La imagen que proyecta un país en el escenario internacional es el resultado de una serie de factores entre los que destacan su credibilidad forjada al paso del tiempo, así como su rol y posicionamiento asumidos en decisiones clave que marcan el rumbo de los asuntos globales. Esta imagen también se construye a través de la promoción que hace de sus valores, cultura y manifestaciones artísticas a lo que algunos teóricos llaman poder blando (soft power). Esta presencia en el escenario mundial les confiere a las naciones un prestigio que a su vez se traduce en confianza para atraer capitales, inversiones, turistas y otros recursos cuyo efecto se capitaliza para el crecimiento y desarrollo del país.
Por décadas México logró posicionarse en el escenario internacional como un país que si bien las bases de su poder duro (hard power), léase poder militar o económico, no eran sustantivas su visión normativa, defensora del derecho internacional y promotora de valores universales fincados en la paz, la cooperación, la solución pacífica de las controversias, la democracia por solo mencionar algunos, hicieron de nuestro país un referente mundial con particular relevancia en el continente latinoamericano.
México se destacó por su repudio a los regímenes totalitarios, la dictaduras y golpes de estado que proliferaron en todas las latitudes y siempre rechazó la guerra como medio para resolver controversias. Incluso impulsó iniciativas trascendentales como la creación de una zona libre de armas nucleares en América latina (Tratado de Tlatelolco), propuso La carta de derechos y deberes económicos de los estados además, el prestigio del que gozaba México en la escena internacional permitió a diplomáticos y políticos mexicanos ocupar posiciones de alta responsabilidad en organismos internacionales como jueces en la Corte Internacional de Justicia (Isidro Fabela, Roberto Córdoba, Luis Padilla Nervo y Bernardo Sepulveda), en la ONU como la Subsecretaría para asuntos políticos (Rosario Green) o conducir la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) por más de 15 años (Angel Gurría) por sólo referir algunos ejemplos emblemáticos.
Desafortunadamente esa imagen ha observado un deterioro progresivo en las últimas dos décadas, sin embargo, en los 4 años que lleva la administración actual este deterioro se ha exacerbado. La imagen de México se desdibuja cada día por la conducción de una política exterior errática encabezada por un canciller qué más preocupado ha estado por posicionarse en la carrera por la sucesión presidencial al tiempo que los escándalos en torno a su desempeño son noticia de todos los días.
A este deterioro ha contribuido también los nombramientos que ha hecho el presidente Andres Manuel López de embajadores y otros representantes cuya trayectoria ha sido ampliamente cuestionada provocando su rechazo en los países en los cuales se esperaba serían acreditados.
La poca participación del presidente mexicano en foros internacionales resultado de su continua negativa a salir del país es otro elemento que desdibuja la imagen de México, ya que en cuatro años de gobierno sólo ha visitado Estados Unidos y una gira por Centroamérica y Cuba. Lugar importante merece la IX Cumbre de la Américas a la que el mandatario mexicano no asistió argumentado que esto se debía a que no habían sido invitados todos los países de la región haciendo clara y abierta alusión a Venezuela, Cuba y Nicaragua, en esta cumbre el ejecutivo mexicano se posicionó del lado de las dictaduras y no de las democracias.
Este acercamiento con países cuyos gobiernos no se distinguen por sus procesos democráticos se ha exacerbado con el otorgamiento, al presidente cubano Miguel Díaz-Canel, de la condecoración de La Orden Mexicana del Águila Azteca la cual es la más alta distinción que entrega el Gobierno de México a extranjeros, y se otorga en reconocimiento por servicios prominentes prestados a la Nación Mexicana o a la humanidad. Interesante resulta saber cuáles son los servicios prominentes prestados por el dictador cubano a México o a la humanidad.
A esta secuencia errática, ajena a la tradición, en política exterior mexicana, se suma la falta de un posicionamiento claro del Estado en un tema crucial que ha acaparado los reflectores durante el último año: la guerra ruso-ucraniana, en la que la ambigüedad y las contradicciones entre las declaraciones del presidente mexicano y su embajador ante la ONU han sido recurrentes.
México se proyecta como un país inseguro, donde el estado de derecho se violenta sistemáticamente, así como los derechos humanos. Un país donde la corrupción en todos los niveles de gobierno es práctica cotidiana. Un país donde el narcotráfico y algunos carteles de la droga parecen mantener un acuerdo tácito con distintos niveles de gobierno incluidas las más altas esferas tal y como se ha evidenciado en el reciente juicio contra Genaro García Luna en un tribunal federal de Nueva York. Ciertamente la imagen de México se desdibuja días tras día.
La autora es Doctora en Relaciones Internacionales, especialista en Asuntos Globales y Política Internacional. Profesora investigadora de la Escuela de Gobierno y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey.