; los hace posibles.
Mientras esa historia del prefecto me daba vueltas en la cabeza, recordé una intervención que escuché hace unos días del ministro Arístides Guerrero. Al reflexionar sobre el nuevo Tribunal de Disciplina Judicial retomó una vieja pregunta del poeta romano Juvenal: ¿Quién vigila a los vigilantes? Confieso que me gustó más la pregunta que la respuesta. Las buenas preguntas suelen durar siglos; las respuestas cambian con cada generación.
En términos sencillos, este nuevo tribunal no existe para decidir nuevamente quién ganó un juicio. Su función consiste en revisar la actuación de jueces y magistrados cuando existan indicios de conductas contrarias a sus responsabilidades, siempre bajo reglas y procedimientos previamente establecidos.
Dicho así parece un asunto reservado para abogados, pero no lo es. También les pertenece a quienes emprenden, invierten, generan empleo o simplemente esperan que, si algún día tienen un conflicto, exista una autoridad capaz de resolverlo con independencia e imparcialidad.
Cuando una empresa analiza invertir en una ciudad o en un país, claro que observa impuestos, infraestructura o disponibilidad de talento. Pero hay una pregunta que suele pesar más de lo que imaginamos: ¿qué ocurrirá si algo sale mal? La respuesta nunca debería depender del tamaño de la empresa, de la influencia de las personas involucradas o de la suerte. Debería depender únicamente del Estado de derecho.
Por eso los mecanismos de supervisión son importantes. No porque partan de la sospecha permanente, sino porque reconocen una realidad profundamente humana: nadie debería revisar su propio examen.
Lo mismo sucede dentro de una empresa. Los mejores consejos de administración no existen porque desconfíen de sus directores. Existen porque entienden que las decisiones mejoran cuando alguien puede hacer preguntas incómodas. Una auditoría responsable rara vez destruye una institución; normalmente la fortalece.
Ese mismo espíritu fue retomado durante la instalación de la Asociación Nacional de Tribunales de Disciplina Judicial. Así lo sostuvo el doctor Diego Guerrero durante su toma de protesta como presidente fundador de este organismo, subrayó que estos nuevos órganos deben fortalecer la coordinación entre sí, pero sin relaciones de subordinación, y mantener una comunicación constante con la sociedad. Me parece una idea valiosa. La confianza no sólo se construye con leyes; también se construye conversando.
Al final, quizá Juvenal formuló la pregunta correcta, pero la respuesta nunca ha dependido de una sola institución.
Depende de una sociedad que no renuncie a preguntar, de autoridades que no teman responder y de ciudadanos que entiendan que los contrapesos no son un obstáculo para la confianza, sino la condición para construirla.
Porque cuando nadie puede ser cuestionado, tarde o temprano todos terminamos siendo vulnerables.