La supervivencia de algunas especies en peligro de extinción como el oso polar, el rinoceronte blanco y la vaquita marina, puede lograrse si actuamos de inmediato y detenemos la destrucción de su hábitat, la caza y pesca excesiva y la afectación al medio ambiente.
Desafortunadamente hay otras “especies” que con certeza se extinguirán del mundo terrenal, pero tienen la oportunidad de trascender dependiendo del legado que dejen a la humanidad.
Una de ellas es la generación de los baby boomers, como se conoce a la numerosa cohorte que nació entre 1946 y 1964, periodo en el que se registraron altas tasas de crecimiento poblacional debido a una creciente natalidad y a un notorio abatimiento de la mortalidad.
Hablar de generaciones genera controversia porque las divisiones cronológicas son subjetivas y es difícil pensar que de un día para otro una persona pertenece a otra generación. Sin embargo, el uso de generaciones es de utilidad en diversos análisis económicos, políticos y sociales en los que se consideran rasgos que definen a ciertos grupos poblacionales.
De acuerdo con Strauss y Howe, (Generations), identificamos una generación de acuerdo con la personalidad de sus integrantes quienes tienen actitudes colectivas similares respecto a diversos aspectos como vida familiar, roles por género, sexo, tipo de vida, trabajo, autoridad e instituciones.
Para Ortega y Gasset, (En torno a Galileo), generación es “la concepción más importante en la historia” y la visualiza como “una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas de su tiempo, al tipo de mujer triunfante en su mocedad y hasta al modo de andar usado a los veinticinco años… Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distinguen por una peculiar adoración”.
Para Octavio Paz, la generación es: “… un grupo de muchachos de la misma edad, nacidos en la misma clase y el mismo país… Con frecuencia dividida en grupos y facciones que profesan opiniones antagónicas… Sin embargo, los temas vitales de sus miembros son semejantes; lo que distingue a una generación de otra no son tanto las ideas como la sensibilidad, las actitudes, los gustos y las antipatías, en una palabra: el temple”.
Actualmente, en México, la generación de los baby boomers somos un orgulloso grupo de 10 millones de “muchachos” y “muchachas”, entre los 59 y 77 años de edad, que al nacer teníamos una esperanza de vida de solo 58 años y que debido a los extraordinarios avances en medicina y tecnología, y la gracia divina, hemos llegado a esta edad.
Nos antecedió la generación silenciosa (1928-1945) y nos siguieron la generación X (1965-1980); la Y, o millennial (1981-1996); la Z, o centennials (1997- 2009); y la Alfa, (2010-actualidad).
Coincidimos, en este momento, seis generaciones, cada una con su propia sensibilidad, actitudes, gustos y antipatías, conscientes de que cada generación contiene una parte de todas las generaciones anteriores por lo que la más actual es un resumen de la historia; diría Ortega y Gasset, “el presente está hecho con la materia del pasado”.
Y agrega: “El descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer”.
Los baby boomers enfrentamos ese descubrimiento quizá con algo de melancolía por la irremediable conclusión de un ciclo, pero con la convicción de que si bien la edad merma la condición física, también ennoblece el alma y fortalece el espíritu.
Nos enorgullece nuestro temple que se formó ante la adversidad con la cultura del esfuerzo, la responsabilidad, la educación, el trabajo, la disciplina, el respeto y la aspiración por ser mejores. Creemos en el valor de la familia y de los amigos, reales no virtuales, y asumimos con orgullo la oportunidad de retribuirle algo a nuestros padres y darle lo mejor dentro de nuestras posibilidades a los hijos.
Cuando jóvenes tuvimos nuestro periodo de rebeldía en los años sesenta y setenta del siglo pasado, salimos a las calles y rompimos el silencio. Era cuando nuestros padres, de otra generación, se escandalizaban por el pelo largo de los hombres, la minifalda de las mujeres, la música de rock y unos toques de mariguana.
Como adultos, quizá fuimos egoístas y cortos de visión al preocuparnos más por el bienestar de nuestro núcleo central que por la humanidad y descuidamos el medio ambiente, la paz social, la igualdad, la inclusión, la democracia y el respeto a los derechos humanos. No nos dimos cuenta de que el mundo es un conjunto interrelacionado y que lo que es bueno para uno no necesariamente es bueno para todos.
Destacados integrantes de esta generación han roto paradigmas en campos tan diversos como las ciencias exactas y las sociales, la tecnología, las artes, la política, los negocios, la educación, los deportes, la cultura; como reconocimiento a ellas y ellos, podemos decir que sus aportaciones hicieron girar al mundo a una velocidad nunca vista.
Otros no hemos hecho grandes aportaciones a la humanidad, pero hemos apoyado a algunos humanos para que enfrenten la vida con menos carencias que nosotros, sean exitosos y aporten algo para la construcción de un mundo mejor: nuestros hijos, nietos y bisnietos.
Somos una generación que terrenalmente se va desvaneciendo pero que sigue escribiendo su historia; tenemos fuerza y ánimo para vivir a plenitud; trabajar y compartir experiencias, conocimientos y, en algunos casos, sabiduría.
Nos ocupamos por dejar un legado que sea materia digna del pasado y forme parte del presente de las nuevas generaciones.
El filósofo Edgar Morin, al celebrar recientemente sus 101 años, dijo : “Mientras estoy poseído por las fuerzas de la vida, el espectro de la muerte retrocede”.
El autor es economista, demógrafo y politólogo. Profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León.