Un fanático es una persona que muestra una devoción extrema y apasionada hacia un tema, actividad, grupo, idea, persona o cualquier otra cosa que despierte su interés.
La característica distintiva del fanático es la intensidad de su devoción, que puede manifestarse en una lealtad inquebrantable, una dedicación extraordinaria y una disposición a pasar por alto críticas o perspectivas distintas a las suyas.
En política, existen fanáticos cuya devoción puede llevarlos a adoptar actitudes y comportamientos que van más allá de la mera afiliación política, llegando a una lealtad incondicional.
El fanatismo político puede surgir cuando la lealtad se vuelve incondicional y se traduce en actitudes extremas, hostilidad hacia los opositores y resistencia a considerar otras perspectivas.
Este fenómeno no está limitado a un partido específico, ya que puede manifestarse en seguidores de diferentes partidos políticos, incluyendo Morena, el PAN o el PRI, y puede estar motivado por una combinación de factores que incluyen creencias personales, identidad social, necesidades psicológicas y experiencias de vida.
En México, estamos observando que esta actitud contribuye a una mayor polarización entre los partidarios de MORENA y los seguidores del Frente Amplio por México. Estamos ante manifestaciones de hostilidad, adopción de posiciones rígidas y poca disposición para buscar puntos en común.
En los últimos 5 años, hemos sido testigos de cómo el fanatismo político nos ha llevado a una menor empatía e incluso a deshumanizar a aquellos que se perciben como “enemigos políticos”.
Este extremismo se ha alimentado en años recientes y ha obstaculizado el diálogo constructivo entre las diversas corrientes de opinión en México, cerrando la disposición a escuchar y dificultando la búsqueda de soluciones y la cooperación para resolver los problemas nacionales.
Otro aspecto importante que alimenta el fanatismo es la creciente y profunda desconfianza desde y hacia las instituciones políticas y sociales, debilitando la estabilidad democrática y la gobernabilidad.
Algunos podrían argumentar que este tipo de radicalización también tiene efectos positivos, seguramente para quienes se benefician de él, ya que es un buen combustible para movilizar y energizar la base de un partido o movimiento.
Desde esta perspectiva, el fanatismo político puede ofrecer claridad en el mensaje, es decir, que los fanáticos comunican sus puntos de vista de manera directa y convincente, resultando efectivo para transmitir sus ideas y movilizar a la gente.
También puede proporcionar una fuerte identidad y sentido de pertenencia a un grupo, permitiendo establecer una conexión significativa entre fanáticos.
Es importante destacar que, a pesar de estas perspectivas, este tipo de cautiverio emocional conlleva importantes y muy serios riesgos, ya que puede estar en riesgo la paz social, la seguridad, el bienestar y el orden social.
En este proceso electoral, se observan signos muy claros de radicalización en los principales bandos políticos que disputan la presidencia de la república y el control del poder. Por desgracia, veremos cómo la polarización extrema, la falta de diálogo constructivo, la hostilidad entre quienes tienen opiniones diferentes y la desinformación serán cosa de todos los días. Es decir, seremos testigos del fanatismo político.