Tal vez las vacaciones sean sólo un cambio de rutina en un espacio diferente y en donde el tiempo transcurre disparejo. En realidad nada cambia en la persona, sólo encuentra algunas facetas necesarias para sobrevivir a la compañía, a las (in)comodidades y a la otra lógica en la que se organizar las cosas.
Visitar el México rural, aunque se tenga hospedaje en las mejores casas, es enfrentarse a un ritmo de vida más pausado que termina por agregarle horas al día. Es encontrar la mano obrera de los detalles lujosos y la calidez en la decoración.
Una cruz hecha con la palma bendecida en la Semana Santa anterior, adornada con una flor de plástico que a la distancia puede parecer linda. Esa cruz debajo de la fotografía de ancestros y familiares que se adelantaron hacia el más allá. Y una biblia.
El mantel siempre va a tener flores si es el del comedor, bonitas, grandes, sencillas y cándidas. Si alcanza también tendrá un ribete de encaje de algodón o mejor aún, tejido por manos locales. Poco importa si es norte, este o sur, en algún rincón especial estarán las imágenes del Sagrado Corazón, la virgen, un el niño dios vestido para olvidar el frío diciembre en que nació.
La madera de las sillas tiende a ser rojiza, no es caoba, pero podría ser encino. En el sur la caoba y el cedro se ven más lindos en las roperías o los muebles de la recámara. En el norte, podría ser nogal y pino. Si hay una sala es importada de la ciudad, tapices garigoleados en tonos claros que contrastan con el intenso color de las paredes.
Pocas comodidades faltan en las cabeceras municipales, aunque a veces falla la luz y entonces la Internet, el aire acondicionado, el ventilador, la bomba para subir el agua al tanque se tienen que esperar a que aquella vuelva, como si lo hiciera por su cuenta. La gente sale a los porches a esperarla y toma el fresco entre las velas.
Las carreteras serán secundarias y posiblemente entronquen con una federal. Están pavimentadas aunque les sobran baches que de cuando en cuando se reparan. Hasta las siguientes lluvias que les devuelve a la realidad.
Los caminos vecinales -más o menos inseguros- van con sombra casi todo el tiempo. El burro, el caballo, los perros nunca faltan. Los gatos son más astutos y se ven menos, pero comen igual, se cuelan por las ventanas o quicios y de noche es fácil encontrarles comiendo restos sobre la estufa.
Con gallo o sin él, las aves igual despiertan temprano, pero en el campo se escuchan más tal vez porque se cuelan a la par de los primeros rayos. El sol es más amable durante el día y las fases de la luna se notan noche a noche. Las estrellas están más vivas porque aquellas, las de nuestras almas queridas, titilan más fuerte.
En el México rural es fácil olvidarse de los aeropuertos, los turibuses, los edificios espectaculares porque las montañas son más amplias, los volcanes más vivos y los lagos no son artificiales.
Tal vez las vacaciones sean solo un cambio de rutina que transforma a la gente.
