Monterrey

Luz Araceli González: La COP28 grandes expectativas, pobres resultados

Hace más de 50 años se realizó la Conferencia Científica de las Naciones Unidas, también conocida como la Primera Cumbre de la Tierra, la cual tuvo lugar en Estocolmo, Suecia en 1972. En aquella época se denunciaron, por primera vez los impactos medioambientales que sufría el planeta y se hizo un llamado para generar acciones conjuntas que aminoraran el cambio climático que a decir de los expertos de aquella reunión podían poner en jaque la supervivencia humana. En aquella reunión hace 51 años, se lanzó un plan de acción con una serie de recomendaciones para concertar acciones comunes a favor del medio ambiente.

De aquella primera reunión a la fecha se han celebrado un gran número de reuniones internacionales, cumbres, se han establecido protocolos, acuerdos, convenios, declaraciones y demás iniciativas, no obstante, lo único cierto es, que después de este medio siglo, la crisis medioambiental se ha agudizado y sus manifestaciones se han exacerbado.

Extinción de especies animales y vegetales, cambio climático, calentamiento global, deshielo de los polos, alteraciones atmosféricas, estrés hídrico, y muchas otras dan cuenta del profundo impacto que genera el ser humano, la industria, y las demás dinámicas de las sociedades actuales.

Esta crisis medioambiental también ha sido incentivo para el establecimiento de una serie de organizaciones gubernamentales, como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Organización Meteorológica Mundial, además de organizaciones no gubernamentales como Greenpeace y tantas otras que buscan implementar acciones para frenar y de ser posible revertir el daño ambiental que hoy padece el planeta.

En paralelo a estos esfuerzos, desde 1994 en el Marco de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, se adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y la consecuente realización de la Conferencia de las Partes (COP) como el órgano supremo de esta convención la cual se ha reunido anualmente con el fin de adoptar decisiones y plantear acciones que conduzcan a la consecución de los objetivos de lucha contra el cambio climático.

En la última edición de la COP, recién celebrada del 30 de noviembre al 12 de diciembre en Dubái los estados participantes aprobaron una hoja de ruta para la transición hacia el abandono de los combustibles fósiles, lo cual supone, para unos la desaparición progresiva y para otros la reducción progresiva del uso del petróleo, del carbón y del gas, considerados los principales contribuyentes del cambio climático.

El llamado “Balance Global” está considerado el acuerdo central de la cumbre climática COP28, en él se hace un llamado a los países para contribuir en los esfuerzos globales que permitan reducir la contaminación por carbono y abandonar los combustibles fósiles en los sistemas energéticos a fin de lograr cero emisiones para el año 2050.

A tan solo unos días de haberse concluido la reunión de Dubái y haberse concretado el tan debatido acuerdo, ya son muchas las voces que reconocen las lagunas jurídicas del documento, lo mismo que la inviabilidad para su concreción a lo que se suma la declaración del presidente de la misma COP28, el sultán Al Jaber, que “no existe ninguna ciencia, ni ningún escenario, que diga que la eliminación progresiva de los combustibles fósiles es lo que va a permitir alcanzar el 1,5″.

El “Balance Global”, si bien representa la buena voluntad y las aspiraciones universalistas para combatir el calentamiento global y llevar a cabo el reforzamiento de acciones a favor del clima. Lo cierto es que a más de 50 años de la cumbre de Estocolmo y hasta la COP28 durante miles de horas se ha debatido el tema, millones y millones de dólares se han gastado en reuniones, en burocracias internacionales, y los efectos del deterioro ambiental van en aumento.

Aunque los países han firmado el acuerdo, lo cierto es que los principales productores de petróleo no sacrificarán, al menos en el mediano y corto plazo los dividendos que genera esta industria. La tan referida transición energética exige de inversiones multimillonarias, así como el desarrollo de nuevas tecnologías que no todos están dispuestos a pagar.

El gobierno de la cuatro 4T en México es un claro ejemplo ya que ha sido partícipe de todos estos esfuerzos, no obstante, la actual administración se niega sistemáticamente a tomar acciones reales contra el cambio climático, no promueve la transición hacia energías limpias y muy por el contrario, uno de sus proyectos estratégicos es la construcción de la Refinería de dos bocas así como la multimillonaria compra de la refinería Deer Park, Texas, Estados Unidos a través de Petróleos Mexicanos (Pemex) en enero del 2022.

Mientras los intereses corporativos, la corrupción, y la falta de visión imperen la crisis medioambiental seguirá estando relegada y con ella el futuro de las generaciones estará en mayor riesgo.

La autora es Doctora en Relaciones Internacionales, especialista en Asuntos Globales y Política Internacional. Profesora investigadora de la Escuela de Gobierno y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey.

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