Monterrey

Pablo de la Peña: El peligro de la indiferencia

Los autores Levitsky y Ziblatt describen a detalle cuatro indicadores del comportamiento autoritario que los líderes adoptan en el proceso de destruir una democracia.

Hace unas semanas Latinobarómetro publicó los resultados de su estudio que realiza en los países de América Latina cuyo propósito es conocer el sentimiento de la población sobre la democracia, el desempeño de sus gobiernos y la confianza en las instituciones, entre otras cosas. Este reporte 2023 integra los resultados de más de 19,200 entrevistas distribuidas de manera representativa en cada país.

Al leer los resultados no pude evitar pensar en los argumentos presentados por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su libro “Cómo mueren las democracias” 2018 publicado por Crown. Los autores argumentan que las democracias modernas no mueren necesariamente por golpes de estado, como estábamos acostumbrados a observar tradicionalmente, sino que ahora es a través de la concentración del poder en los líderes que erosionan la credibilidad de las instituciones y fracturan la legitimidad, tanto del proceso democrático como la de sus oponentes.

Los autores Levitsky y Ziblatt describen a detalle cuatro indicadores del comportamiento autoritario que los líderes adoptan en el proceso de destruir una democracia.

El primer indicador es el rechazo o debilitamiento de las reglas del proceso democrático, en este punto los líderes que desean destruir la democracia intentan debilitar las autoridades electorales (INE por ejemplo) rechazan o hacen caso omiso a las reglas y a la autoridad constitucional (¿le suena conocido esto?).

En segundo lugar, los autores señalan la negación de la legitimidad de los oponentes. Los líderes autoritarios hacen constantes señalamientos sobre la posible amenaza que representan los oponentes al régimen actual y, se manifiestan sobre la posible ilegitimidad de sus oponentes.

En tercer lugar, se encuentra la tolerancia hacia la violencia, no solamente dejan pasar la violencia y fingen implementar acciones que no resuelven nada, incluso mantienen vínculos con grupos criminales, y hay un claro incremento en la violencia hacia políticos y autoridades de seguridad a lo largo y ancho de las organizaciones públicas.

Finalmente, los autores señalan que los líderes con deseo de concentrar el poder empiezan a imponer restricciones a las libertades civiles mediante la intimidación, arrestos y cualquier tipo de amenaza pública. Creo que hay varios países en América Latina en los que los líderes han dado muestras de uno o más de estos cuatro puntos señalados por Levitsky & Ziblatt.

Ahora bien, regresando el tema de los resultados de Latinobarómetro, creo que es razonable argumentar que dado los resultados del 2023, podemos entender que algunos líderes latinoamericanos tomen acciones encaminadas a la concentración de poder.

De acuerdo con estos resultados, solamente el 48 por ciento de los encuestados dicen preferir un régimen democrático, un 17 por ciento dice preferir un gobierno autoritario y un 28 por ciento dice que le da lo mismo cualquier tipo de régimen. Por lo que, si sumamos de manera simple, los porcentajes de la población que dice preferir un régimen autoritario y a los que les da lo mismo, tenemos que muy probablemente un 45 por ciento de la sociedad Latinoamericana podría apoyar un régimen autoritario. ¡Si esto no es alarmante, no sé qué pueda serlo!

Es importante resaltar también, que de acuerdo con el estudio de Latinobarómetro en el 2015 solamente un 19 por ciento de los encuestados decían que les daba lo mismo cualquier tipo de régimen, es decir que eran indiferentes al régimen en sus países; sin embargo, este porcentaje se ha estado incrementando de manera constante hasta el 28 por ciento de este año. Mi lectura es que la población es cada vez más indiferente a la manera en que los líderes llegan al poder.

Para el caso de México, en los resultados del 2020, el 43 por ciento de los encuestados decían que preferían un régimen democrático a cualquier otro, ahora para el 2023 solamente el 35 por ciento dice preferir un régimen democrático. Es decir, cada vez hay menos personas que dice apoyar a la democracia.

Otro dato que es relevante destacar de estos resultados de Latinobarómetro, es que los jóvenes entre 16 y 25 años son los que menos apoyan un régimen democrático y además tienen el porcentaje más alto de indiferencia.

El 55 por ciento de los encuestados de 61 años y más dice preferir un régimen democrático, el 51 por ciento de las personas entre 41 y 60 años dice preferir un régimen democrático, el 45 por ciento entre las personas de 26 y 40 años prefiere un régimen democrático, pero solo el 43 por ciento de quienes tienen entre 16 y 25 años dicen preferir un régimen democrático, y dentro de este mismo rango de edad, el 30 por ciento dice ser indiferente a cualquier régimen. Con estos datos podemos concluir que, el porcentaje de preferencia y apoyo a la democracia cae más de 20 puntos porcentuales entre el grupo de más edad y el grupo de menor edad.

Creo entonces que, si en los últimos años se ha estado incrementando el porcentaje de la población que dice ser indiferente a cualquier régimen, y el porcentaje de las personas que dicen apoyar un régimen autocrático sigue en aumento, es porque las nuevas generaciones no valoran las ventajas de tener un régimen democrático en sus países. Maquiavélicamente, ante estos resultados, los líderes con tendencias autoritarias no tienen ningún incentivo para promover y mantener los pilares que sostienen un régimen democrático en sus países, al contrario, encuentran tierra fértil para promover medidas populistas despóticas para acelerar la concentración de autoridad y la permanencia en el poder.

Estos resultados del estudio de Latinobarómetro son una llamada de atención, no solo para quienes representan los valores democráticos a través de una función oficial de representación ciudadana, sino para toda la sociedad que tenemos conciencia sobre los riesgos que implica la concentración del poder y el desequilibrio de la fuerza institucional que mantiene de pie a nuestras democracias.

Es una llamada de atención para mantener el balance del poder, para mantener la fuerza de nuestras instituciones y sobre todo, para mantener las garantías de libertad que representa un sistema democrático, a pesar de sus carencias, pero la historia nos ha enseñado que la alternativa es mucho peor.

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