Monterrey

Jorge Manjarrez: La terca realidad

El discurso oficialista se enfoca en el vaso medio lleno y no en el medio vacío porque las buenas acciones de gobierno nadie las destaca; la noticia son los apagones, que afectan a menos del 5% de la población, no el 95% que recibe el suministro eléctrico.

Es encomiable que los medios de comunicación libres, y la propia ciudanía por medio de las redes sociales, señalen las deficiencias porque así se contribuye al mejoramiento del gobierno y a mejorar el nivel de vida de la comunidad.

También la comunicación oficial cumple una función importante en tanto difunda hechos reales, acciones y obras concretas como un ejercicio de transparencia y rendición de cuentas con quien le otorga el poder a los gobernantes; la ciudadanía.

Sin embargo, una cosa es cumplir con el deber de informar a la sociedad y otra es manipular y distorsionar la información para presentar una realidad alternativa ficticia.

Con el afán de ganar popularidad, altamente preciada en el campo electoral, el gobernante, municipal, estatal o federal, cae en la trampa de la verborrea. Este padecimiento, propio de los egocéntricos, se caracteriza por el uso excesivo de la palabra y la incapacidad de escuchar al interlocutor.

Es fácil caer en ella porque, al iniciar funciones, el gobernante trae la inercia de la campaña que lo llevó a ganar la elección. En general, las campañas políticas demuestran que quienes más convencen no siempre hablan con la verdad, más bien, dicen lo que la gente quiere escuchar de una manera congruente y creíble; y como en la campaña no hay que demostrar nada, la estrategia funciona.

Además, durante las campañas, se acostumbran a propagar mentiras sin ninguna consecuencia. Algunos de estos infundios se propagan en la llamada “guerra sucia” que se encarga de desprestigiar a los adversarios con imputaciones no probadas bajo el principio de Francis Beacon: “calumnia que algo queda”. Generalmente están relacionadas con corrupción, nepotismo, escándalos sexuales, delincuencia organizada o adicciones.

Las promesas y compromisos de campaña también tienen un alto componente de falsedad, pero son tan bien presentados que muchas veces logran obtener la preferencia del votante. Sin embargo, muchas veces el ciudadano otorga su voto no por haber sido engañado si no porque tiene la esperanza de que en esta ocasión el candidato (a) cumpla sus promesas ya sea porque proviene de un partido diferente, es independiente o tiene ciertas características personales: juventud, género, origen humilde, etc. La esperanza muere al último, dice el conocido refrán.

Al tomar posesión, algunos gobernantes, empiezan a cambiar su discurso y poco a poco van hablando, no con la verdad, pero sí tomando en cuenta situaciones reales como un limitado presupuesto, el contrapeso de poderes, los compromisos adquiridos en campaña y la influencia de la prensa y de los grupos de poder.

Otros, continúan con un discurso “campañero” ya sea porque aún en el cxargo, andan permanentemente en campaña; porque perdieron todo contacto con la realidad producto del egocentrismo, la soberbia y borrachera de poder; o porque creen que la gente es tonta, ya que, si les creyeron en campaña, ¿por qué no habrían de creerles ahora?

En cualquier caso, un gobernante que sigue con un discurso “campañero” está destinado a perder credibilidad, autoridad y respeto; factores que son cruciales para la gobernabilidad y la gobernanza.

La gente termina por no creerle nada; sus adversarios por ridiculizarlo y su gabinete por ignorarlo.

Algunos más se aferran a un falso discurso con la expectativa de que a fuerza de repetición se vuelva verdad; como argumentó Goebbels, el estratega de Hitler: una mentira repetida mil veces se vuelve realidad. Esta estrategia es muy socorrida porque en pleno siglo XXI sigue probando su efectividad, no solo en nuestro País, si no en varias partes del mundo.

En este caso se la juegan el todo por el todo; si logran posicionar su realidad alternativa podrán ejercer el poder con facultades autoritarias; pero solo por un tiempo: no puedes engañar a todos, todo el tiempo.

En pocas palabras, la terca realidad termina imponiéndose: la inseguridad, la narcopolítica, la contaminación ambiental, la escasez de agua, la corrupción, el ataque a la democracia, los cortes en la energía eléctrica, los conflictos políticos, la pobreza y la desigualdad, se niegan a desaparecer aún ante la fuerza de la palabra.

De los aspirantes, y suspirantes, a puestos de elección popular, surgirán muchas promesas, compromisos, guerra sucia, fake news y slogans de campañas; mucha información que habremos de analizar y procesar.

En el fondo, el juego es claro. La misión de ellos es convencer, la de los ciudadanos, ejercer nuestro derecho al voto de manera libre y responsable, no caer en el engaño ni movernos por falsas esperanzas, de eso ya hemos tenido bastante.

El autor es economista, demógrafo y politólogo. Profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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