Monterrey

Kathia Ramos: Sostenibilidad financiera: discurso o acción

¿Cuál es el costo político y económico de los fenómenos de redwashing y greenhushing y cómo atentan contra la sostenibilidad?

En el mundo corporativo, es bastante conocido el greenwashing: ese abanderamiento verde que muchas empresas emplean como estrategia para aparentar sostenibilidad sin serlo realmente. Pero hoy emergen dos fenómenos distintos y más complejos: el redwashing y el greenhushing.

Empezando con el primero, de acuerdo con Freya Williams, autora sobre temas de sostenibilidad, el redwashing es una práctica consiste en algo más perverso: rechazar en público la sostenibilidad y los criterios ESG, mientras en privado se capitalizan los beneficios de estas políticas.

Tanto Williams como otros estudios señalan que hay entidades en Estados Unidos que han sido críticos de las políticas climáticas, pero han aprovechado los incentivos para impulsar la economía de la región y la inversión en tecnología e infraestructura energética.

Mientras tanto, en la iniciativa privada parece que crece el greenhushing. Las empresas, aun comprometidas con prácticas sostenibles, deciden no comunicarlas por miedo al escrutinio político o a campañas de boicot.

En otras palabras, siguen invirtiendo en eficiencia energética, cadenas de suministro responsables y descarbonización, pero lo hacen en silencio.

El último reporte de EcoVadis revela que el 87% de compañías encuestadas en Estados Unidos mantienen o incluso aumentan sus inversiones en temas ambientales, sociales y de gobernanza.

Sin embargo, de este número de empresas, el 36% está comunicando menos públicamente y el 9% afirma continuar invirtiendo ha dejado de comunicar al respecto. En otras palabras, cerca de la mitad de las empresas que continúan invirtiendo en iniciativas sostenibles hablan menos o no comunican al respecto sobre dichos proyectos.

Cuando estas iniciativas se ocultan o se rechazan públicamente, surgen riesgos. La discreción o el rechazo abierto a la sostenibilidad puede invisibilizar los avances, debilitar la transparencia y limitar la presión competitiva que impulsa al resto del mercado a elevar sus estándares.

Esta incoherencia erosiona la confianza en los mercados y refuerza la idea equivocada de que la sostenibilidad es enemiga del crecimiento económico, especialmente cuando se integra al discurso que presenta lo “woke” o lo “verde” como enemigos del libre mercado.

En la práctica, las inversiones sostenibles demuestran lo contrario: pueden reforzar el libre mercado. Fomentan la innovación tecnológica, mejoran la eficiencia energética y generan nuevas oportunidades de negocio.

Además, impulsan la competencia y la diversificación en sectores clave como energía, manufactura, transporte y construcción, mostrando que sostenibilidad y rentabilidad pueden avanzar de la mano.

Ambos fenómenos son síntoma de una polarización que coloca la sostenibilidad en el campo de batalla ideológico. Aun así, los datos muestran que la inversión verde es rentable, fomenta la innovación y fortalece la resiliencia de las empresas frente a crisis globales.

El verdadero desafío es no dejar que el ruido político desvíe a los gobiernos y a las empresas de lo que realmente importa: construir modelos competitivos y sostenibles que aseguren tanto el crecimiento económico como el futuro del planeta.

Nombrar al redwashing y al greenhushing es un primer paso para exigir coherencia. Los capitales buscan certezas, no contradicciones.

Y si algo nos están enseñando estos fenómenos es que, en tiempos de crisis climática, la falta de congruencia entre el discurso y las acciones no es solo un problema ético: es un riesgo financiero.

La autora es Directora de la Licenciatura en Finanzas del Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey, y profesora del Departamento de Contabilidad y Finanzas, adscrita al FAIR Center.

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