Sin dejar a nadie atrás

Si es muy bueno para ser cierto, es muy bueno para ser cierto

No fui víctima de una sofisticada estrategia financiera, sino de una extraordinaria estrategia para alimentar mi vanidad y mi ambición. Lo curioso es que uno cree que estas historias sólo le pasan a otros, hasta que descubres que en el terreno de las emociones nadie es inmune.

Me regalaron un gallo. Llegó medio estresado, pero con cuidados y amor se recuperó de volada. Dicen que los animales se parecen a quien los cuida, el mío canta tarde, después de las siete de la mañana, es nocturno como yo. Ya aprendí a hacer las paces con el insomnio. Fer, mi socio, fue testigo y víctima de ello, antes nos escribíamos a las dos de la mañana y no exagero si algunas de nuestras mejores ideas las tuvimos a esas horas.

Hace unos días, una de esas madrugadas me regresó un recuerdo de hace algunos años. Uno incómodo. De esos que primero dan pena pero terminas por aceptar. Por aquellos años conocí a alguien que rápidamente se hizo mi amigo. Me regalaba libros raros y antiguos, platicábamos de literatura, me invitaba a desayunar tarde, late brunch como le llamo, según Instagram sería un bromance hecho y derecho.

Después de meses de cultivar esta relación tan bonita, algo despertó mi curiosidad. Eran los inicios del boom del bitcoin en México. A mi nuevo amigo se veía que le iba muy bien, casi no hablaba de su negocio sino de forma muy vaga. En medio del almuerzo de mediodía, por fin le pregunté a qué se dedicaba. Me contestó que al trading de criptomonedas. No hice más preguntas y él no dio más explicaciones. Pasaron un par de meses más y a media conversación lo interrumpo y le digo, ya explícame por favor qué y cómo le haces.

Me explicó sobre bitcoins, stable coins y trading. Todo me hizo sentido. Él invertía en criptos y les daba a sus clientes rendimientos en dólares de hasta un 15% mensual. Le pregunté si todavía podía entrarle, me contestó que como éramos amigos me podía aceptar no más de cierto monto. Estaba tan emocionado que en esa ocasión no le consulté a Fer, al fin y al cabo, me dije, me daría sólo razones de por qué no entrarle. Preferí hacerlo por mi cuenta y cuando tuviera resultados, le demostraría con hechos el por qué sí.

Durante tres meses recibí puntualmente mi lana. Fueron tres meses de estar ganando una buena lana, sí, pero sobre todo fueron tres meses de saber que yo había tenido la razón. Al cumplirse el tercero, cuando volaba de regreso a la CDMX, no cayó el pago a la hora usual. Le escribí antes de despegar para preguntarle, y me dijo que no me preocupara, que se había retrasado un poco pero que lo esperara unos días más y me duplicaría mis intereses. El avión despegó, me quedé sin señal y yo entendí todo. Acababa de ser estafado en lo que Fer hubiera catalogado como fraude nivel preescolar. No fui víctima de una sofisticada estrategia financiera, sino de una extraordinaria estrategia para alimentar mi vanidad y mi ambición. Lo curioso es que uno cree que estas historias sólo le pasan a otros, hasta que descubres que en el terreno de las emociones nadie es inmune.

Olvídate de lo absurdo del 15% mensual, esto no es sobre dinero sino sobre el corazón. Es fácil explicar por qué un rendimiento así es imposible, lo importante sería entender cómo decidí creer que no lo era. Quería ganar, sí, porque hacerlo implicaba ser especial y que en esta ocasión yo había encontrado una oportunidad que sólo pude ver yo. Son de nuevo las dos de la mañana, me ahorraré despertar a Fernando porque basta recordarlo y entender que el problema de las cosas que son demasiado buenas para ser ciertas, no es que estén bien disfrazadas, sino que queremos que sean ciertas.

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