Monterrey

Angel Maass: La economía mexicana en modo “ajuste fino”

Septiembre trajo consigo un menú económico digno de banquete: decisiones de política monetaria, pleitos arancelarios, inversiones extranjeras millonarias, inflación incómoda y hasta la resurrección del debate energético.

Todo en menos de quince días. México, más que país emergente, parece laboratorio vivo de tensiones económicas globales.

El Banco de México realizó un recorte de 25 puntos base en la tasa de referencia, ubicándola en 7.50%. Fue un movimiento que esperaba el consenso. El mensaje: la Junta de Gobierno confía en que el ciclo desinflacionario está lo suficientemente avanzado como para acelerar el ritmo.

Sin embargo, la inflación mostró un ligero repunte en la primera quincena, lo que sugiere que Banxico deberá manejar el bisturí con cuidado. El dilema es claro: apoyar la actividad económica sin arriesgar credibilidad.

En paralelo, el Gobierno avivó un incendio diplomático: aranceles del 50% a autos chinos. La medida protege a la industria nacional —y de paso calma a Detroit—, pero abre un frente comercial delicado.

China difícilmente se quedará cruzada de brazos y, con el T-MEC a la vuelta de la esquina, México juega un ajedrez geoeconómico arriesgado. Aplaudirán los armadores locales, pero tiemblan los consumidores que soñaban con un sedán eléctrico barato.

No todas son tensiones: se anunció un data center de $8,000 millones de dólares en Querétaro, el mayor proyecto de su tipo en América Latina. Silicon Valley descubre que el Bajío no solo hace autopartes; también puede alojar la nube global.

La inversión suena a panacea de modernización digital, aunque recuerda la eterna paradoja mexicana: infraestructura de primer mundo conviviendo con apagones de la CFE. Habrá que ver si los megawatts alcanzan.

Mientras tanto, el frente fiscal sigue bajo lupa. Hacienda presentó un presupuesto 2026 con déficit superior al 4% del PIB. La apuesta: gastar para mantener el impulso, confiando en que la recaudación alcance. Pero los mercados —y las agencias calificadoras— observan con ceño fruncido. Un soberano con deuda en ascenso y poco espacio fiscal se vuelve candidato a perder grado de inversión. ¿Hacienda juega al keynesianismo o a la ruleta rusa? El tiempo lo dirá.

La deuda corporativa también se mueve: varias empresas mexicanas regresaron a los mercados internacionales con colocaciones récord, aprovechando apetito por emergentes y spreads todavía contenidos.

Sin embargo, un tropiezo político local podría cerrar la ventana en seco. En paralelo, la banca de desarrollo se activó para financiar PYMEs, recordando que no solo las multinacionales merecen oxígeno.

Otro dato que prendió alarmas: exportaciones manufactureras con desaceleración. El superávit comercial se achica y la sombra de un enfriamiento global amenaza al motor exportador. Aquí México enfrenta su mayor dilema: ¿puede sostener su narrativa de nearshoring si la demanda en EE.UU. se enfría? El nearshoring es promesa de oro, pero con pies de barro si no se invierte en logística, energía y seguridad.

Por si faltara, la CFE y Pemex volvieron al centro del debate. Mientras la primera reporta tensiones para abastecer energía a nuevos parques industriales, la segunda sigue siendo el “hoyo negro” de las finanzas públicas.

El crudo mexicano ya no es la gallina de los huevos de oro, pero sigue consumiendo subsidios como si lo fuera. Las dudas sobre sostenibilidad energética y fiscal se entrelazan peligrosamente.

En medio del ruido, el peso mostró resiliencia, aunque con episodios de volatilidad. Entre “carry trade” atractivo y la confianza relativa en Banxico, la divisa mexicana sigue siendo el “rockstar” de emergentes. Pero ojo: la fortaleza cambiaria no resuelve problemas estructurales; solo los maquilla.

¿Qué lectura hacer de este mosaico? México vive un proceso de ajuste fino: recorta tasas sin perder credibilidad, gasta sin romper del todo la caja fiscal, protege industrias mientras corteja inversión extranjera, presume estabilidad macro, aunque la micro cuente otra historia.

La economía nacional se balancea como sonámbulo: un paso en falso y caemos en déficit insostenible, pérdida de grado de inversión o conflictos comerciales. Pero si el equilibrio se mantiene, podríamos ver un ciclo virtuoso de inversión, digitalización y crecimiento.

El reto es no confundir coyuntura con estrategia. Banxico no puede cargar solo con la estabilidad, Hacienda no puede gastar sin rendir cuentas, y las grandes inversiones no sustituirán reformas estructurales pendientes.

México tiene viento de cola con el nearshoring, pero necesita brújula clara. De lo contrario, el país seguirá improvisando como mariachis en un bar: afinando sobre la marcha, pero siempre al filo de la desafinación.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.

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